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jueves, 22 de junio de 2017

Ensalada literaria astronómica

La ensalada literaria es un juego bien conocido en Steampunk Madrid: se reta a los participantes a escribir un relato con una serie de ingredientes, dentro de un límite de palabras. Este mes propusimos una ensalada de temática astronómica para seguir la misma línea del evento literario del mismo mes del año pasado, que versó sobre los meteoritos. Para participar había que escribir un relato de cualquier género con final abierto o cerrado, que no superase las 1050 palabras (sin incluir el título) y que incluyese de forma directa (textualmente) o indirecta (referidas como parte de la historia sin ser mencionadas explícitamente) todas las piezas citadas a continuación:
  1. Solsticio
  2. Aparato volador
  3. Telescopio
  4. Estrella fugaz
  5. Autómata
  6. Muchedumbre enfadada
  7. Cráter de impacto
  8. Artefacto demencial
  9. Alguien que ve el futuro
  10. Viento tremendamente fuerte



El Hombre que amo las estrellas II

El telescopio cimbreaba a causa del creciente viento, las banderolas de la gran nación de Joseon amenazaban con rasgarse y salir volando.
El autómata del gobierno sostenía su alfanje sobre su cabeza con una de sus extremidades hidráulicas las otras tres extremidades superiores sujetaban al moribundo y anciano Astrónomo Park.
El ayudante del ministro de justicia recitó mientras extendía un pergamino- Astrónomo de tercer rango Park, estamos reunidos para su ejecución tan solo el milagro que has anunciado puede evitar que tu cabeza sea cercenada de tu cuerpo, Hoy noche de del solsticio de primavera, aseguras que con tu demencial máquina calculadora de estrellas, has predicho contra todo pronóstico que una estrella fugaz cruzara el cielo, en la primera noche del cielo, y al hacer tal anuncio ante el Emperador, amo del este, guardián del oeste, rey del norte y dueño del sur, el que desciende de los cielos… Has ofendido a todo su linaje… que los dioses de la tierra y el cielo nos asistan.
El viento se intensificó, las banderolas y pendones se rasgaron, la torre astronómica crujió, el telescopio de cúspide viró hacia el norte, y la estrella fugaz apareció como si se tratara del aliento del dragón.
El enorme mecanismo de la calcula de estrellas rechino sus ruedas giraron y en su dial de cinta apareció el carácter que representa el número uno, El emperador desde su calesa voladora, profirió una tremenda carcajada, entonces hizo un discretísimo gesto con su mano y el autómata soltó su presa sobre Park, que agarrotado cayó de rodillas al suelo.
La turba enfadada de astrónomos imperiales apenas podía salir de su asombro y tan pronto como lo hizo no tardó en explotar en gritos casi a coro,- Es cierto, que su majestad ha de perdonarle por haber profetizado hechos que mas tarde han ocurrido, pero su gesta escapa de la habilidad y roza lo sobrenatural, así que si su majestad es inteligente le ejecutara por brujería- concluye la altísima voz del Astrónomo imperial y director del observatorio.
Park avanzaba libre de ligaduras en los pies, apenas había sido capaz de caminar hasta su cámara en el observatorio imperial, había tenido la intención de recoger sus escritos y anotaciones, pero al entrar pudo observar claramente que no se podía rescatar de aquello, sus ropas habían sido desgarradas, sus libros quemados, rotos o desaparecidos, sus ahorros afanados y el retrato de su única hija destruido en las llamas. Rescato lo poco que aun era legible, solicito al criado que le trajera ropas limpias, y con estas abandono el observatorio, solo dejando tras de si la habitación destrozada y el impecable uniforme de funcionario de Seda azul, pulcramente doblado.
Pasaron muchos años, y nadie recordó a Park durante mucho tiempo, pero un día cuando el emperador ya era un hombre maduro y con una barba que lucir ya anciano, aunque no tanto como llegaría ser volvió.
-Esta espada no le defraudará emperador es la mejor que he fabricado- dijo con cierto temor el herrero- ya verá como le complace- se encontraba arrodillado, el sudor se perlaba en su frente, no deseaba estar allí, desde que el emperador se había empecinado en tener una espada irrompible e invencible muchos herreros habían fracasado, y fracasar conllevaba castigos horribles.
El autómata soldado imperial tomó la espada con dos de sus manos, y con las otras dos descargo un impacto potente y seco con su alfanje contra la espada que estalló en añicos, sin esperar respuesta ni orden el autómata descarto la espada rota y agarro con dos de sus potentes brazos al herrero y lo arrastró hacia la cárcel, el fornido herrero se resistió fútilmente.
La cola atemorizados herreros y comerciantes fue disminuyendo, y el Emperador sentado en su trono de noble madera, aburrido era cada día mas cruel. Apenas levantó la cabeza cuando un anciano se presentó en el mismo estrado de madera donde se habían arrodillado los plebeyos que habían asistido durante semanas.
El hombre arrodillado hablo, - Mi emperador, me alegro de volver a verlo, he sabido de su éxito en la caza y exterminio de brujos, y vengo a devolverle el favor que una vez me concedió- La voz del anciano era monótona, y algo en ella reveló curiosidad en el rostro del Emperador, - Si puede ver- dijo el anciano mientras abría un pequeño fardo, La maquina contadora de estrellas movió su dial y el se podía ver el carácter de representan dos, pero nadie se dio cuenta, guardada en aquel oscuro sótano de palacio. Envuelto en él se encontraba una espada, no parecía lustrada, era de un metal negro, que parecía arrastrar la luz hacia sí y capturarla en su interior, su filo era basto y su mango de madera sin labrar, no tenía joyas engarzadas, tampoco vivos cordajes de colores trenzados.
-Eso es un trozo de hierro que parece una espada, pero no lo es solo lo parece.- dijo en un grito alegre, casi un graznido, el ministro de palacio, antiguo Astrónomo imperial- Anciano eso es un insulto a mi inteligencia y a la santidad del Emperador.-Gritó de manera amenazante.
El anciano se puso en pie sujeto cada extremo de la espada con una mano y se la ofreció al autómata soldado, este sujeto su alfanje con sus cuatro brazos, y descargó un golpe con intención de romper la espada y siguiendo la casi imperceptible orden de matar al anciano que la sujetaba.
El alfanje golpeó, un ruido metálico causó estrépito, el alfanje se rompió con violencia, Park, el anciano, se dio media vuelta y empezó a caminar con la velocidad que le permitían sus piernas hacia la salida, cuando un funcionario joven se acercó corriendo hacia el, Park le dio la espada negra y reanudó su carrera.
El emperador se levantó con estrépito, examinó la espada que el joven le entregó, y grito al anciano que se alejaba. ¿de donde sacaste este metal?- gritó una y otra vez con violencia, el anciano, se giró y le contesto también a los gritos ¡ De una estrella!
Park había recogido aquel metal mucho tiempo atrás de la estrella que su soberbia había vaticinado y que a su vez le había salvado, de un hoyo oscuro y profundo, amplio y árido…
Un agujero que recordaba al gobierno del Emperador, Metálico, vagamente circular y yermo.

Por Mikel Villafranca





Como cada año, en la ciudad se celebraba el solsticio a lo grande: ferias en todos los barrios, alcohol en ríos, verbenas, etc. Se celebraba el fin del invierno y el inicio del mes de las flores. El señor Villagualda mostraba entusiasmado su nuevo artilugio a la señorita Medina:
-¿Y lo ha hecho usted? ¡Es asombroso!
-Lentes de dos metros y medios de diámetro, cinco cristales, un largo de seis metros en madera de nogal con placas de sionita y puro metal. –Dijo eufórico mientras daba una palmadita al telescopio.
-¡Formidable! ¿Se verá desde aquí la lluvia de estrellas?
-¡Por supuesto! Si me toma la mano, permítame que la sitúe en el visor…
La noche estaba despejada y la luna, como la sonrisa de un caballo, brillaba. Los meteoros comenzaron a caer despacio, tal cisnes deslizándose por el lago del Retiro. Pero, de repente, el cielo se tornó negro y empezó a arreciar un viento tremendamente fuerte.
-¡Señor Villagualda! ¿Qué es aquello?
En eso, un bólido espacial se precipitaba por el firmamento acercándose cada vez más, y no era una estrella fugaz. En el telescopio se podía ver de forma clara cómo un aparato volador se lanzaba fulminante hacia la Tierra. El científico esperó atónico hasta que aquel objeto estalló en una parcela cercana. Se ajustó las lentes y espetó:
-¡Ha caído a 15 kilómetros! ¡Rápido! –Dijo agarrando el abrigo- ¡Witerico! ¡Witerico! –Gritó- Señorita Medina, hágame usted el favor de esperarme aquí. ¡Witerico!
Un autómata bronceado entró en la sala. Tenía el aspecto de un mayordomo cansado y vestía una graciosa pajarita negra que desentonaba con sus pequeños ojos. Todos los autómatas del señor Villagualda tenían nombres de reyes godos. La señorita Medina sonrió.
-¡Leovigildo, encárgate de todo lo que necesite nuestra invitada! ¡Vamos, Witerico!
Alrededor del cráter del impacto se aglomeraba una muchedumbre enfadada. Unos se quejaban del destrozo, otros lo achacaban a un castigo divino, y otros iban allí por curiosos. Villagualda examinó la zona con su autómata y allí encontraron un extraño cachivache. 
Decidió llevarlo al viejo ermitaño, un hombre canoso y con rastras conocido por poder ver el futuro. 
Era pequeño y cuadrado. Lo tomó en sus arrugadas manos y, tras unos minutos de silencio y gentes congregándose alrededor de su casucha de pastor, vaticinó aquel siglo de guerras, de hambre, de crisis, de terrorismo, de corrupción y horror. 
-¡DESTRUID ESE ARTEFACTO DEMENCIAL! –Gritó señalando el mini extractor de petróleo, que cayó de sus manos. -¡DESTRUID ESE FUTURO!
Sin pensar y consternado por el horror del vidente, Villagualda no dudó en ordenar a Witerico que calcinara aquello. No sabía cómo había podido llegar eso allí, mas no iba a permitir que algo trastocase aquel mundo casi perfecto que había logrado construir.
Mientras tanto, a la ventana se había afanado un hombre cuyo fedora, calado hasta la barbilla, impedía ver su rostro. Tomaba apuntes con rapidez y, en cuanto terminó, salió corriendo en dirección a la morada del señor Villagualda. En casa del científico, Leovigildo tejía con punto fino una funda para el gigantesco telescopio, orden dada por la muchacha que había aprovechado para escaparse. No tenía mucho tiempo para regresar.
El hombre del sombrero se precipitó por la puerta despojándose de sus ropas y cambiándoselas por otras más femeninas. Cuando Witerico y su amo entraron, solo vieron a la señorita Medina cosiendo con el autómata.

Por Ángela Ramos





¿UNA ESTRELLA FUGAZ?

Una de las muchas aficiones de Archibald Brunel era la astronomía. Entendido de que en una de las próximas noches alcanzaría a ver uno de los más famosos cometas: el Halley. Por ello, aún estando en campaña, ordenó dispusieran todo el material necesario para poder observar con detenimiento dicho cuerpo celeste.
Una vez hecho, se puso a observar el cielo con el fin de divisar el cometa. Era la cálida noche del Solsticio de Verano, y con la luna nueva, el firmamento podía verse a simple vista con sólo alzar la cabeza, si bien la luz las fogatas y candiles del campamento donde se hallaba el mariscal impedían una correcta apreciación de los cuerpos brillantes. A pesar de esa contaminación lumínica, el barón de Palierbourg se esforzaba en mantener su atención en las luces de Nix, mas no podía evitar las carcajadas y charlas en voz alta de sus soldados, ni los crujidos y bufidos de los tanques y autómatas bélicos que hacían la ronda de guardia aquella noche. Toda esa cacofonía aumentaba la irritación de Brunel, y decidido a poner fin a tales molestias, ordenó a su edecan que preparase su giroscoptero aéreo personal con el telescopio en su cesta.
El aparato volador, de reducido tamaño, se componía de un enorme globo lleno de aire caliente, suministrado por la combustión que procedía de la pequeña caldera que tenía, la cual daba propulsión hacia cualquier lado mediante potentes chorros de vapor. Además, poseía la cualidad de, aún cuando había vientos tremendamente fuertes, mantener la estabilidad de la cesta gracias al giroscopio que, mediante un complejo sistema mecánico, abría las válvulas de vapor para evitar el cimbreo producido por la fuerza de Eolo, manteniendo una estabilidad en el vuelo digna de admirar. De hecho, era muy usado por los mejores tiradores del ejército francés para atacar desde el aire.
Tras haberse subido al artefacto y ascender a bastantes metros de altura, el silencio se hizo casi absoluto, y la luz quedó reducida notablemente a poco más que las estrellas. Buscó entonces con deseo el cometa, y allí lo vio. Una enorme masa surcando en mitad de la noche la bóveda celeste. Entonces recordó lo que le dijo su abuelo: descubriríamos gran parte del universo si hubiese la forma de viajar en un cometa. Realmente, su abuelo era alguien que podía vislumbrar los avances futuros de la ciencia. Por ello, siguió con suma atención, hasta que se percató de que se movía demasiado rápido, y además, cambió su dirección para acabar apuntando en dirección al giroscopio del barón. Alarmado, quiso accionar las válvulas para apartarse de la trayectoria de aquel objeto demencial que se disponía a estrellarse contra él.
Lamentablemente, aquel objeto volador no identificado atravesó el globo que tenía el giroscopio, haciendo una pequeña endidura a ambos laterales, escapando el aire que había en su interior. El objeto siguió su trayecto hasta que se estrelló cerca de un poblado donde estaba el campamento, produciendo un tremendo cráter de impacto, además de una sonora y vistosa explosión. Brunel, tras presenciarlo todo, buscó la forma de aterrizar suavemente en tierra firme, lo cual consiguió rompiendo el giroscopio y abriendo todas las válvulas de vapor que apuntaban hacia abajo a la vez.
Cuando pisó suelo, su edecan se le acercó para comprobar si estaba bien, y tras un gesto del mariscal, se apartó. Pero no acabó esa pesadilla. Una muchedumbre furiosa se acercó al campamento con horcas, antorchas y demás herramientas, dispuestos a linchar al primero que apareciese. El mariscal se acercó a ellos para ver qué querían, si bien detrás de él formaron miembros de la Guardia Imperial Mecánica dispuestos a abrir fuego sobre el gentío.
Los paisanos se quejaron con enojo de que un cohete o bomba cayó cerca suyo, algo obra de sus soldados, a lo cual el barón explicó el accidente que sufrió. Dicho esto, una escolta siguió al militar y los paisanos hasta el lugar del cráter. Se podían apreciar aún restos calientes de aquel objeto.
- Se trata de un cohete prusiano - replicó el mariscal. 
-Nosotros no atacamos a la población civil, y menos aún tratamos de derribar a nuestros propios oficiales
Ante esto, uno de los veteranos de la escolta rió timidamente, ante lo cual el barón sacó una de sus pistolas que guardaba bajo su casaca y disparó contra el mismo sin miramiento alguno, bajo la atónita mirada de todos. El soldado cayó a plomo, cerrando filas sus camaradas encima de su cadáver aún caliente, mientras Brunel volvía a guardar la pistola bajo su ropaje.
- Pueden estar tranquilos, buena gente, nosotros protegeremos vuestras viviendas y vuestras vidas con la nuestra, si es necesario. Ahora vuelvan a sus casas y descansen - finalizó.
- Maldito duque... - se quejó cuando no hubo nadie y ya estaba en su tienda, con solo su edecan como compañía - Sus exploradores aéreos están a la mínima... Ordene que la Batería de Cohetes Neumo-dirigidos Pauly mande el siguiente mensaje a ese maldito bebebirras...
Tras este incidente, se mandó un cohete al campamento prusiano con un mensaje: lástima, no era una estrella fugaz como pensabais, duquesa.

Por Aritz Irazusta





El llanto de Casandra

Hace tiempo, los científicos contruyeron un autómata, en forma de mujer por su capricho, llamado Casandra, perfecto físicamente, y con una inteligencia artificial capaz de cálculos tan complejos que se decía que incluso sería capaz de adivinar el futuro.
La llevaron a un observatorio astronómico para comprobar qué podría conseguir y, ella era tan eficiente que, desde la entrada, iba dando consejos para mejorar la seguridad del edificio y la eficiencia del trabajo allí. Al mirar por el telescopio, calculó con tanta exactitud trayectorias planetarias que los avances que supuso su visita fueron notables.
Viendo aquello, un comité decidió explotar su potencial llevándola en ruta por diversos laboratorios y centros de investigación. En todos ellos consiguió, indefectiblemente, avances tan significativos que su ruta se fue extendiendo por todo el país y no se preveía final para su periplo. Ella misma ideó un artefacto volador para optimizar sus desplazamientos por la intrincada geografía.
En breve, sus cálculos y consejos hicieron progresar décadas al mundo científico y tecnológico, pero esta Nueva Ciencia, sin corazón ni miramientos sentimentales, no estuvo exenta de generar un gran malestar popular, por los cambios sociales y económicos fruto de sus descubrimientos y alardes.
De entre la población más fanática, surgió una secta reaccionaria llamada Solsticio. En cada visita de Casandra, la recibía una muchedumbre enfadada que le increpaba y rezaban por su destrucción, denominándola «artefacto demencial» entre otras lindezas.
Uno de esos días, coincidiendo justamente con el solsticio de verano, los adeptos estaban mucho más activos y violentos, llegando al punto de hacerla huir sin tiempo que perder temiendo su propia destrucción, o calculándola, puesto que ella no conocía el sentimiento del miedo humano, sólo sus efectos y su química.
Ella escapó en un principio, pero no le dio tiempo a calcular, con la precipitación del despegue, la irrupción de un viento tremendamente fuerte que hizo fracasar los sistemas de navegación de su nave... Luchó con toda su ciencia, mas cayó como una estrella fugaz, sus motores ardiendo, generando un enorme cráter de impacto en su brusco aterrizaje.
Los mecanismos ardían, mientras los hermanos del Solsticio bailaban a su alrededor una danza tribal, salvaje, de victoria sobre la civilización. Proclamaron la vuelta a la Naturaleza... Y el mundo terrible que hoy conocemos, esclavos de los elementos y las calamidades. Los ojos de cristal de Casandra se dice que brillaban, y que la condensación de los líquidos evaporados hicieron brotar de sus inertes pupilas algunas lágrimas...

Por Madame Eloise

viernes, 11 de marzo de 2016

Ensalada literaria Vol.2

La ensalada literaria se ha convertido en el segundo juego literario mas popular entre los miembros de SPM, en esta ocasión hemos seleccionado tan sólo cuatro ingredientes (Un grito rompió el silencio, construir una máquina voladora, un amor chapado en latón y víctima de la máquina) con un límite de 500 palabras.

Relatos:


Una Rosa
Nota del Archivero para la familia Schwannschwert-Teck: esta carta fue encontrado entre los papeles de la Baronesa Alexandra Schwannschwert-Teck. La escritora es la joven sobrina de la baronesa, Cecily Teck, más conocida a la historia como la Profesora Cecily Cogsworth. 
  
Mi querida tía Alexandra,

Antes de nada, quiero expresar mi satisfacción por la recuperación del tío Ernst después de su operación. Aplaudo y mucho su decisión de ser el primer paciente a someterse a la nueva técnica desarrollada en la Universidad de Praga. Creo que estamos viviendo en los albores de una nueva etapa tecnológica médica; quizás los cirujanos checos se debe comparar con los hombres responsables de crear una maquina voladora.

Y ahora debo comunicar algo que prefiero que sepas, querida tía, de mi mano y no por la versión de los hechos que seguramente circularan por la corte imperial.Naturalmente, he escrito a la prima Sissi antes de a nadie, incluso a ti, para pedirle consejos en este momento. Ella comprende mejor que nadie la situación de una mujer quien sufre lo que yo llamo “Un amor chapado en Latón” en vez de un amor rodeado por la confianza, lealtad y ternura.

En fin. Tardé pocos meses después de la boda (y qué maravilla era mi boda. ¡Tanta gente querida, tanta ilusión!)  para entender que mi matrimonio era una farsa cruel. La semana pasada, Fitzburton me mostró, en nuestros propios aposentos, fotografías hechas durante su estancia en Lejana que dejaban  nada a la imaginación. Te acordarás del caso de las hermanas Brampton, entonces no hace falta que yo diga más sobre el contenido de estas odiosas fotos que mi marido me obligó a ver aquella noche apacible. Me sentí cómo una víctima de la máquina de lujuria antinatural de un ingeniero perverso, con las ilusiones despedazadas por este cruel bestia en forma de hombre con quien estuve unido en matrimonio.

Poco recuerdo de los próximos minutos, hasta que mi querida ex gobernanta y amiga, miss Riddleman, entró el dormitorio. Entonces, un grito ensordecedor rompió el silencio cuando ella vio el cuerpo inerte de Fitzburton a mis pies, y yo, con una pistola experimental de Nicola en la mano.
Miss Riddleman me ayudó a enterrar el cadáver en el jardín y luego plantamos encima unos rosales de Lejana que Fitzburton me había traído. Conté al mundo que Fitzburton se había sido enviado de nuevo a Lejana y el reciente cierre del portal de comunicación entre nosotros y aquel planeta significa que nadie sospechará nada de lo ocurrido.

Entonces, soy una esposa en un estado legal ambigua. Seré el primer caso de una mujer cuyo marido está presuntamente vivo, pero sin la posibilidad de comunicar con él, ni verlo otra vez en esta vida. Mis abogados me informan que la situación de Lejana sembrará un sinfín de casos legales.
Te escribo estas líneas mientras tomo un té en mi jardín de rosas de Lejana. ¡Cuán rápido crecen!

Recibe un abrazo cariño, amada tía, de tu sobrina,
Cecily.

El monologo del Mayordomo

Nadie esperaba que el Catedrático Aker fuera padre, siquiera yo, y de hecho no lo era, no desde el punto de vista biológico, pero desde el incidente que acabo con la vida de su hermana y el marido de esta, mientras intentaban construir una maquina voladora, había ejercido como tal.

La joven Sarah era un niña esplendida, bien educada de razonable atractivo y de modales cultivados, un bonsái que pronto se convertiría en un bello cerezo, o esos decían las personas ilustres de nuestra comunidad.

La idea original había sido ingresar a Sarah en una institución para jóvenes damas, pero el Catedrático rara vez hacia lo que se esperaba de el, y mas después de pasar toda la noche consolando a su única sobrina, que se sobresaltaba en plena noche gritando, algo que despertaba la silenciosa casa. Por eso y por otros motivos el Catedrático decidió que la muchacha estaría mejor educada por el que era académico tan solo de once áreas distintas.

La muchacha disfruto de una educación diversa, sin ser víctima de la maquina educacional que convertía a las señoritas en pomposas y discretas damas florero, en su lugar aprendió a cabalgar, a tocar el piano con ojos vendados, a lanzar cuchillos a beber licores y eructar el abecedario y escupir con efecto, a la par que el correcto uso de las ciencias y las letras así como la tan necesaria esgrima con florete que el catedrático había convertido en una rutina diaria, a la menor solo la pesaba una cosa, no poder tener una mascota, dado que era alérgica a los gatos pese a que estos le apasionaban, pero el afecto que se había forjado entre tío y sobrina se catalizó en el dieciseisavo cumpleaños de Sarah, cuando su tío le regalo un fiel felino felón de Latón símbolo de su amor filial.

El felino era del tamaño de una pantera, con ojos de rubí y tripas de relojería, era un autómata autónomo que consumía su propio combustible y no necesitaba de los cuidados de nadie. Ronroneaba con una constancia segura y perfecta y obedecía a los caprichos de su ama a las mil y una maravillas, Aker había pasado muchos meses fabricando tal artefacto que causo estupor cuando con sus garras rompió la caja en la que aguardaba salto hasta los pies de Sarah y dio una vuelta a su alrededor antes de frotar su metálica cabeza contra la cintura de esta y hacerse un ovillo para dormir con un ronroneo agradable.

Desde entonces la joven es invitada a muchas fiestas a costa de que la acompañe su fiel y felón felino, pero como ni ella ni el catedrático Aker son unos frívolos es difícil verles fuera de sus ambientes habituales. Aunque Aker sabia que mientras el Sr. Calcetines estuviera con Sarah esta no correría ningún peligro.

Así que, Muchacho, si quieres ver a ese trío, es mejor que busques una escusa digna, o te golpearan con la puerta en las narices.
Escrito por Mikel Villafranca.

Fanny Propeller

Cardiff era, allá por los setenta del siglo XIX, un pueblo tranquilo de casitas con granjas y mucha lluvia. Allí vivía Fannny Propeller, hija de un pastor que se negaba a aceptar los progresos de la Revolución Industrial.

Un día, casi sin preámbulos, apareció en el cielo lo que muchos tacharon de abominación satánica. Lo que planeaba era, en realidad, una máquina voladora. Fanny quedó admirada por aquella maravilla: las alas como de buitre, ligera y encantadora se alzaba sobre el suelo aquel animal que parecía vivo. Mas el corazón de Fanny quedó prendado de su piloto, un altísimo caballero de aspecto extraño que no tuvo muy buena acogida en el pueblecito.
Lous Ghastly, pues así se hacía llamar, hacía de la señorita Propeller su musa, con sus bellos ojos castaños y su melena ondulada bajo los rayos de Sol. Pero lo que más le gustaba de aquella mujercita que no rozaba los veinte era su ansiosa curiosidad por los increíbles engranajes y las obras de ingeniería. 
Durante algunos meses vivieron un amor chapado en latón. Incluso el mismo Lous estaba decidido a hacerla su esposa. Hasta que ocurrió aquel fatídico acontecimiento...

Un noche de invierno de estrellas frías, Fanny se dispuso a darle una sorpresa a su amante Nunca antes había entrado en su taller cuando vio ESO. Un gritó rompió el silencio en el momento en que los ojos de la chica se toparon con los del señor Ghastly. Aunque tal vez no sea correcto llamar ojos ni rostro a esa amalgama de mecanismos de reloj que formaban su cara. No era solo esto, sino que todo su cuerpo delataba su composición original: un AUTÓMATA.
Lous no pudo hacer nada cuando la señorita huyó despavorida, ni cuando  cayó sobre aquel ser volador de metal que, tal perro rabioso, comenzó a atacarla. Murió en el acto víctima de la máquina.

Nadie volvió a saber más del misterioso Lous Ghastly con su máquina voladora ni de la dulce Fanny Propeller. Todo murió olvidado en el antiguo Cardiff de labradores y supersticiosos.

Escrito por Ángela Ramos.

Matrimonio alquímico

Desde que nació fue vestida de varón. Era la cuarta hermana y sus padres perdieron la esperanza de engendrar heredero. Además de ser una vergüenza en la familia, para ella el destino sería desposarse por obligación.

Vestida de varón, como niño se crió, siempre consciente de su condición. Sus padres le aconsejaban cómo ocultar su engaño, y creció hasta los trece años. No pudiendo esconder ya que era mujer, entrar a un monasterio le aconsejaron; le asustaba estar lejos de sus conocidos parajes, pero tampoco allí estaba segura, se resignó a ingresar.

Como novicio la pusieron al cuidado de un anciano fraile de barba cana. El anciano resultó ser un alquimista que pasaba el tiempo en un aledaño de las cocinas que habilitó como laboratorio con permiso del abad, surtía de medicinas y caldos al monasterio y fama tenía ganada por entre los visitantes que allí se hospedaban. El buen fraile sólo se solazaba con la construcción de un ser mecánico, su hijo, pero más puro y perfeccionado, con vida eterna al no deteriorarse su carne artificial y poder repararse.

-Maestro, ¿estas alas? 

-He de crear una máquina voladora. Un artilugio... Bueno... Para el nuevo ser, para que pueda volar y trascender nuestra condición...

-¿Será un ángel entonces?- preguntó ella con los ojos muy abiertos.

-Bueno... Un ángel... No... Pero, podrá volar... Un ángel... Se le parecerá...

Ella observó detenidamente el cuerpo colgado por cadenas. Casi todo era metálico, reluciente, y en la fragua iban encargando fragmentos que el anciano pulía con fruición. Ella, el novicio, era su ayudante y corría de acá para allá llevando las piezas. Le parecía hermoso, pero cuando le dotaron de rostro no pudo evitar caer en un amor chapado en latón... La máscara brillante e inexpresiva se le antojaba irresistible. Cuando nadie la veía le daba besos sin saber que el ser era insensible. Para ella tenía vida, pues así se lo hacían creer los encantamientos con los que el fraile ensamblaba cada pieza.

Avanzado el trabajo, el nuevo ser poseía sus alas y casi toda su complexión, apenas detalles faltaban. No pudo esperar: quería perderse entre sus brazos y que la llevara volando lejos. Se atrevió a iniciar el movimiento en el engranaje y funcionó... Parecía vivo el resplandeciente ángel: por puro automatismo la tomó en brazos, salió volando por el techo, rompiendo las endebles tablas y ascendió... Encantada, soñaba ya con lucir vestidos de mujer y ser feliz junto a su libertador, mas... No era suficiente la energía para mantener el funcionamiento, las alas se pararon en pleno vuelo. Un grito ensordecedor rompió el silencio de la noche. Los frailes salieron de sus celdas para contemplar el horroroso espectáculo de una joven destrozada víctima de la máquina.

El escándalo fue tan grande que la enterraron en secreto, entremezclados los restos de carne con los retorcidos mecanismos; tan clavados estaban que no pudieron separarlos. Todo menos las alas: quedaron intactas, y se ofrecieron a la figura del arcángel san Miguel, sustituyendo las rotas de madera que tenía.

Por Madame Eloise

jueves, 26 de noviembre de 2015

Ensalada literaria Vol.1


La ensalada literaria es un juego literario que se jugaba por puro placer, sus normas ya descritas en una entrada anterior, se pueden resumir como: reunidos un grupo de jugadores escogen una serie de clichés que serán los ingredientes, y dentro de un limite esteblecido de palabras, escriben un relato, es decir aliñan esos cliches, produciendo un relato de su invención.

Para la convocatoria usamos las siguientes reglas:


  • Cualquier genero
  • Finales abiertos o cerrados
  • limite 750 palabras titulo no incluido
  • Clichés:
  1. Mujer no en apuros
  2. Artefacto que nadie sabe para que sirve
  3. De tez morena y Lampiño
  4. Se golpeo el dedo meñique con el sinfonier
  5. un barco en mitad del mar
  6. una casa en la nieve
  7. no pudo reprimir la angustia.
Y estos son los resultados de cada jugador:

La pequeña historia de Irène Daaé (de Angela Ramos)

Los copos caían despacio sobre la colina. Irène se desperezó. Abrió las cortinas: una fantasía en verde pino y blanco. Desde que había comenzado a producir máquinas la habían echado de su pueblo, santiguándose y arrojando sobre ella agua bendita. Suspiró. Sin abrir los ojos salió de la cama… “¡Ouch!” gritó. Se acababa de golpear el dedo meñique del pie con el sinfonier. ¡Qué dolor y qué rabia!
Miró con malos humos al mueble, insultándole. En eso, el sinfonier hizo unos ruiditos tristes, arrepentido. Dos ojos lánguidos empezaron a moverse y las patas del sinfonier (patas de bestia) corretearon rápidamente hacia otro lugar. 
-¡Espera, lo siento! ¡Vuelve aquí!
Con legañas se apoyó en el umbral de su casita en la nieve. Su refugio particular. Vino a saludarla un can mecánico que meneaba la cola rítmicamente. Sonrió. 

Se calzó unas botas altas bajo la falda granate. Se ciñó su corpiño sin pestañear y cargó en su espalda una gigantesca caja de herramientas. Silbó a su amigo sin pelo y cerró la puerta con las ideas bullendo como una máquina de vapor en su cabeza.
Empezó a caminar sin mirar a su hogar. Necesitaba aventuras, y las necesitaba ya. Estaba cansada de vivir como una loca bruja que ardería en el Infierno. En poco tiempo vio el mar. Un mar frío, desde lo alto de un acantilado que anunciaba una muerte segura. 
Abandonaba Bodo sin una lágrima. Tomó en brazos a Frankiewinnie, sintió su bomba de calor que subía y bajaba mientras este le propinaba lametones de aceite. Con un silbido, el gigantesco sinfonier, como un buey manso, se acercó y cerró tras de sí la puerta. Aquel mueble guardaba algunos de los instrumentos que Irène podría necesitar.

No le fue difícil alquilar una embarcación no demasiado grande que nunca devolvería. Una vez lejos del puerto, sacó de su mochila un autómata bajito y rechoncho. B-B le ayudó a colocar un motor y una pequeña caldera para mover el barco sin apenas esfuerzo. 
Con el viento en su rostro claro y cabellos largos y almendrados zigzagueando sin control navegó algunos días. Aquel barco se había convertido en toda una isla que la proveía de todo lo necesario: una diminuta desaladora, un huerto trepador alimentado por placas solares (o almacenes de Sol, como las llamaba ella.), una suerte de espacio ahuevado que mantenía el calor gracias a Frankiewinnie y un remero fabuloso, Suzette, el sinfonier… Pero, un día, algo cambió en su tranquilo viaje.
Empezó a escuchar voces borrachas y acordes mal tocados a guitarra, y pronto supo de donde venía aquel horrible sonido: un enorme velero con cañones rotos se alzaba ante sus ojos azules. Entonces, un hombre de tez morena y lampiña comenzó a gritar:
-¡Caballeros! ¡Una dama! ¡Una dama! –Unos cinco hombres se asomaron a punto de caerse. -¡Venga, milady! ¡Le llevaremos a tierras seguras! ¡No tiene nada que temer!
      Irène arrugó el ceño.
-¡No soy una “milady” ni necesito vuestra ayuda! –Respondió con marcado acento sueco. Los hombres se miraron sorprendidos. 
-¡Así que una dama que no está en apuros! Y, dígame, preciosa, ¿adónde va?
-¡A usted no le importa! –Dijo enfadada.
-¡Nosotros vamos al Polo! –Vitoreos de fondo- ¿Se viene, milady? –Irène sacó una completa brújula compuesta por ella y miró al grupo variopinto suspirando.
-Vais en mala dirección. Terminaréis cogiendo las corrientes chillonas y vararéis. 
El capitán Jack, Jack Nothing, de tez morena y lampiña, no pudo reprimir la angustia. Era el capitán de un barco en mitad del océano. Estuvo a punto de echarse a llorar. ¡Su empresa se hundía! Su rostro se curvó trágicamente, sus ojos se humedecieron, cayó al suelo con una expresión deprimida. 
 Pidieron ayuda la chica que no estaba en apuros los apurados marineros. Al final, Irène decidió subir al barco seducida por la idea de estudiar un artefacto del que ninguno sabía su uso.
Una noche, noche en la que ya veían la aurora boreal, en la que sus roces de desconocidos habían amainado, aquel aparato de sendas dimensiones cubierto por una sábana brilló. Todos quedaron en silencio, petrificados. Parecía una especie de portal.
Irène se adelantó con Frankiwinnie dispuesta a analizarlo. Suzette metió con timidez una pata, sintió arena. Se asustó y saltó hacia Irène. 
-¿Qué será? ¿Adónde irá? –Abrió uno de los cajones de Suzette y sacó varias lentes de aumento para verlo mejor. 
-Nunca lo sabremos si no lo atravesamos. –La tomó de la mano- Después de usted, Irène.
Y caminaron el capitán Jack, Irène, Suzette y Frankiwinnie con paso decidio, seguidos, después, por el resto de la tripulación que pasaron abrazados unos a otros.
Detrás de ellos se cerraba un mundo.

La casa en la nieve (de Eric Rohnen) 

El gruñido ahogado la despertó en mitad de la noche, sacándola al instante de lo que fuera que estaba soñando. Cuando abrió al máximo la llave de la lámpara de gas junto a su cama para iluminar el camarote por completo, comprobó con un gesto de disgusto que su sospecha era cierta. Elevó los ojos al cielo y espetó con un siseo, no queriendo subir mucho la voz:

-¿Te parece apropiado? ¿Colarte en la habitación de una dama en mitad de la noche?

-¡No es lo que parece, Helga! - El muchacho se apresuró a responder, pero su principal preocupación era sujetarse el pie derecho desnudo con la mano izquierda mientras se apoyaba en el mueble contra el que lo había golpeado en la oscuridad. Su rostro afeitado y teñido por el sol de los últimos meses era una máscara de dolor. - Tenía que volver a verlo…

-¿Y no podías esperarte a mañana cuando lleguemos a puerto, Kass? - Resopló, colocando el camisón en su sitio antes de sacar los pies de la cama y buscar las zapatillas acolchadas. Echó a andar en dirección al sinfonier anclado al suelo y a la pared para que el movimiento del barco no le afectara.

-¡No! No he podido dejar de pensar en esa cosa desde que la encontramos…

-La encontré yo, no te olvides. - Le dedicó una mirada con la que le desafiaba a llevarle la contraria de nuevo. Señaló al pie magullado. - ¿Estás bien?

-Lo sé, lo sé, lo siento. Y perdona por colarme, ¿vale? - Volvió a apoyar la planta e intentó recuperar la compostura, pero era evidente que seguía doliéndole algo. - No te preocupes, sobreviviré.

-A menos que se te ocurra entrar en mi habitación de noche nuevamente. - Le lanzó un gesto de advertencia muy breve pero explícito con un puño cerrado ante sus narices. - ¿Qué es lo que buscabas, la llave?

-Sí, la tienes tú, ¿no? - Se volvió un momento hacia el mueble. - Pero no la veo.

-Je, normal. - Tiró de un cordel que llevaba al cuello, apenas visible bajo el nulo escote del camisón, hasta revelar la pequeña pieza de plata. - Esta no se aparta de mí ni de día ni de noche.


-¿En serio? - El chico la miró con incredulidad, una ceja levantada.

-Has venido a por ella, así que parece que fue buena decisión después de todo, ¿no? - Ella apretó la boca. - Bueno qué, ¿bajamos a la bodega? Total, ya que me has despertado y sigues vivo para contarlo, lo mismo da.

-Milady, detrás de usted. - Hizo una profunda reverencia servicial a la vez que le abría la puerta, pero incluso con el rostro hacia abajo su sonrisa era bien visible.

-Sí, claro, en camisón. Anda, sal y espera en el pasillo. - Y se apresuró a añadir, marcando cada palabra. - A puerta cerrada.

Kassius salió tirando de la puerta, comprobando con alivio que seguía sin haber nadie más rondando la zona de camarotes a esa hora de la noche. El dedo le dolía horrores, pero se obligó a no prestarle atención. Se calzó las botas que había dejado allí mismo antes de entrar para no hacer ruido contra el suelo de madera. Antes casi de darse cuenta, Helga salió como una bala de su habitación con la llave en la mano. Él reprimió un comentario mordaz acerca de lo poco que había tardado comparado con otras veces y la siguió en silencio por el pasillo y una estrecha escalera de caracol que llevaba a la cubierta más inferior. Al momento habían atravesado la escotilla con cierre mecánico de la bodega, y mientras ella buscaba con la mirada, él encendió una lámpara de aceite. Apenas hizo falta porque Helga ya había ubicado el pequeño arcón compartimentado donde había colocado algunas de las piezas recuperadas en la excavación, así que depositó el farol sobre una caja de madera bien claveteada. El corazón le latía rápidamente, en parte por la excitación de volver a ver aquello que le había cautivado al aparecer en unas ruinas de la selva de Brasil, pero también, y esto trataba de disimularlo más arduamente, por estar con ella.

-Aquí lo tienes. - Helga se incorporó con aquel objeto en la mano.

Él quedó cautivado de nuevo por el oopart, dudando si alguna vez alguien averiguaría qué hacía allí esa pequeña esfera de cristal, y por qué dentro había una casita sobre la que no cesaba de nevar.

Sin titulo (de Janacek Jadehierro).

Ahmed levantó uno de aquellos objetos que no servían para nada y los estudió brevemente. Su rostro moreno y lampiño se contrajo en un gesto de perplejidad cuando al agitar la esfera vio caer la nieve sobre una diminuta casa de cuento. Enseguida cogió otra bola y quedó embelesado con el barco que agitaban unas minúsculas olas de color azul. Entonces sintió los pasos silenciosos de ella a su espalda y, nervioso, tropezón con el sinfonier y soltó un quejido más alto de lo que hubiera deseado estando ella presente. Siempre conseguía parecer ridículo en su presencia. Pero ella le perdonó aguantando la risa.

Las irreflexivas aventuras de una dama aventurera. (De Mikel Villafranca)

Enrriequeta vazquez Santjames, no era una chica normal, era una científico y aventurera, en ese sentido se parecía a su lampiño y moreno padre, Raúl, un hombre que había perfeccionado el arte de la aventura, para el la aventura era una corista americana, llamada Lula, que tenia el honor de ser la madre de Enrriqueta, aunque no se habían visto en mas de diez años, pues estaba muy ocupada lapidando su fortuna, adquirida por casamiento, en los casinos de medio mundo y los restaurantes mas selectos del mundo.

Enrriqueta quedo al cuidado de su Tío Mauricio que vivía en un caserón, en mitad de los pirineos, una casa aislada por la nieve la mitad del año, Gracias a Mauricio se intereso por la ciencia de un modo genérico, convirtiéndose en una muchacha excéntrica, Su tío había viajado al polo sur en una expedición y había traído “El cubo” que estaba enterrado en la nieve, una historia que contaba a menudo y que despertaba la curiosidad femenina de Enrriqueta y de cualquier persona presente, gustaba de relatarla sentado junto al fuego fumando su larga y fina pipa de cerámica.

Ahora daba la vuelta al extraño artefacto, lo denominaban “El cubo” y su objetivo era una misterio, era vagamente cubico, de un metal indefinido y con teclas, parecidas a las de un piano, era tal el misterio del objeto que ejercía una extraña fascinación, y por ello ahora navegaba en el “Imprudente” hacia el polo sur, hacia días que no se veía ni tierra ni barco alguno.

El barco se zarandeo por culpa de las olas y ella perdió el equilibrio, golpeándose el meñique de su pie contra el sinfonier de su habitación, sin el cual no viajaba a lugar alguno, el dolor era tremendo y de hecho se rompió una uña por el golpe, algo que abría sido trágico para cualquier damisela, pero para ella estaba claro que estar en apuros no era una opción, aunque no pudo reprimir la angustia, pues le dolía mucho, pero se mordió el labio y se centro en el extraño artefacto.

Según se acercaban hacia el polo, “El cubo” sufría considerables cambios, algunos puramente estéticos, como el color de sus teclas que muto del metal negro a al blanco y negro del marfil y el ébano, y al pulsar las teclas se hacia el mas absoluto y armónico silencio, un silencio casi musical, que acallaba los crujidos del barco en la tormenta, y el rugido de los olas al descargar su furia contra el navío.

El “Imprudente” estaba comandado por un curtido capitán, y por marineros muy veteranos, tan veteranos que la muerte en una travesía hacia el polo les parecía hasta atractiva, hacían chanzas sobre sus respectivos achaques, pero según navegaban hacia el sur y con el comienzo de los hielos parecieron serenar su jovialidad y mutarla en una seriedad afectuosa.

Llegar a tierra no fue un problema, pues el hielo rodeo el barco y caminar desde allí hasta hasta lo mas profundo del continente fue tan solo una patética caminata entre la ventisca y el deslizante hielo.

Ella sabia que aunque los demás miembros de la expedición estaban rilando se cual mirlos, ella no tenia esa opción, camino hasta lo profundo de una caverna para refugiarse y pulso el aparato que hace rato que funcionaba de manera autónoma, al pulsar sus teclas un estallido de armónico silencio invadió el lugar y la mas maravillas se produjo según tocaba sus teclas que deformaban con sus emisiones de silencio el rugir de la tormenta, en una maravilla de canción.

Empujada solo por sus fuerzas viajo hasta el barco, con los marinero desaparecidos y sin molestarse en pedir ayuda, pues nadie podía ayudarla, y desde luego prefería morir a convertirse en una dama en apuros, puso el velero en rumbo a mar abierto, no sin algún traspiés, fijo la ruta con la ayuda de su ingenio y desde el puente y atando sogas y maromas acá y allá consiguió salir a mar abierto, donde el barco empezó a deshacerse en pedazos, la tormenta había arrancado cachos entero y hacia aguas, el “imprudente” se hundía irremediable.
Con su fiel sinfonier de Nogal, un palo de fregona de origen incierto y unas floridas enaguas consiguió llegar en el mas curioso navío visto nunca en los puertos de la Patagonia.

Lo que ocurrió despumes y como llego a su casa, y cual fue el fin de nuestra geriátrica tripulación es otra maravillosa historia que ya contare, o quizás no...

Oceano infinito. (de juan Carlos)
El monótono y perezoso gran océano acaricia con su oleaje el casco de mi nave, el olor del combustible quemado con el agua del mar alegra mis pulmones con su mezcla de olor óxido con el salitre, evocando grandes recuerdos con sus alegrías y tristezas. Llevamos semanas cruzando este gran gris azulado, de las cuales muchos días lleva la radio muda, sólo recibe ruidos caóticos sin ningún mensaje. No sabemos nada ni de nuestro origen ni del destino, salimos en tiempos de tensa paz, antesala de crueles y fieras conjuraciones y confabulaciones en las sombras. Nuestra misión supuestamente es de reconocimiento científico y recogida de muestras en zonas aún no exploradas del gigantesco anfitrión donde hemos entrado. Como capitán recibí un sobre lacrado con claras instrucciones, no abrir hasta por lo menos las quince semanas de navegación y el contenido debe de ser secreto incluso entre mi tripulación.
Con kilómetros de tuberías mensajeras de millones de bares de vapor bajo mis pies, circulando en intrincados y emocionantes laberintos de válvulas, codos y cruces cuyos secretos pocos conocemos consulto el calendario. El día donde debo de romper el sobre lacrado es hoy. La experiencia y la lógica me lanzan un mensaje poco prometedor, cuando las órdenes visten de velos y capas hiladas de secretos no suelen ser ni buenas ni agradables. Mi sentido del deber me empuja a abrir el lacre, leer su contenido, y cumplir las órdenes.
<<A la Atención del Capitán del Leviatán de los Mares.
Siguiendo los planes de los Magníficos y Excelentísimos Administradores, entraremos en guerra antes de su llegada al destino, el Puerto de las Olas Grises de nuestro forzado aliado. Cuando llegue ya no será un aliado sino el terrible enemigo nuestro, siempre ha sido así y nos hemos cansado de tratar con esos piratas sin escrúpulos.
Su Leviatán no es un navío de guerra, a pesar de tener cierta potencia de fuego, además su nave llegará sola, no tendrá ningún tipo de apoyo ni refuerzo. Parece una misión suicida sin ningún tipo de posibilidad ante el fuertemente defendido Puerto de las Olas Grises, de ahí la naturaleza de su auténtica misión. Su misión es encontrar un arma muy poderosa, capaz de dictar el resultado de una guerra, no estará muy lejos de su localización cuando abra esta carta.
Suerte Capitán.
Atentamente: Ministerio de Defensas Terrestres, Marinas y Aéreas”.
Fantástico, ninguna descripción, ni pista, ni naturaleza, ni forma, ni tamaño. A buscar algo sin saber qué es en este infinito de agua, el cielo con unas pocas nubes grises no me dice nada, el mar sólo canta una balada de amistad con el casco del Leviatán y el fondo es un misterio infinito, no se conoce nada de él ni siquiera su profundidad, además nunca habíamos navegado tan adentro del Océano Infinito y tanto yo como mi fiel tripulación estamos muy nerviosos.
Ordené activar el nuevo sónar cuántico, capaz de localizar cualquier objeto sea cual sea su tamaño a miles de millas marinas.
Lo encontramos, al cuarto día, el primer contacto fue una rotura en la línea de horizonte del océano, empezó a subir hasta taparnos el cielo, imposible saber su altura pero sería inconmensurable. Venía una ola gigantesca a gran velocidad, apenas dio tiempo poner la embarcación en modo submarino, tanto yo como mi tripulación juraríamos sobre nuestras vidas y nombres familiares la veracidad. La ola tragó la embarcación como si fuera una minúscula nuez, la nave se desestabilizó y empezó a girar y rebotar caóticamente, apenas pudimos sujetarnos para no rebotar hasta la muerte con el suelo, paredes y techos. Finalmente los sistemas estabilizaron la nave, activamos la cubierta holográfica para ver la causa de semejante ola. Empezamos a ver las torres y almenas de una enorme ciudad submarina, pero la ciudad se movía hacia a la superficie. Nosotros también salimos arrastrados por las toneladas cúbicas de agua en ordenado movimiento. La ciudad era enorme, tendría capacidad para millones de personas, y estaba fuertemente armada. La ciudad empezó a inclinarse en un ángulo imposible, el inmenso oleaje nos alejó dándonos un ángulo de visión mayor. La ciudad estaba anclada a una especie de leviatán marino parecido a una ballena con decenas de aletas laterales y varias colas. Salió con una potencia de millones de bombas nucleares, el sonido de las olas y del canto del titán atravesó nuestro grueso fuselaje y casi nos dejó sordos. Saltó sobre nosotros entrando al agua decenas de millas detrás de nosotros. Nos sentimos ridículamente pequeños y en el acto lo supe, encontré el objetivo. Al cabo de los minutos la ciudad flotó sobre el agua sin dejar de ver la superficie del animal que la sostiene, aterrados ante lo desconocido hicimos señas para poder acercarnos sin peligro, unas puertas enormes se acaban de abrir dándonos la bienvenida o invitándonos a caer en una trampa, entraremos, otra cosa no podemos hacer.

El Cumpeaños (de Cecily Cogsworth)

Nota del Archivero para la familia Schwannschwert-Teck: esta carta fue encontrado entre los papeles de la Baronesa Alexandra Schwannschwert-Teck. La escritora es la joven sobrina de la baronesa, Cecily Teck, más conocida a la historia como la Profesora Cecily Cogsworth.


Simla, 23 Septiembre, 1892

Mi querida tía Alexandra,
No te puedo dar suficiente gracias por los magníficos rifles Tesla que me mandaste para cazar krakenes del air! Aparte de ser elegantes y fáciles a usar, son de una potencia extraordinaria. Los usé por la primera vez en una expedición que organizó Major Lionel Fitzburton, al recibir las noticias de un nido de krakenes que amenazaba el puerto del Khyber. Mi querida tía, ¡los krakenes ya habían devorado a más de cincuenta nativos!
Major Fitzburton pidió a papá nuestra colaboración para remediar la situación y por supuesto él puso todos nuestros recursos a su disposición; los zepelines, los guías y portadores y nosotros mismos eran listos para la salida en menos de una hora. ¡Estuve muy orgullosa de la resolución de papá de terminar con este peligro!

Claro, tuve problemas a convencer mi gobernanta, miss Riddleman, dejarme ir con los demás. No pudo reprimir su angustia, pero papá insistió que era importante para mí saber cómo son nuestros responsabilidades- nuestras vidas no pueden girar alrededor del estudio, la investigación y las conferencias académicas. Así me encontré, a los 17 años, en un zepelín en camino a las alturas del Khyber, bien envuelto en abrigos de piel, y bebiendo numerosas tacitas de té al estilo de las Himalayas. Major Fitzburton me invitó a estar a su lado durante el viaje para mostrarme las maravillosas vistas. Era casi como estar en un barco en medio del mar-todo tan silencioso, tan blanco, cómo una cuenta de hadas. Ni vimos ni una casa en la nieve, solamente las rocas y la luz cambiante del sol en las cumbres nevadas.
Cuando llegamos a la zona del nido, aterrizábamos para seguir de pie porque los air kraken se aniden al ras del suelo. Se podía oír perfectamente el llanto de los crías, mientras esperaban la llegado de sus padres con alimentos. Sentí lástima por ellos, hasta Major Fitzburton me explicó que los alimentos que esperaban eran seres humanos capturados por krakenes adultos. El Major entonces mandó a los portadores a matar las crías y nos dispusimos a esperar la llegada de los adultos. Escuché a los otros contar historias de otras expediciones contra los kraken del aire y sentí orgullosa por las hazañas de papá. ¡No puedo imaginar cómo era, cazar los kraken sin rifles Tesla!
Y llegaron. Eran cinco. Tú, mi querida tía Alexandra, sabes bien cómo es este momento. ¡Ni el horrendo sonido de su vuelo, ni el terrible espectáculo de sus tentáculos ávidos tienen secretos para ti! Pero para mí era la primera vez en una batida de kraken y estuve contenta tener tus rifles Tesla conmigo y estar al lado del esplendido Major Fitzburton, quien dirigió el combate con resolución y compasión, exigiendo rematar los kraken sin demora.
Llevamos cuatro kraken (el quinto era destrozado por completo) para mostrar a los pueblos en el camino de regreso que habíamos liberado la zona de estos monstruos. Tuvimos que aterrizar en cado población y cada monasterio y estar sometidos a la ceremonia de la caza del Kraken, con sus loas, festín y danzas. Mi papá sentió bastante impaciente con tanta pompa, hasta que Major Fitzburton nos explicó que la ceremonia tenía un sentido religioso para los nativos de la zona, quienes creen que estaos festejos aplacan la envidia de los fantasmas de los cazadores muertos en las batidas del pasado.
En uno de los pueblos me dieron el apodo Chica No en Apuros, que el Major me explicó era todo un tributo a mi coraje al abatir uno de los kraken yo sola. Normalmente tantas alabanzas públicas me molestarían, pero cuando miré a las caras sonrientes de tez morana y lampiña, no pude quitar a estas gentes su alegría. Debo confesar que me da cierta satisfacción saber que mi nombre vivirá para siempre en estas montañas, formando parte de sus sagas ancestrales
Papá entonces decidió grabar y estudiar estos ritos para su obra y dará una conferencia sobre ellos en el Royal Geographic Society cuando vuelve a casa. Un chaman le regaló a papá un artefacto que nadie sabe para qué sirve, además de una capa hecha de un piel bastante curioso.
¿Y porque escribo vuelve y no volvemos, mi querida tía?
Al llegar a Simla, después de tomar un té y cambiar de ropas, el Major vino a la casa y pidió una entrevista con mi padre en su estudio. Naturalmente, una dama no escucha a las puertas cerradas.
Pero…
Escuché como el Major se golpeo el dedo meñique del pie con el sinfonier en camino a la mesa de papá y escuché lo él pidió a papá. A penas tuve tiempo a volver al comedor y ocuparme con un bordado, cuando entró papá al comedor y me dijo solemnemente que el Major, con su permiso paternal, quería el honor de una entrevista conmigo en privado.
Oh, querida tía Alexandra. ¿Cómo puedo describir la felicidad exquisita de comprometer mi mano y me corazón a un hombre tan admirable?
Nos casaremos aquí, en Simla y ¡espero que tu y el tío Ernst pueden venir!
Escribe pronto a tu feliz sobrina,

Cecily