jueves, 16 de febrero de 2017

Biografías de ficción Vol. 3

En este juego se desarrollan biografías con elementos de ficción de personajes reales. Puedes encontrar las ediciones anteriores aquí y aquí.


Matsuo Bashō (Mikel Villafranca)

Matsuo Bashō nacido como Matsuo Kinsaku (Ueno, 1644 - Osaka, 28 de noviembre de 1694)
Fue el poeta más famoso del período Edo de Japón. Durante su vida, Bashō fue reconocido por sus trabajos en el Haikai no renga (俳諧の連歌).
Está considerado como uno de los cuatro grandes maestros del haiku; Bashō cultivó y consolidó el haiku con un estilo sencillo y con un componente espiritual, pero también escribió varias series de poemas dedicados a las máquinas, más concretamente a las calderas novedosas que permitirán hacer mejores aleaciones. Su poesía consiguió renombre internacional, aunque su poesía sobre maquinas a Vapor quedó eclipsada por el cuerpo mayor de poemas más espirituales dedicados a la naturaleza, y en Japón muchos de sus poemas se reproducen en monumentos y lugares tradicionales.
Vapor mueve
Mazo, hierro plegado
Alma de samurai
Este es talvez el poema de esta serie sobre máquinas de vapor más famoso, en el se ve como el Matsuo se conmueve al observar como un enorme mazo a vapor golpea el metal con el que el herrero está forjando una katana, plegando el metal sobre sí mismo una y otra vez para hacer una mejor hoja.
De esta misma serie es este otro dedicado a sistema de poleas y barriles que permite subir el agua de una forja para templar el metal, para regocijo del herrero que ve su trabajo mucho más llevadero.
Rueda agua
Mueve, silva hierro
Herrero canta.
Bashō empezó a practicar el arte de la poesía siendo muy joven, y más adelante llegó a integrarse en el escenario intelectual de la capital, para llegar a convertirse rápidamente en una celebridad en todo Japón. A pesar de ser maestro de poetas, en determinados momentos renunció a la vida social de los círculos literarios y prefirió recorrer todo el país a pie, viajando incluso por la parte norte del Archipiélago, un territorio muy poco poblado, para poder encontrar fuentes de inspiración para sus escritos, tales como parajes naturales, o turberas y arroyos de montaña donde podía ver algunas de estas maravillosas invenciones a vapor o maravillosos paisajes naturales.
Bashō no rompe con la tradición sino que la continúa de una manera inesperada, o como él mismo comenta: "No sigo el camino de los antiguos, busco lo que ellos buscaron". Bashō aspira a expresar con nuevos medios el mismo sentimiento concentrado de la gran poesía clásica. Sus poemas están influidos por una experiencia de primera mano del mundo que le rodea y, a menudo, consigue expresar sus vivencias con una gran simplicidad. Del haiku Bashō había dicho que es "sencillamente lo que sucede en un lugar y en un momento dado".



Vincent van Gogh (Ángela Ramos)
NOTA DE LA AUTORA: como la vida y obra de Vincent van Gogh es más que conocida, he decidido sacar a relucir una de las cartas que el pintor mandaba a su hermano Theo, las cuales se han recopilado, entre otras formas, bajo el título de "El pájaro enjaulado". Esta en concreto data de tres días antes de su muerte.
Entiéndase que este es tan solo un granito de los días postreros de la vida del artista.
26 de julio de 1890, Auvers-sur-Oise, Francia
Querido Theo,
¿Qué tal va todo? Espero con todas mis fuerzas que la suerte te sonría mucho más de lo que me mira a mí.
Te escribo esta carta desde la desesperación. No sé qué hacer ya. Creo que volveré al sanatorio pero, ¿por qué? No estoy loco, ¿verdad? Quizá sí, mi estimado hermano, ¿piensas qué lo estoy? Decías qué mis cuadros te transportaban a otro mundo. Y así es.
No lo digo en un sentido metafórico, Theo. Tenías razón.
Cada lienzo es una ventana a un universo alternativo. Ayer mismo comprobé como en ellos hay vida. ¡Cuánto te hubiera gustado conocer aquellos paisajes, aquellos seres!
¿Tienes en mente la pintura de aquellos campos amarillentos y sepiaceos? Allí hablé con los hombres cera. Hombres anchos, de trazo grueso, espesas cejas y claros ojos. Trabajan cultivando espigas y arando la tierra. No hablan nuestro idioma, sino que emiten unos extraños sonidos guturales y silban a la tierra a medio verdear para moverla. Son fantásticos, como nada que hubiera visto hasta ahora. Se alimentan de sopas de líneas finas, beben del recuerdo de las nubes.
Pero no solamente están los hombres cera, hermano.
Si miras bien, verás que los girasoles son en verdad muchachas dormidas, acurrucadas en sus tiernos capullos. Pero hay que tener cuidado con ellas. Jugarán contigo porque así es como entienden el amor. Te darán collejas, te harán la zancadilla y; cuando estén cansadas, se plegaran con sus faldas amarillas y sus cabellos castaños a dormir en el tallo brillante.
También sumergí mis pies en la arena donde varaban las barcas de Saines-Maries. Sentí el calor de junio en mi nuca y una tristeza sofocante. Allí se erguían, junto a las embarcaciones, las mujeres-vela. Jamás vi nada similar. Estaban crucificadas a los mástiles. Las gasas que cubrían malamente sus senos en punta hacían las veces de velas. Sus dedos se afanaban por desenterrarse de la grava, y su rostro estaba cubierto por un tremendo dolor. Me era imposible moverme. No podía hacer nada por salvarlas, nada por eliminar su imagen agria de mi memoria.
¡Oh, Theo! ¡Y aquella no fue la más horrible de mis visitas!
De repente estaba en la Habitación amarilla, arropado hasta los dientes por una manta roja, que no era roja, sino hecha de claveles cosidos. Me miré al espejo y vi mi reflejo más roto de lo que nunca antes he estado. Llamaron a la puerta.
En el cuadro no se puede ver. Pero están llamando todo el rato. Con suavidad y firmeza. Sin parar. Te prometo que, aunque yo al principio creí que era un fantasmagórico sueño, todo lo que pasó después fue real. No dudes de mis palabras.
Me decidí a abrir la puerta, no sin cierto temor.
¡El cielo de la más bella noche estrellada se presentaba a mis ojos! No había nadie.
Volví un paso más atrás, de vuelta a la habitación. Ahí estaba todo. Oliendo a café de ayer.
Contemple de nuevo el cielo colmado de candores brillantes, y una figura se acercó a mí.
Quizás la palabra correcta sea que «flotó» hacia mí. Porque iba desplazada por la niebla de mayo.
Era una dama joven. De piel blanca (no sonrosada como la humana), pupilas azules y una melena plata que ondeaba. Portaba un collar perlado magnífico y el resto de su cuerpo estaba oculto por una tela cerúlea y marina. Comprendí que era la Luna quien estaba ante mí. Sus pequeñísimas manos tocaron mi rostro, palparon el lóbulo de mi oreja izquierda y se detuvieron sobre mis párpados. Lloraba. Primero ella y luego yo, contagiado por su angustia.
No recuerdo nada más, si es que lo hubo. Solo que me dejó en la capilla que pinté en el cuadro y que desperté exhausto y con el estómago tan cerrado que no he podido probar bocado en estos días.
Es posible que lo achaques a mi mal llamada enfermedad. La que me permite descifrar otras realidades, la que me ha descubierto sueños eternos.
Puede que haya sido todo una pesadilla.
No lo sé.
Quizás sea por mi última recaída. Otra vez pensando en que mi obra es inútil y nunca guardará mi memoria. Moriré en el silencio.
No lo sé, Theo.
Vuelvo al sanatorio. Envíame tu respuesta allí.
Un abrazo,
Vincent van Gogh
PD: la Luna me sonrió y, antes de partir, me dijo al oído: "tu color dibujará el futuro"


Robert Schumann (Cecily Cogsworth)
¡La Máquina, la máquina!
Conocí a Robert Schumann durante los últimos 2 años de su vida. Todo que sé de él viene de las muchas conversaciones que mantuvimos cuando yo era enfermera de noche en el asilo para enfermos mentales del Herr Doktor Franz Richarz en Bonn.
Nunca escuché su música hasta oír los Kinderszenen en un concierto bastantes años después de la muerte de Herr Schumann en 1856.
https://www.youtube.com/watch?v=Fdms6u7fXF8 *
Solo vivió 46 años y me comentaba que comenzó sus estudios musicales a los 7 años. Ya a los 14 años escribió un ensayo sobre la estética de la música que a mí me gustaría leer y aunque fue obligado a estudiar la abogacía durante varios años, en realidad la vida de Robert Schumann dedicado a la literatura, a la música…
y a Clara, su dulce esposa.
Hasta el 1840, sólo compuso música para el piano, el bendito y maldito piano, pero en aquel año, cuando por fin pudo casarse con la mujer de sus sueños, compuso algunas de las más bellas canciones jamás escritas
https://www.youtube.com/watch?v=AwZFrb-mt8I **
Su matrimonio con la dulce Clara, una de las mejores pianistas de su generación, produjo ocho hijos. Solo pudieron casarse luego de un juicio acrimonioso instigado por el padre de ella. Lógico, en realidad. La gran parte de los ingresos de Friedrich Wieck vino de lo que cobraba su hija por los conciertos que tocaba por todo Europa.
Sé que Robert Schumann nació en Zwickau. Es difícil imaginar en Zwickau, el hombre melancólico quien yo conocí, paseando por las calles abarrotadas de los carros automáticos que caracterizan esta ciudad minera. Desde luego, si hay un avance de tecnología en el mundo, seguramente lo encontrarás en Zwickau. A mí, me da cierta repelús, imaginar las calles tranquilas de una ciudad germana convertidas en reductos de maquinaria llena de resortes y engranajes, el cielo nublado por malolientes humos, y todo para llenar los bolsillos de los industrialistas. Por lo que me han contado, los trabajadores que mantienen en marcha los colosos metálicos, viven en un estado lamentable, sin poder aprovechar de estos milagros de los tiempos modernos.
Supongo que es ahí donde encontró Robert los prototipos de aquella máquina maldita. Parece que los músicos son capaces de hacer lo que sea para mejorar su técnica y capacidad de interpretación.
Yo no puedo decir a ciencia cierta de dónde vino la idea usar la máquina, una prodigiosa combinación de latón, madera y muchos engranajes que presumía fortalecer los tendones de los dedos tercero y cuartos de la mano derecha - si lo había escuchado mencionar en una tertulia, o si intentaba hacer la competencia como pianista a su prometida, una auténtica niña prodigia...ella, la dulce Clara.
Lo que sí puedo asegurar es que hasta el último día de su vida, Robert Schumann tuvo pesadillas donde gritaba-¡La máquina, la máquina!
Terribles noches,aquellas, cuando Herr Schumann hablaba y hablaba durante horas para mantenerse despierto. Hablaba de su viaje a san Petersburgo cuando acompañaba a la dulce Clara en una gira de conciertos, de la novela que él escribió a los 16 años, de las aventuras de sus hijos cuando eran pequeñines todavía.
Hasta hoy día me acuerdo de sus nombres: Emil, Marie, Elise, Julie, Ludwig, Ferdinand, Eugenie, y Felix. Ninguno vino a visitar su padre durante los últimos 2 años de su vida. Ni tampoco ….ella, la dulce Clara.
Sé que luego de graves depresiones, Robert Schumann intentó abarcar una carrera como director de orquesta y en 1850, llegó a ser nombrado director musical en Düsseldorf, pero el pobre hombre era un director pésimo, inspirando hasta compasión en los críticos y una rebelión entre los músicos de la orquesta.
En una ocasión me confiaba él que en dos veces había intentado suicidarse. La primera vez después de la terrible epidemia de cólera de 1833, en que murieron su hermano Julius y su cuñada Rosalie.
La segunda, durante el las celebraciones de Carnaval en 1854, fué cuando Robert Schumann pidió el ingreso voluntario en el sanatorio donde murió 2 años más tarde. Siguió componiendo en el sanatorio, aunque casi todo sus obras fueron destruidos por orden de… ella , la dulce Clara.
Que sepa yo, solamente sobrevivió una obra que escribió Robert Schumann durante estos tiempos cuando yo le conocí, los Cantos del alba
://www.youtube.com/watch?v=weJcyE1AWes ***
Herr Schumann, artista consumado, vivió por sus dos amores, el piano, y...ella, la dulce Clara.
Escribió un concierto magnífico para ...ella, la dulce Clara.
Lo escuché hace poco. Es una obra que hace vivir y saborear la época cuando fue escrito,
https://www.youtube.com/watch?v=Nh07vG6EdRg ****
https://www.youtube.com/watch?v=vAFaqm3YmyE
¿Qué más puedo decirles sobre Herr Robert Schumann? Detestaba Wagner; consideraba su música pretenciosa, igualmente detestaba la música de Lizt. Amaba la lectura de nuestros grandes autores germanos como Schiller, Goethe, Jean Paul y Heine. Se inspiraba sobre todo en la naturaleza y la vida familiar. Fue creyente en el espiritismo.
Vino a verle por fin, dos días antes de su muerte..su dulce Clara. Él ya no pudo hablar y la verdad, ni sé si Robert Schumann reconoció la mujer elegante se sentaba a su lado durante 15 minutos.
https://www.youtube.com/watch?v=a2N7ycBfLzo
* Para mí, ningún pianista consigue expresar la melancolía tierna y austera de esta obra como sir Clifford Curzon
** La grabación es en vivo, del recital donde Fischer-Dieskau hizo su debut en el Festival de Salzburgo en 1956
*** Es muy difícil imaginar las condiciones en que Schumann escribió esta partitura.
****Esta interpretación legendaria fue grabado en el 1948, poco después que el solista, Dino Lipatti recibió un diagnóstico de linfoma de Hodgkins. Lipatti murió 2 años más tarde, a los 33 años.



Eduard Munch (Rafael González)
No hay muchos personajes en la historia que hayan sufrido el mismo nivel de incomprensión y frustración vital por los que tuvo que pasar Eduard Munch. Algo que se está logrando paliar en la actualidad, aunque solo en parte, gracias a iniciativas como la capilla aún inconclusa en Oslo, o la creación de la cátedra de óptica interdimensional en la Sorbona. Por supuesto, las contribuciones del señor Munch son conocidas ahora por la práctica totalidad de los habitantes de la Tierra. Pero al pensar en cómo era nuestro mundo antes de que se valoraran en su justa medida los logros del genio noruego, no es raro considerar que se ha producido un cambio revolucionario. Un cambio digno de considerar que estamos siendo testigos de una nueva era.
La azarosa vida de Eduard Munch tuvo como fuente principal de su pesar la enfermedad que entonces llamábamos tuberculosis, y que hoy día se conoce como Síndrome de Munch. Las memorias que redactó poco antes de su desaparición nos han dejado un nítido cuadro de dolor por las prematuras muertes de su madre y su hermana, que la dureza de carácter paterno nunca ayudó a aliviar. Quizás, como él mismo elucubró, la familiaridad del médico militar con la muerte le había endurecido tanto como para olvidar que su hijo no era un soldado y necesitaba ayuda para sobrellevar el duelo. Un trauma del que la mayor beneficiada fue la humanidad, pues la obsesión de Munch por la tuberculosis le siguió hasta la escuela de ingenieros de París.
Es necesario recordar que, en aquellos años, la enfermedad se achacaba en exclusiva a malas condiciones de salubridad y a una alimentación deficiente. Contra ello, el remedio que acostumbraba tener mayor efecto solo estaba al alcance de quienes disponían de una economía saneada: la estancia en un balneario. Aire vivificante, cuidados médicos continuos y una dieta sana. Y para los potentados surgieron los sanatorios volantes, esos gigantes que viajan en torno a las grandes cordilleras europeas para proporcionar a sus viajeros semanas y meses de tranquilidad lejos por completo del mundo. Pero incluso el más fastuoso de esos remedios no dejaba de ser una solución temporal, ya que las recaídas eran muy frecuentes y la salud de cualquiera que la padeciese quedaba debilitada de por vida.
Es por eso que resulta sencillo entender por qué se centró Munch en la aplicación médica de la ingeniería. En sus memorias recuerda con nostalgia las noches pasadas en vela, repasando planos de máquinas con las que esperaba replicar el efecto de purificación ambiental de un balneario. Desvelos que fructificaron en bombas de aire tan eficientes, que aún hoy se usa su diseño en minas y factorías. Sin embargo, al joven Munch le resultaron insuficientes; pues su empeño se había ido centrando en crear un filtro capaz de bloquear el paso de las partículas que portaban la enfermedad. En su mente soñaba con habitaciones donde el aire siempre estuviera limpio de miasmas, que podrían ubicarse en iglesias y ayuntamientos para dar servicio a jóvenes y ancianos enfermos. Atendidos por autómatas, sanarían a muchos de los que, por su condición social, estarían abocados a morir por falta de recursos.
Ese interés le condujo hacia la óptica. Los avances en microscopios y telescopios, unido a los postulados de energías invisibles para el ojo humano, le llevaron a pensar que podría diseñar un equipo capaz de percibir la presencia de partículas nocivas en el aire. En algunos de los diseños que se conservan, es visible el «detector de impurezas» que pretendía instalar. Así pues, investigó las propiedades de distintos cristales minerales y comenzó a experimentar fabricando lentes que contenían distintas proporciones de esos cristales: cuarzo, berilio, amatista, aguamarina... Trabajó con monturas de gafas de lentes superpuestas, para probar combinaciones de diferentes ópticas, siempre con el mismo resultado: negativo.
Por suerte para todos nosotros, su espíritu no se doblegó ante esos obstáculos y siguió experimentando hasta septiembre de 1882. Según cuenta él mismo, ese día se pudieron contemplar en París las auroras boreales más espectaculares de la historia.
«Me encontraba probando una serie de lentes mixtas, para las cuales había usado fluorita y barita en su composición, cuando mi laboratorio se vio envuelto en llamaradas de colores brillantes que entraban a raudales por la ventana. Al norte, por encima de Notre-Dame, la aurora boreal había prendido en el horizonte con el fuego de los dioses y su belleza me arrebató por completo. Dejé todo y corrí a la orilla del Sena, para verla mejor desde el Puente Real.»
Al día siguiente, al retomar la tarea inacabada, Munch hizo un descubrimiento sorprendente: mirando a través de aquellas lentes seguía viendo su cuarto como la noche anterior. Afectadas por la increíble energía emitida por la aurora boreal, «el mundo se me mostraba con un colorido intensificado, aunque distorsionado». Asombrado por semejante maravilla, probó suerte con varias combinaciones de lentes hasta lograr la imagen más intensa posible. Supuso que esos colores correspondían a energías invisibles del espectro, pero ignoraba a cuáles en concreto y la utilidad que pudiera dársele, así que lo mantuvo en secreto hasta que diera con la respuesta.
El propio Munch confiesa que, durante unos días, las gafas constituyeron su entretenimiento y casi una fuente de diversión. Las llevaba siempre consigo, y aprovechaba cualquier ocasión para comprobar el efecto de las que empezó a denominar como lentes boreales. Buscando pautas en la manera en que veía las llamas del fuego, la luz de un farol, de las estrellas o la luna. Algo que le pudiera orientar sobre qué aspecto oculto del universo se le estaba revelando.
Una respuesta que, como todo en la vida de Munch, le llegó de forma traumática. El día en que visitaba a un amigo, muy debilitado por la tuberculosis, y quiso animarle mostrándole la maravilla de las gafas. Él mismo dejó constancia de lo ocurrido de una forma insuperable.
«Para que supiera cómo funcionaban, me las puse yo en primer lugar. Y entonces, al mirar hacia él, descubrí con horror una presencia a su lado. Un ser pálido, de miembros famélicos, que se abrazaba a él como una amante deseosa. Pero cuando levantó la cabeza en mi dirección, lo que vi fue la mirada de un demonio. Incluso los colores de la sala los rehuían, formando un vacío de negros a su alrededor en el que el mundo mismo se retorcía, ofreciéndome una imagen monstruosa.»
Aquel día, Munch vio por primera vez a un íncubo. Con el tiempo, y tras múltiples observaciones, pudo relacionar la presencia de estos seres con la tuberculosis hasta estar seguro de que eran los responsables de la misma. Y fue en este momento cuando debió afrontar las mayores frustraciones de su vida, pues la explicación a tal descubrimiento no era fácil de aceptar por el resto de los hombres de ciencia: que aquellas lentes le daban acceso a un espectro del mundo que, como poco, podía considerarse fantástico. Y lo que ahora sabemos, que las auroras boreales son portales hacia el mundo de los espíritus, Munch debió hacérselo entender a una sociedad de descreídos.
Por desgracia, los profesores con los que intentó hablar para que le ayudasen a demostrar su postulado le rechazaron sin más. Pero quiso la fortuna que se cruzase con otros genios más receptivos: los hermanos Lumière. Buscando la manera de demostrar el potencial de las lentes boreales, acabaron por desarrollar la cámara espectral; gracias a la cual lograron plasmar por primera vez imágenes de esas criaturas que habíamos relegado a las leyendas y los cuentos infantiles, además de obtener instantáneas del mismo alma de quien se ponía frente a su objetivo. Un éxito que tardó en ser reconocido, pues las fotografías presentadas en una exposición resultaron escandalosas para el público. «Vampiro», «Ansiedad», «El artista y su modelo», «Pubertad» o «Trabajadores de vuelta a casa» mostraban al público una realidad incómoda para el espíritu de aquellos que creían que la ciencia había desentrañado ya los misterios de la esencia del universo.
El último capitulo de sus memorias nos desvela que había empezado a plantearse la posibilidad de combatir a los íncubos para erradicar la tuberculosis, o encontrar la manera de purificar la sangre de los enfermos de la ponzoña que les inoculan. Una tarea que se entremezclaba con el temor que estaba desarrollando a represalias de los íncubos, pues era obvio que su invisible presencia había sido descubierta. Pero desapareció a principios del siglo XX, sin que se sepa a ciencia cierta qué le sucedió, poco después de publicar su tratado «de las posibilidades de las lentes de fluorita y barita, tratadas con alta radiación boreal». Un legado que, junto con la colección de fotos que había realizado, llamaron la atención de Koch y otros científicos; de modo que en menos de una década las lentes boreales se volvieron comunes para descubrir la presencia de entes perniciosos en los hogares de los enfermos y en los sanatorios mentales. Permitiendo que alcanzásemos esta era de la medicina en que nos hemos librado de males para los que nunca creímos tener cura.


Gilgamesh  - Jose Castro del Alamo
Para conocer la Biografía de Gilgamesh, hay que transportarse hacia el 2700 o incluso cien años después, en el 2600 a.C. para encontrarnos con la persona histórica que protagonizará más tarde, entre algunos otros textos, la denominada Epopeya de Gilgamesh. 
Al parecer, fue rey de Uruk, estuvo interesado en el mantenimiento y la prosperidad de la ciudad, y se interesó por su engrandecimiento, construyendo para ello una muralla que la protegiera, y diera límite. Este hecho, aunque pueda parecer simple, no lo es. Conocer el límite de algo es definirlo, describirlo, y diferenciarlo del resto. Es lo que discrimina entre el orden y el caos, o si lo vemos desde otra perspectiva, es lo que marca la diferencia entre el gobierno de Gilgamesh, y lo que se encuentra fuera del orden y de su jurisdicción. Teniendo en cuenta que Gilgamesh consiguió la gloria de ser un gobernante ejemplar, cualquiera se queda fuera de las murallas de Uruk, donde cualquier contratiempo nefasto pudiera suceder. Mejor arrimarse a la zarza de Gilgamesh, rey de Uruk, jefe de la asamblea de ancianos de la primera ciudad-Corte, autónoma, donde los ciudadanos ejercen órdenes y son ordenados, que quedar a la intemperie, donde un león pueda darte un zarpazo, o un nómada buscando fortuna, arrase con tu cuerpo en busca de qué llenar sus bolsillos. 
Dice la leyenda, que Gilgamesh no consiguió la inmortalidad, al final de todos sus periplos. Pero yo he encontrado una tablilla, en una parte lúgubre, donde la gente disfruta de un humanismo oculto, ya que obtienen piezas que no pueden enseñar a nadie, ya que proceden del mercado negro, en donde se da un giro, por llamarlo de algún modo, a la versión de la Epopeya que conocíamos hasta hoy.
En este nuevo documento, inscrito en cuneiforme paleobabilónico, Gilgamesh obtiene al final de zambullirse en el Mar Eterno, una preciada planta, que no otorga la inmortalidad, como le dijo Utnapishti, sino que permite trasladarse, como el Sol, y como las rápidas y odiosas crecidas del Tigris y el Eúfrates, en el espacio y, si lo decimos en parámetros actuales, en el tiempo —ya que la concepción del tiempo en babilónico arcaico no es igual a la nuestra, no hay tiempos verbales, es otra cosa más compleja—. Así, Gilgamesh consiguió, según expone esta tablilla, ver lo conocido y lo desconocido, además de ver lo que pasa y lo que pueda pasar. Estuvo presente al ayudar al Santo Pablo, cuando dijo que era ciudadano romano, y pusieron cara de temor los soldados que le habían azotado; estuvo ahí cuando Ramón Llull recibió una visión, por la cual debía exponer su conocimiento de la fe verdadera en catalán, y no en latín. Y lo que más le preocupó, fue cuando contempló con sus ojos, y sintió con su sangre y su carne, como unos artilugios provocaban mediante el movimiento de unas tuercas, y la sacudida de una gran bocanada de aire de humo, que un caballo de hierro, o un gusano, había arrebatado el trabajo a los carros de guerra, decorados y suntuosos, que tanto costaba fabricar, y que tanto valor tuvieran, dando prestigio a quien los dirigiera con mano de hierro. Percibía que este mundo nuevo no valoraba lo que antaño era de oro: las murallas ya no protegían ni diferenciaban nada, sino que estorbaban y se tiraban; las calzadas se abandonaban; y los jornaleros ya no medían el tiempo por el paso del circulo solar, sino que la agricultura se había relegado a ser una fábrica sin techo; los pastores no tocaban la flauta, ni rendían culto a sus ancestros ni a los dioses por la buena manada de este año, en cambio, decidían llevar sus rebaños a unos recintos donde comían abundante y dormían, estabulados de forma perenne. 
Este nuevo documento, no ha cambiado la moraleja que guardaba la relación de tablillas que los sabios del acadio han traducido para nosotros al sermo vulgaris—que cuando trabajan parece que está reunido un sanedrín discutiendo sobre la Torá—. El paso del tiempo y el valor humano es lo que cierra esta tablilla: según el colofón del escriba, Gilgamesh, harto de viajar y contemplar siempre lo mismo, pero con distinta apariencia, decidió poner fin a su existencia dejando de viajar. Así, sin usar la planta mágica, conseguiría que el polvo que le molestó cuando fue alumbrado por su madre, fuese lo último en que se convertiría. Lo tenía, al igual que Alejandro Magno, todo premeditado y no dejó nada al azar. Cuando se acercaba la hora de su muerte, empezó a escribir en latín, lengua que le enseñó Ramón Llull: tempus fugit. Así, termina el relato de la tablilla que he encontrado, discreto lector, así acaba la biografía de Gilgamesh, señor de la ciudadela de Uruk, querida lectora.


Ludwig van Beethoven - Marina González
Gran músico y célebre y revolucionario creador del violín a vapor (su aporte evitó que las cuerdas se rompieran y ensangrentaran las manos de los artistas).
Es el último gran representante del clasicismo vienés del engranaje, consiguiendo trascender la música del Romanticismo del gasoil a un nuevo nivel más potente con la introducción de los robots creados a base de cachivaches y simple metal dorado.
Su producción incluye los géneros pianístico del vapor de termas (treinta y dos sonatas para piano), de cámara a base de violines a vapor, concertante con pianos y violes a vapor y con un maravilloso robot con 32 brazos; sacra (dos misas de órganos con metal refundido del submarino del capitán Nemo y un robot con alta inteligencia en poder afinar tal órgano) y orquestal, con instrumentos de viento, cuyo funcionamiento mediante engranajes son bestiales, entre otras obras.
Su familia era de clase baja, pero ya daba muestras de un gran talento y gran inventiva en la mejora de instrumentos musicales y con gran pasión por la creación de nuevos instrumentos (aunque todos explotaban al intentar darles mas potencia para que sonara mejor música, nunca se dieron cuenta que las mejoras que introdujeron ellos en los ya existentes eran las mas perfectas y posibles). Desde que el abuelo de nuestro músico empezó con el negocio de las mejoras, siempre le tuvieron mucha envidia a Stradivarius, todo el mundo decía que sus violines eran perfectos por la madera, pero la razón verdadera se debía a un simple aceite robado al mismísimo Beethoven con el que usaba para mejorar el engranaje de los violines y que era considerado el mejor en el mundo (y que era lo que necesitaban realmente los violines de Stradivarius, no por la madera, que todo el mundo sabe es mala, venga de donde venga)
Uno de los mayores sufrimientos del artista fue quedarse sordo, por eso, exigía a sus robots que mamporrearan fuerte los tambores y que engrasaran los violines con mucho aceite (de ahí que los invitados a sus conciertos temieran entrar y desnucarse, había una capa que cubría todo el suelo del teatro literalmente y fue tema de broncas con su familia al avisarle de que no tendría tantos fans de su música, hecho inverosímil, ya que el aceite del suelo se convirtió en símbolo de los conciertos de Beethoven)
Beethoven murió como vivió: a lo grande. En su lecho de muerte gritó un alegato a favor del aceite en los engranajes y nuevas mejoras en los clarinetes (instrumento que siempre se le resistió al aceite), pero nadie logró llevar a cabo tales mejoras. En su funeral, le rindieron los mejores honores enterrándole con el primer violín con engranajes de oro y plata para demostrar el valor de su música y de sus aportaciones a los instrumentos.


1 comentario:

  1. No sé que gozo más, participar o leer las contribuciones de los otros steamers. ¡Estos juegos son maravillosos!

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