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jueves, 13 de septiembre de 2018

Entrevista a Armando Valdemar


Armando Valdemar es, probablemente, uno de los principales referentes de la cultura gótica en España. Este asturiano debe su nombre al cuento de E. A. Poe “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, el primero que leyó de este autor. Asimismo, tiene algo que ver con su propia personalidad, que poco a poco irá desvelando en esta conversación (cervezas de por medio). 

Pero “Valdemar” también se puede entender como apellido referido a algo que está muy cercano o en contacto con el mar. Para este autor, “esas masas de agua son el mejor ejemplo del concepto de inconsciente colectivo”, lo que deja entrever su “jungianismo recalcitrante”; como afirma. 

Sus referentes literarios se mueven entre Clive Barker, Poe, Lovecraft, Hodgson, E.T.A. Hoffman, Goethe, Bécquer, Keats, Byron, Robert E. Howard, Jung, Patrick Harpur, Nietzsche, Freud, Frank Miller, Alan Moore, Peter J. Carrol, Phil Hine, etc. Muchos de estos nombres irán apareciendo a lo largo de esta entrevista. 
       P. ¿Que tiene la cultura gótica que te llama tanto?
      A. V. La subcultura gótica tiene algo que me ha llamado desde niño; incluso antes de saber que toda esa forma de sentir y pensar, tan perversa y lúgubre, poseía un nombre concreto. Representa la jovialidad de la oscuridad del inconsciente, del alma, y lo hace no de una manera dañina. Noche y oscuridad no son conceptos maléficos, sino iniciáticos. Nos ponen frente al espejo. Para mí, este trasfondo e idiosincrasia son ejemplos claros de la cita de Nietzsche sobre “el abismo que devuelve la mirada”; solo que aquí a ese abismo, además de mirarle, le sonríes. Y siempre manda una sonrisa de vuelta.

Noche y oscuridad no son conceptos maléficos, sino iniciáticos
      P. Actualmente, el Steampunk está tomando nuevos destinos y está descubriendo nuevas realidades. Como estudioso de la mitología comparada, ¿en qué medida parecen estos rasgos en tus obras?
       A. V. Ya desde un primer momento, cuando conceptualicé el mundo de Gaia (la Tierra ucrónica en la que baso todas mis historias) tuve claro que, ante la oportunidad de abordar el desarrollo de un planeta entero, iba a dejar de lado todos los clichés y estereotipos sobre cómo narrar retrofuturismo. Amén, claro está, de que soy un enemigo acérrimo de lo preestablecido, lo políticamente correcto y los tópicos. Es decir, iba a huir del escenario clásico de un Londres victoriano + chisteras por todos lados + Jack el Destripador + engranajes hasta en la sopa. Se usa y abusa de estos términos para justificar una estética por encima de cualquier otro contenido. La estética nunca puede condicionar una historia y banalizar un género narrativo (ojo, esto mismo pasa en las tribus urbanas, en la gótica mucho, por desgracia). Un ejemplo personal: la primera historia puramente steampunk que publiqué estaba ambientada en Libia y protagonizada por legionarios franceses (galos en mi mundo). En mis historias retrofuturistas del Renacimiento, los escenarios más comunes son Centroeuropa, Italia o España. 
La estética nunca puede condicionar una historia y banalizar un género narrativo
     P. ¿Opinas que la mitología tiene cabida en un género que parte de la ciencia ficción?
    A. V. Con respecto a la mitología (al igual que el sexo o la guerra), va escrito en nuestro ADN el deseo y la necesidad de fabular; por lo que es perfectamente asumible tener un trasfondo mitológico (el que sea, según cada uno y cada historia) en entornos que no sean de índole fantástico (y aun así, el retrofuturismo induce a considerársele fantástico aunque no tenga criaturas mágicas, pero esto es reflexión mía). 
Con este tema también se me planteaba otro reto: ver cómo podía derivar y desarrollarse la religión en una Tierra alternativa. Y cómo plasmarlo cuando se es un nihilista convencido. En este caso, lo que hice fue aprovechar los resortes históricos que estaba tocando para desarrollar estos países diversos y; concretamente, ver cómo se iban relacionando esas sociedades ucrónicas con los credos. Para las deidades y demás seres así, tiré por la tangente e hice una composición basada en los complejos inconscientes de Jung, el mundo de las Ideas de Platón y los estudios de mitología comparada de Patrick Harpur (otro jungiano de pura cepa). Básicamente, la idea que planteo es que mitología y religión solo tienen validez si se usan como métodos iniciáticos de mejora personal en nuestras vidas; como un culto mistérico personalizable al extremo.
Fuera de todo eso, no les doy más pábulo o validez que la que le daría a cualquier otra arma de opresión y miedo. El libre albedrío es el único y verdadero dios único para mí.

Es uno de los autores más prolíficos en este género; desde relatos como "Misión cumplida", "El acorazado Potemkin" o "La herencia de Dahut" a novelas como Mascarada. Tomó la decisión de seguir una deriva “en la que pudiera mostrar diferentes momentos, personajes y eventos de este mundo en concreto”. Optó por este camino por puro amor a la Historia. Y la mejor forma de rendir homenaje a esta rama del saber fue explorar las inmensas posibilidades que ofrece el retrofuturismo en nuestro universo. “Las opciones a la hora de personalizar tramas y personajes, debido a su concepción y poder estético son innumerables”, sostiene. 

P. Algunas de tus obras identifican como clock punk, otras Steam Goth, etcétera. ¿Qué opinas de estas etiquetas? ¿Crees que son necesarias? 
A. V. Las etiquetas son como los seguros, un mal necesario al que poco a poco vas cogiéndole asco. Pueden ayudar (y a mí me ayudan) a la hora de ordenar el tipo de historia que estoy haciendo. Sobretodo son útiles para poder ver a qué sector del público le puede interesar cada cosa. No es lo mismo una historia retrofuturista de capa y espada que un thriller tecnológico. Al principio solía desvivirme por marcar a fuego estas etiquetas, luego te das cuenta de que es tiempo perdido y en vez de clockpunk decir renacimiento retrofuturista es más digerible, por ejemplo.
       P. Eres un poco difícil de encontrar en redes oficiales, ya que no tienes ni blog ni página como autor. ¿Se debe a algo en concreto?
        A. V. Las redes sociales y yo tenemos una relación difícil, la verdad. Son otro mal necesario para la escritura en estos tiempos en la Aldea Global. Página de autor tengo en Facebook, Instagram y Twitter y hay un germen de blog fermentando en la trastienda de mi ordenador. La verdad es que me lo paso mejor ideando y creando historias que haciendo trabajo de campo por las RRSS, aunque son mundos que tengo que aprender a congeniar sí o sí. ¡Mira, ya tengo propósito de Año Nuevo!
        P. En tu ucronía española, Mascarada, el protagonista es el arlequín. ¿Por qué el diablo que ríe?
      A. V. El Arlequín es un personaje que empezó en Mascarada (2018) siendo un espadachín muy peculiar y acabé queriéndolo como parte de mí. Lo mismo me ha pasado con Ernesto Parca de Sin Banderas y otros relatos extraños (2017), ambas de Ediciones Camelot. 

El Arlequín es el ejemplo de libre albedrío usado como arma, como elemento desestabilizador
 La peculiaridad que tiene su apodo, el Diablo que Ríe, alude a tres cosas: primero, es un homenaje a V de Vendetta (Alan Moore, 1982-1988); segundo, por la sonrisa tan bizarra de su máscara (un elemento ritual además de estético) y por el hecho de que es un agente del caos, del desorden más puro (y por favor, no se entienda el caos como entropía, si no como libertad incapaz de verse constreñida). El Arlequín es el ejemplo de libre albedrío usado como arma, como elemento desestabilizador en un mundo cuyo equilibrio es un orden autocrático muy bien cimentado (y ese mundo no es más que el nuestro, aunque sea una versión alternativa). Como decía el Joker en Batman (Tim Burton, 1989), "a mí estas cosas me matan de risa". A mí, y por lo tanto al Arlequín, también.



P. Desde tu punto de vista, ¿por qué el concepto de “máscara” es tan relevante?
A. V. Toda la creación lleva máscaras. Las deidades llevan máscaras (el dios del rayo es Thor aquí y Zeus allí); los animales llevan máscaras (¿has visto que un gato o un águila siempre están sonriendo y no implica que estén contentos?
Las máscaras no representan falsedad. Al menos en mi concepción. Una máscara esconde el yo, la versión de nosotros mismos que usamos el en día. Es parte del uniforme socialmente aceptado. En cambio, la máscara expone el ello, nuestro ser interno, ajeno al mundo y libre de ataduras. Con tiempo y aprendizaje, esa máscara, esa representación concreta, se revela como la imagen verdadera de nuestro yo más elevado, nuestro súperyo. La máscara de látex blanco y negro de Rorschach en Watchmen (Alan Moore, 1986 - 1987) es un ejemplo grandioso de todo esto. En esa novela gráfica, ese personaje lo expresa con mucha claridad cuando se ve sin su máscara y grita "¡Devolvedme mi cara!". Es bastante normal que muchos de mis personajes -sobre todo lo que representan el caos- lleven algún método de enmascaramiento. Incluso un seudónimo o un nombre de guerra valen para sintonizar con los aspectos más arcanos del inconsciente, de ese dios personal e intransferible que todos tenemos. 

P. ¿Crees que la sociedad actual ha pervertido lo sublime? (Según la definición de Burke y Longino, como lo contrario la belleza.)
A. V. Lo sublime es un concepto indestructible. Es como la vida, la muerte, el tiempo, el orden o el caos. Puede ignorarse, esconderse tras capas de banalidad; pero algo sublime -o hecho sublime- refuerza y reinicia el concepto. En nuestros tiempos creo que no se ha pervertido, se ha escondido como a la oveja negra de la familia en favor de una estética mercantilizada. Para mí, el mejor ejemplo de este concepto es el cuadro Caminante ante un mar de niebla (Caspar Friedrich, 1818) Cualquier creación o ejemplo moderno que espolee esa nostalgia y esa belleza tan privada y cautivadora, es sublime. De eso puede dar fe la subcultura gótica o la nueva ola retrowave y su revival de los años 80.

Lo sublime es un concepto indestructible
P. ¿Qué nuevos proyectos literarios nos traerá el gran Valdemar?
A. V. Muchas gracias por lo de "el gran Valdemar". Tengo entre manos una antología retrofuturista con relatos relacionados con desmanes científicos, una novela corta gótica con un Bécquer muy poco habitual de protagonista y otra, más larga y mucho más oscura, ambientada en mi renacimiento retrofuturista. La trama de esta última gira entorno a una ciudad condenada del sureste de Alemania, y está inspirada en el cuadro El triunfo de la muerte  (Brueghel el Viejo, 1562). El año que viene, seguro que me meteré en más tinglados literarios, eso no lo dudes, pero por ahora, en esto me ando.

Siempre me gusta terminar las entrevistas con un apartado de recomendaciones. ¿Podrías compartir…?
a.       Un libro (con el que adentrarnos en el mundo gótico)
Mago: La Ascensión. Libro de tradición: Huecos (Angel Leigh McCoy y Tadd McDivitt. La Factoría de Ideas, 2002), un libro de rol que explica de manera soberbia los entresijos de esta subcultura. Por otro lado, Cultura Gótica (Gavin Baddeley. Editorial Ma Non Tropo, 2007) y Mundo Gótico (Cesar Fuentes Rodríguez. Quarentena Ediciones, 2007), dos estudios históricos efectuados por periodistas musicales muy reputados. 
b.      Una película (que nos haga viajar a otros tiempos)
Te voy a sugerir otras tres obras de géneros muy diferentes: Alien, el octavo pasajero (1979), Legend (1985), ambas de Ridley Scott, y Drive (Nicolas Winding Refn,  2011).
c.       Una canción (que forme parte de ti)
Como canción, y para seguir con los tríos, This corrosion (Sisters of Mercy ,1987),  un verdadero himno de rock and roll gótico con lo sublime rezumando por las esquinas; Pacific Coast Highway (Kavinsky, 2010), un tema sobresaliente de synthpop retrowave que pide a gritos conducir sin parar. Para terminar, You belong to the city (Glenn Frey, 1985), de la mítica serie Miami Vice (Michael Mann, 1984 – 1990), todo un retrato de aquellos que amamos la noche en la ciudad.

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