miércoles, 31 de agosto de 2016

Investigaciones inconclusas - Primera parte "Teorías descartadas"

Perseus se removió dentro del grueso abrigo, intentando acomodarse otra vez para notar lo menos posible el frío de aquella mañana invernal. Los terrenos interiores del Instituto estaban blancos, árboles, tejados y estanques, pero bajo los caminos empedrados y la pista de aterrizaje las resistencias ambáricas habían cumplido su función, derritiendo la nieve. De esa forma caminar entre los edificios del enorme complejo ubicado en un promontorio a orillas del Elba, al este de la ciudad, era sencillo. Aunque tratándose del segundo día de enero, no había aún apenas docentes ni investigadores, por no decir ya estudiantes, y menos a una hora tan temprana. Pero ellos tenían que estar allí, Nevrakis y él, para recibir a su visitante. Bueno, realmente sólo él, como cabeza del Consejo Rector, pero el griego había insistido, y como no quería que le diera mucho la tabarra al respecto, él había accedido de mala gana, esperando que supiera comportarse adecuadamente ante alguien del nivel de Klaus Knudsen.

El empresario danés, dedicado al transporte aéreo y por vía férrea, era una persona muy influyente en los círculos de toda Europa, y su contribución económica al Instituto, en absoluto desdeñable. Estaban allí para acompañarle, puesto que los detalles sobre la muerte de su nieto, los pocos que tenían, ya se los habían proporcionado en su día. Perseus aún se debatía internamente entre darle el pésame al viejo mecenas o no, puesto que la verdad era que nunca habían encontrado el cuerpo del joven Jorgen, compañero de Nevrakis y de él en el Consejo. Técnicamente era una desaparición pero tras casi mes y medio desde el suceso, a finales de noviembre, no habían conseguido la más mínima pista del paradero del investigador. Tenían que afrontar la seria posibilidad de que algo grave le podía haber ocurrido. Se sentía como si tuviera que dar explicaciones, como si fuera culpa suya, y temía la reacción de Knudsen y las consecuencias que pudiera acarrear todo aquel asunto.

                -Veo que tiene buen gusto además de mucho dinero. - A su lado, Eleutherios Nevrakis parecía ajeno al frío, y sonreía no sin cierta amargura mientras señalaba hacia un punto en el cielo donde él aún no veía nada. Debía estar perdiendo visión, lo cual para un astrónomo no dejaba de resultar inquietante. - ¿Ves? El dirigible en el que viene es un diseño de los míos.

Perseus Dutschenfeld puso los ojos en blanco y se dijo que a pesar de todo, su acompañante se mostraba demasiado jovial para la situación en la que estaban. Sabía que lamentaba la pérdida de Knudsen y que había querido estar allí para decírselo al abuelo de éste en persona. Después de todo, había tenido más cercanía con el físico que prácticamente cualquier otro allí. Posiblemente porque ambos eran igualmente excéntricos, cada uno a su manera. Pero aunque su forma de comportarse habitual fuera ésa, había momentos y momentos…

Esperaron pacientes los pocos minutos restantes hasta que la aeronave privada, de barquilla plateada y bolsa decorada con filigranas doradas y rojas, se acercó a la posición de atraque. Los anclajes magnéticos bajaron y se ajustaron por sí mismos, de tal forma que ya sólo tenían que recoger los cables para terminar de bajar hasta el suelo con exactitud y suavidad. Ambos marcharon a paso ligero al tiempo que un autómata descendía por la escalerilla desplegable, seguido por otro idéntico que ayudaba a bajar a un anciano de cabellos blancos y ralos, anteojos pequeños, barba poblada pero cuidada que ocultaba un mentón fuerte, bien abrigado, y que sin duda era su ilustre huésped. Además, el parecido familiar era innegable, especialmente en los ojos claros. Como representante del Instituto, Perseus se adelantó levantando una mano e inclinando ligeramente la cabeza.

                -Bienvenido a Dresde, Herr Knudsen. - Algo encorvado, el otro devolvió el gesto, flanqueado por sus mayordomos metálicos. Uno de ellos le sostenía del brazo izquierdo. - Lamentamos enormemente que su visita sea motivada por este desafortunado acontecimiento. - Pensó que había sonado correcto, aunque no hubiera especificado demasiado.

                -Gracias, Presidente Dutschenfeld, Sternfänger. - Al oír que usaba su título honorífico no pudo evitar hincharse. - Me alegra verle a usted también, profesor Nevrakis. - Su voz sonaba serena, ajena a lo sucedido. - Mi nieto me habla de usted en sus cartas con admiración y mucho aprecio. - El presidente escuchó aquello y sintió un pinchazo por dentro. Aquel hombre se refería al joven en presente y eso no era un buen síntoma.

                -Es triste conocerle en estas circunstancias, señor. - El griego se acercó y le estrechó la mano con efusividad. - Permítame decirle que hemos buscado a su nieto, removiendo cielo y tierra, sin dar con él.

Era la primera vez que el danés pisaba el Instituto en treinta años, por lo que sabía Dutschenfeld. Hasta entonces sólo habían tratado con sus representantes. Aún recordaba el día en que, siendo él miembro novel del Consejo, éstos habían llegado, diciendo que el empresario quería contribuir al bien de la ciudad en la que había hecho su primera fortuna.

                -Les agradezco su esfuerzo. A ambos. - Tomó aire y se estiró un poco, ganando unos centímetros. - Pero creo que no merece la pena que continúen la búsqueda. ¿Podemos ir al alojamiento de Jorgen, caballeros? No tengo mucho tiempo para esto, me esperan en Praga para almorzar. - No esperó a que le respondieran y empezó a andar junto a sus asistentes autómatas, dejando al comité de bienvenida atrás. Perseus y Eleutherios se miraron, y los dos compartieron una mirada un tanto incómoda por la forma en que Knudsen había dicho aquello. Especialmente el griego, que parecía profundamente turbado, pero no dijo nada. Siguieron al industrial del transporte, limitándose a señalarle brevemente a él y a sus ayudantes el edificio donde los profesores regulares y algunos eventuales tenían sus apartamentos. Muchos evitaban así tener que desplazarse desde la ciudad cada día.

No tardaron en llegar a un pasillo del ala derecha del primer piso, donde se encontraba la residencia del investigador desde que había obtenido su doctorado en física teórica. Lo había logrado con una investigación sobre partículas que había impresionado al tribunal, suponiendo que hubieran entendido lo que el joven había bautizado como Efecto Knudsen. Perseus se sabía ignorante en muchos campos, pero por lo que el danés les había intentado explicar al entrar a formar parte del Consejo, era algo relacionado con la coexistencia de estados y posiciones de los componentes últimos de la materia bajo ciertas circunstancias hipotéticas. O algo así.

El alojamiento tenía su dormitorio, su baño privado, un salón destinado a las visitas y que estaba forrado de estanterías, muchas de ellas vacías, así como un estudio privado el cual estaba abarrotado de diarios de investigación y libros de notas. Las paredes de éste tenían varios tablones cubiertos de papeles pinchados, todos ellos llenos de fórmulas, diagramas y una escritura limpia pero muy pequeña, como si su autor quisiera usar el mínimo espacio posible. La doble mesa junto al ventanal que daba al tranquilo patio interior del edificio tenía encima un grueso libro y dos calculadoras de entrada microperforada, conectadas en paralelo, que Perseus supuso debían haberle servido a su dueño para efectuar simulaciones para sus experimentos. El viejo se detuvo frente a todo ello y se inclinó para mirar por la ventana a los árboles nevados que crecían dentro del espacioso claustro acristalado de la planta baja.

                -Jorgen encontró aquí la paz que necesitaba para hacer sus investigaciones, y por eso les he de estar agradecidos. - Hizo una pausa en la que ambos académicos se quedaron en silencio, no queriendo interrumpir los pensamientos del visitante. - Mi nieto quería entender por qué el mundo se comporta de la manera en que lo hace y no de otra. De niño siempre preguntaba por todo, y por eso cuando tuvo edad suficiente solicité su ingreso aquí. - Dutschenfeld recordaba que la petición para que el nieto de catorce años de su principal patrón fuera admitido había encontrado escollos, pero afortunadamente el chico había demostrado que pese a su edad, tenía nivel más que suficiente. Nevrakis asintió, como si él también lo supiera, pero lo hizo algo inquieto, muy alejado de su habitual despreocupación. El viejo seguía sin demostrar el más mínimo pesar, sólo una leve melancolía. A Perseus también le resultaba fuera de lugar esa falta de apego, pero no iba a pretender que la desaparición del joven le había afectado tanto como al griego. Knudsen se volvió hacia uno de sus sirvientes y empezó a dar órdenes con voz de mando, dejando atrás el tema. - Kiel, haz un inventario de todo lo que haya que enviar a casa y lo dejas en la conserjería de la entrada. - Recogió el libro del escritorio y se lo pasó al otro autómata. - Helm, por lo que veo éste no es de Jorgen, sino de la biblioteca del Instituto. Asegúrate de que vuelva a su lugar.

                -Yo me haré cargo de eso, señor. - La mano de Nevrakis saltó rauda y capturó el volumen antes que el mayordomo, el cual no dijo nada. - Si me disculpa, tengo obligaciones que me requieren en otro lugar, así que debo ausentarme. - Perseus conocía bien el carácter del afable diseñador de aeronaves y notaba perfectamente que estaba deseando irse de allí, arrepentido de haber conocido al mecenas. Sintió pena por su decepción. No obstante, el griego no perdió la cortesía, y se despidió con una breve inclinación. - Ha sido un placer, Herr Knudsen.

                -Gracias, profesor. No le retendré más. Aprecio que haya venido.

-Nuevamente, siento mucho su pérdida. - Y sin añadir más, con el libro bajo el brazo, salió del estudio y del apartamento.

El viejo danés encaró a Perseus de nuevo, y su mirada triste le sorprendió. Ya no sabía qué deducir de su indiferencia intermitente, ¿estaba afectado o no por lo que sea que hubiera pasado con su nieto?

                -Desearía ver el laboratorio de Jorgen, si es posible.

Dutschenfeld ya esperaba eso, así que recuperando la compostura le pidió que le acompañara. El autómata que había quedado ocioso volvió a ayudarle a moverse hasta los ascensores, y pronto estaban camino del otro extremo del complejo. Pasaron cerca del edificio de la biblioteca mecanizada que, dado que había sido financiada por él, tenía el nombre de Klaus Knudsen grabado en la puerta principal, por la que se accedía a su única planta sobre el nivel del suelo. Bordeando las construcciones de distintos estilos y tamaños, siguiendo los caminos sin nieve, finalmente llegaron al taller asignado al joven físico. Estaba aislado, ubicado a petición suya lejos de otras estructuras para tener las mínimas interferencias posibles. El comité de espacios no había visto problema en adaptar las viejas caballerizas del castillo medieval donde se había asentado el Instituto en su origen. Perseus abrió la puerta del laboratorio, preparado para mostrar aquel desalentador panorama al anciano.

                -Interesante. - Fue lo único que dijo éste al entrar, y nuevamente, el tono en que lo dijo le inquietó.

El suelo estaba cubierto de cristales que provenían de las ventanas rotas. Varios de los muebles que habían estado cubriendo las paredes yacían tumbados, como si alguien los hubiera tirado en un arrebato de furia. En el centro vacío de la estancia, del techo colgaban docenas de cables por todas partes, algunos del tendido para la iluminación, y otros que acababan en varias consolas con diales, palancas y accionadores. Todos estos aparatos estaban ennegrecidos, saboteados por quien quiera que había causado toda aquella conmoción al secuestrar a Knudsen y robar sus experimentos, o eso había deducido Perseus nada más entrar allí en noviembre.

                -No sabemos quién hizo todo esto, pero suponemos que fueron los que se llevaron a su nieto.

Knudsen le miró perplejo, soltó una breve carcajada mal contenida y se volvió hacia su acompañante metálico, mientras Dutschenfeld enrojecía de vergüenza por la reacción del viejo.

                -Helm, recoge los libros y notas que localices y llévalos al dirigible. - Luego le devolvió su atención, sin rastro de aquello que le había hecho tanta gracia instantes atrás. - Señor Presidente, Jorgen ya sabía cuidarse perfectamente cuando le recogí con siete años de las calles de Copenhague. - Sonrió brevemente otra vez. - No tema por él, de verdad, es un chico preparado y con recursos.

Perseus seguía mirando asombrado al anciano, que ahora le dio la espalda mientras contemplaba distraído el desastre que era el laboratorio de su nieto. El autómata terminó de examinar los muebles en busca de libros, pero apenas encontró nada. Cargando todo bajo un brazo y ayudando a su dueño con el otro, ambos pasaron al lado del astrónomo, que se quedó allí unos instantes más, a solas.

Estaba recordando que efectivamente sabía que Knudsen era adoptado, él mismo se lo había dicho en alguna ocasión. No sabía que había vivido en la calle, eso sí, pero lo mismo daba. Había quedado tan convencido del parentesco al ver al viejo por primera vez, que lo había olvidado.

Contemplando ahora cómo éste se alejaba del taller camino de su aeronave, Perseus Dutschenfeld frunció el ceño, planteándose todo tipo de absurdas hipótesis y tratando de encajar la actitud del empresario, absolutamente despreocupada, con la desaparición posiblemente violenta de su nieto. Como si supiera algo que ellos desconocían. Su risa de antes había parecido una broma privada.

Lentamente fue dando forma a una teoría de lo que podía haber pasado allí realmente, por muy rebuscada que le pareciera. Pero finalmente, después de darle vueltas, el viejo y respetado científico dijo para sí mismo, al tiempo que salía en pos del danés:


                -Imposible.

Continuará

Eric Rohnen

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