jueves, 16 de junio de 2016

El valedor de acero - Tercera parte "Audiencia y veredicto"


La espera se le estaba haciendo eterna, aunque no podían haber pasado más de diez minutos aún. Desde la primera fila de asientos, siendo la única persona presente en la sala del Consejo, Kassius seguía intentando calmarse, pero con la puerta de la antesala cerrada, no oía absolutamente nada de lo que sucedía más allá, así que no estaba teniendo mucho éxito. Los seis miembros actuales del tribunal habían accedido a verse con Serena de uno en uno, lo cual era el mejor resultado posible de la defensa planteada. Bueno, todos menos el presidente. Dutschenfeld iba a ser el más difícil de convencer, lo cual no era ninguna sorpresa, pero el auténtico problema era la ausencia de un séptimo integrante en aquellos momentos. Levantó la mirada y la fijó en la silla vacía, la de más a la derecha. Si Knudsen aún estuviera allí podrían haber tratado de obtener su apoyo, pero el físico experimental había desaparecido seis meses atrás sin dejar rastro. Eso significaba que mientras se encontraba un sustituto, el cabeza de la mesa podía ejercer el voto en nombre propio y del ausente, y por supuesto, conociendo a éste, lo haría. Declaraciones como la que se solicitaba sobre Serena no requerían unanimidad, pero sí conformidad de todos menos uno. Habían elegido un mal momento para plantear su petición, pero nada parecía indicar que el Consejo estuviera buscando un nuevo académico así que poco ganaban esperando.

La última vez que había estado en la sala, años antes, también había una vacante, la dejada por el profesor Linge. Kassius se había visto sometido a una situación cruel y absurda a partes iguales: dado que por lo visto había constancia en un acta privada de que su mentor deseaba que él le sucediera en el puesto cuando se jubilara, cosa que planeaba hacer más pronto que tarde, el Consejo se veía obligado a considerar la opción al menos formalmente, aunque ya le habían avisado nada más entrar, sin demasiada ceremonia además, que sus posibilidades eran nulas. Había sido totalmente sincero con el tribunal a ese respecto en su primera intervención, una vez pasado el choque inicial de enterarse del motivo de la vista. Él no deseaba el puesto. Lo que no podía contar sobre sus motivos para rechazarlo era que el profesor había muerto… por su culpa, lo cual naturalmente le había afectado mucho. Eso sólo lo sabían dos personas más, una de las cuales, Helga, nieta del historiador, le acompañaba en ese momento. Ya entonces cuando se enfrentó al tribunal, aún a pesar de su renuencia manifiesta, Dutschenfeld se mostró innecesariamente arisco y despectivo, intentando humillarle con sus palabras, como si no tuviera ya bastante con su propia culpa…

La puerta se abrió sacando en gran medida a Kassius de estos pensamientos y devolviéndole al presente. Serena cerró tras de sí con delicadeza y fue en silencio, sonriente, a sentarse a su lado mientras él la miraba fijamente, expectante.

-¿Que ha pasado con el viejo Perseus? - La imagen del presidente del tribunal votando vehemente en su contra le hacía temer lo peor ahora. - ¿Cómo ha sido?

-Bueno, creo que en general ha ido bien. - La chica asintió con calma, sin perder el buen gesto. - Mademoiselle Santeil me ha dicho que quiere que la acompañe cuando vuele a Viena de nuevo. - Kassius la apremió con la mirada. - El encuentro con el señor Nevrakis ha sido cordial. Como ya dijo antes me ha dado el pésame por mi madre y me ha hablado de las veces que coincidió con ella. Un hombre encantador, la verdad, muy cortés. - Viendo que se desesperaba por momentos, continuó. - La profesora Arrieta primero me ha mirado como quien examina un espécimen raro, y la verdad es que por un momento me ha hecho sentir bastante incómoda. Luego me ha estado preguntado sobre mis recuerdos, si soy capaz de diferenciar claramente los que me pertenecían originalmente y los que son en realidad de mi madre. - Se encogió de hombros algo, aunque su cuerpo no estaba pensado para efectuar un movimiento tan humano e innecesario. - Le he dicho que es confuso y que tengo que pararme a pensarlo detenidamente porque para mí no son memorias adquiridas, sino parte de mí. Parece que ha quedado conforme, pienso que votará a favor.

-Dutschenfeld, Serena. - Abrió mucho los ojos e hizo un gesto de impaciencia con ambas manos antes de repetir. - Dutschenfeld.

Ella se hizo la despistada o la sorda y siguió adelante. Estaba disfrutando de aquello y se le notaba.

-Luego ha venido la doctora Alsmun. Se ha sentado frente a mí y me ha estado mirando en silencio durante los dos primeros minutos al menos. Ya pensaba que no iba a decir nada en todo el rato cuando me ha preguntado frontalmente qué pensaba mi madre de ella. - Se giró en el sitio y siguió hablando sin apartar la vista de la puerta por la que había venido, dando un aire ausente a sus palabras. - Me ha pillado por sorpresa, te lo tengo que reconocer.

-¿Y qué le has dicho?

-Tenía pensado contarle en primera persona lo que han supuesto estas últimas semanas para mí, pero cuando me he dado cuenta le estaba diciendo que mi madre la recordaba como la mejor profesora que tuvo nunca, y que lamentaba no haber mantenido una mejor relación con ella todos estos años. Creo que todo lo que le he dicho es verdad, pero ni yo misma era consciente hasta ese momento. - Por fin le devolvió la mirada. - Quiero volver a hablar con ella. Necesito arreglar lo que ellas no pudieron.

Kassius inspiró hondo, intentando entender cómo la chica trataba de cuadrar su pasado y el de su creadora con quien era ahora. Le dio algo de margen para que continuara, pero ella seguía callada, pensativa, y él no podía esperar más.

-Serena, de verdad. Necesito saber qué te ha dicho él. Por favor.

La joven recuperó al instante su gesto despreocupado, y añadió con cara de sorpresa.

-Soroush me ha invitado a acompañarle a la ópera. Sólo eso. Ha sido un encuentro muy raro, porque no lo esperaba para nada, siendo él mecánico y todo. Por supuesto, he aceptado, y ha vuelto al salón reservado sin decir nada más. ¡Creo que no ha durado ni veinte segundos! - Kassius fue a decir algo que probablemente hubiera sido impropio de él, pero su amiga le detuvo con un ademán de paz. - Y finalmente, ha venido Dutschenfeld…

La puerta se abrió otra vez y empezaron a salir los miembros del Consejo Rector. El presidente iba especialmente serio, lo cual le hizo temer lo peor, pero igualmente ambos se levantaron por respeto a ellos y se mantuvieron así hasta que todos tomaron asiento menos Ireen Alsmun, que era la secretaria y empezó a hablar sin esperar más. Su voz llenó la sala, acostumbrada a impartir clase en aulas mucho mayores y más llenas de gente que aquel lugar.

-Serena Marie Basel, por favor ocupe el estrado. - La chica no se hizo de rogar y avanzó diligente como le indicaba la experta en autómatas, que retomó la palabra con tono solemne. - Tras deliberar, el Consejo Rector de este noble Instituto ha decidido, por unanimidad, emitir una declaración al Tribunal Superior de Justicia de la República de Sajonia respaldando su condición de persona a todos los efectos. - Sólo Kassius reaccionó de manera visible al veredicto, con una exclamación silenciosa de victoria, para caer sólo entonces, extrañado, en que si todos habían votado a favor, eso significaba que incluso… - Esta consideración tiene vigor desde este mismo momento. - Y con una sonrisa que parecía sincera, añadió. - Enhorabuena, señorita Basel.

-Muchas gracias, señora secretaria, señor presidente, y demás miembros del Consejo. - Realizó una educada reverencia. - Para mí es una gran alegría y un gran honor, así como para el señor Folkvanger. - Eso no tenía que jurarlo, pero Kassius seguía preguntándose qué había pasado con el viejo astrónomo ahí dentro para que en sólo tres minutos diera su brazo a torcer.

-Puede usted retirarse, señorita Basel. - Serena se inclinó un poco hacia la mesa y luego volvió junto a él. La doctora Alsmun esperó pacientemente a que terminaran de abrazarse para continuar. - Ahora si es tan amable, señor Folkvanger, regrese usted al estrado una vez más.

-¿Yo? - Miró al Consejo y luego a Serena, que se limitó a darle un empujoncito.

Caminó lentamente al principio, subió el escalón hasta la tarima rodeada por un semicírculo de caoba acolchada en rojo y aguardó, inquieto.

-Este tribunal le comunica que a propuesta del presidente, Perseus Konrad Dutschenfeld, con el título de Sternfänger, se ha realizado una votación para ocupar la vacante dejada recientemente en el Consejo Rector por el doctor Jorgen Knudsen, con el título de Geheimerkenner. - Kassius apretó la barandilla hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Al darse cuenta de que con la mano derecha iba a dejar marca en la madera aflojó ambas. La izquierda le temblaba y su mirada se encontraba perdida en la lejanía. - Por unanimidad se ha admitido la propuesta de que sea usted el nuevo integrante de este Consejo. Dispone de las próximas veinticuatro horas para expresar su consentimiento o renunciar a la plaza.

-Acepto. - Quizá había hablado muy rápido y más adelante se arrepentiría, pero una parte de él empezaba ya a acariciar esa nueva realidad y el tacto resultaba, a pesar de lo inesperado, sumamente agradable. Recordó entonces que sería conveniente respirar de nuevo si no quería desmayarse.

-Queda constancia de la respuesta afirmativa. - Miró a ambos lados, deteniéndose un instante en cada uno de sus compañeros y un poco más en el presidente, que asintió. - Kassius Folkvanger, por sus propios méritos técnicos además de por haber demostrado ante este tribunal su comprensión en profundidad de los diseños de alguien del innegable nivel de Fräulein Serena Basel, que en paz descanse, se le nombra a usted miembro de este Consejo Rector asignándosele el título de Stahlanwalt, con efecto desde las doce de la noche como es costumbre en este órgano. - Tras una pausa en la que nuevamente miró al astrónomo, añadió. - Puede usted retirarse, queda finalizada la sesión.

Los miembros de la mesa ya habían abandonado la sala, algunos por la salida y otros camino del salón reservado probablemente para la cena, cuando Kassius regresó a su sitio y se sentó sin articular palabra. Encaró a su amiga y consiguió preguntarle, en un siseo nervioso:

-¿Pero qué le has dicho a Dutschenfeld?

Serena se rió en voz no muy alta y le miró con compasión, entendiendo el estado en que se encontraba. Esta vez no le tuvo en ascuas, pero se aseguró de hablar en un susurro.

-Le dije que sería una pena que alguien revelara todas las cosas subidas de tono que un miembro tan respetable del Instituto le dijo a Serena Basel, no precisamente en su juventud por lo cual serían difícilmente excusables, y que apostaba a que no quería que los rumores de que ella le rechazó una y otra vez dejaran de ser eso, rumores, para convertirse en historias tan coloridas y embarazosas que jamás sería capaz de acallar. - La boca de Kassius no podía abrirse más, y no dejaba de parpadear como con un tic. La chica autómata no pudo evitar reír de nuevo. - Y de paso, le dije era el deseo de mi madre que tú ocuparas la plaza que le habían ofrecido a ella años atrás y que nunca había llegado a rechazar formalmente. Esto último sí que era mentira, pero Dutschenfeld por lo que veo ha decidido no arriesgarse. - Le puso una mano encima del hombro con suavidad y continuó, con aire casual. - Cuando estés con él, asegúrate de tratarle bien, ¿vale? Primero se ha puesto rojo, después blanco, y creo que su corazón ha quedado aún peor de lo que mi madre se lo dejó en su día.

Consiguió reaccionar, pero sólo para llevarse la mano a la frente y menear la cabeza. Cuando volvió a mirar a su amiga, sólo pudo comentar, en un hilo de voz:

-Digna hija de Serena Basel. - Kassius se dijo que lo que más debía haber afectado al viejo Perseus, no era tanto el chantaje, sino el hecho de que la científica volviera a ponerle en evidencia aún ahora, y el miedo a que no fuera la última vez. Se levantó y con un gesto de reverencia le tendió la mano, que ella tomó.

-De nada, amigo mío. - Y ambos marcharon cogidos del brazo.

Fin

Eric Rohnen


1 comentario:

  1. Un relato que trae muchos recuerdos académicos. Esperando decisiones de tribunales. Bravisimo, Eric. Y a ver donde va la historia ahora!

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