jueves, 2 de junio de 2016

El valedor de acero - Segunda parte "Alegato y jurado"

El Sol de la tarde entraba, difuso por las ramas de los robles, a través de la alta cristalera tras los siete asientos elevados, dando a las seis personas que los ocupaban el aspecto de dioses altivos que desde sus tronos decidían los destinos de los simples mortales. Era la tercera vez que Kassius se presentaba ante el Consejo Rector por un tema estrictamente privado, no académico, pero a pesar de todos los años transcurridos desde la última ocasión, seguía sin gustarle ocupar el foco de la curva sobre la que se ubicaban los puestos. Por suerte ahora sabía ocultar mejor su inquietud. Además, en esta ocasión no hablaba en su propia defensa, por lo que no podía permitirse vacilar. Reafirmó su pose tranquila con una inspiración comedida y esperó a que alguien del tribunal rompiera el silencio que había ocupado la sala de elevados techos y paredes forradas de maderas nobles. A su espalda, silenciosa en una silla de las existentes en segundo plano de las que se reservaban para el público sin derecho a intervenir, Serena Marie Basel esperaba inmóvil el resultado de la defensa planteada por él.



-No puedo creerle, señor Folkvanger. - Sternfänger fue el primero en hablar, por supuesto. No se había dignado a posar su vista sobre la chica en ningún momento, pero Kassius ya sabía que si alguien del Consejo era esperable que estuviera en contra de ella, ese era el viejo Perseus K. Dutschenfeld. - No me malinterprete, todos en este tribunal - dirigió un barrido a izquierda y derecha desde su asiento central - saben de la talla de Fräulein Basel, cuya pérdida lamentamos sin reservas. - Dados los rumores existentes, el joven tenía serias dudas de que en el caso de aquel hombre eso fuera cierto. - La doctora Alsmun aquí presente ha examinado los diseños del cerebro del autómata. - Mientras dirigía una sonrisa cortés a la mujer ubicada dos puestos a su derecha, Kassius no pudo evitar traicionar por un instante un mal gesto por la falta de cortesía deliberada hacia Serena. - Su juicio desde luego es que están a la altura de la fama de su creadora y considera que las afirmaciones de que ésta pudo haber copiado de alguna forma sus recuerdos en él son dignas de consideración. - El viejo astrónomo juntó las manos por las yemas de los dedos. - Pero de ahí a afirmar que se trata de una persona a todos los efectos humana, hay un gran salto, me atrevería a decir que de fe.

-¿Y ha dicho usted que sueña? - Los ojos del profesor Nevrakis, apodado con toda justicia Luftseefahrer, brillaban de excitación, contrastando marcadamente con los de Dutschenfeld. - Fascinante. - El diseñador de aeronaves tenía una personalidad que rápidamente le inclinaba al asombro con una intensidad que cualquiera tildaría de infantil si no fuera porque su pericia técnica era de tal calibre que había bautizado una clase entera de los dirigibles más maniobrables y veloces que ahora surcaban los océanos celestes, todos ellos con una silueta del dios Hermes en cada costado. A Kassius le caía bien aquel cincuentón excéntrico desde que le había dado clases al poco de llegar éste a Dresde, proveniente de la Universidad Técnica de Atenas. Había compartido con sinceridad su interés por algunos diseños peculiares que presentaba a cualquiera dispuesto a escucharle, y eso por lo visto bastaba para que Eleutherios Nevrakis le considerara a uno su amigo.

-No veo a qué viene tanto escepticismo, Perseus. - La dulce voz de la doctora Hélène Santeil, arqueóloga residente del Instituto, resonó en la sala. Era una de las tres personas capaces de traducir con soltura las tablillas de Lemuria en todo el mundo, además de hablar otras cinco lenguas muertas y ocho más vivas al margen de su francés natal, claro. - Yo tampoco soy ninguna especialista en la materia, pero si algo me ha enseñado la experiencia, es a estar abierta a aceptar lo inverosímil. - Sus cabellos eran blancos desde hacía tiempo, tras más de cincuenta años surcando el mundo, persiguiendo el rastro del pasado. - No me gustaría que se levantara la sesión sin poder hablar yo misma con la señorita Basel.

-Pero mi querida Weberinnerin, eso es imposible. - Dutschenfeld se giró en su silla para encarar a Mademoiselle Santeil, que estaba justo a su izquierda. - Hacerlo implicaría que el tribunal ya se ha posicionado a favor de la reclamación del señor Folkvanger porque estaríamos considerando a la autómata como humana al hacerla ocupar el estrado. - No elevó el tono, pero quedó bien claro que usaría su voto para oponerse si proponían eso.

-Ah, ¿pero quién dijo que tuviera que ocupar el puesto donde ahora está el joven? - Aquella era la única baza oculta que podía jugar Kassius, y no lo había dudado ni un momento. La arqueóloga había sido amiga del profesor Linge durante décadas, y aunque nunca se hubiera atrevido a preguntarle a ninguno de ambos, sospechaba que esa relación había sido muy estrecha. De manera coincidencial, el investigador había ocupado el puesto en el Consejo donde ahora estaba ella, con el título de Fremderzähler. En cualquier caso, como ayudante y en cierta forma sucesor de éste, contaba con la simpatía de la historiadora, y esa sugerencia inocente de una audiencia privada había surgido en un discreto encuentro previo, aunque lo negaría si le preguntaban. No le gustaba actuar de esa forma tan sibilina, sorteando las normas y pisando terreno que en el mejor de los casos era gris, pero no iba a dejar cartas sin jugar. Además, le preocupaba lo que tuviera en mente su protegida, que era quien había propuesto esa jugada, pero estaba allí para respaldar su independencia como persona, así que debía confiar en ella, se dijo.

El viejo astrónomo fue a replicar con el dedo alzado, pero la voz de la tercera mujer en la mesa, la profesora Verónica Arrieta, la más reciente incorporación al Consejo Rector, le interrumpió. La química era una incógnita para Kassius. No sabía si tenía lealtades ocultas hacia algún otro miembro del tribunal, o si era fiel a sus propias convicciones como su historial parecía indicar. Había llegado a Dresde el año anterior buscando asilo de la Corona Ibérica, que había pretendido monopolizar su fórmula de un catalizador fitoacelerante el cual podía restaurar un bosque arrasado en dos meses en lugar de una década.

-La vida tiene una persistencia que debemos reconocer, señor presidente. - La alta mujer aún en sus treinta, de rostro estrecho y cabellos rubios oscuros, conservaba un marcado acento, pero se desenvolvía tremendamente bien si se tenía en cuenta que al llegar a Sajonia no hablaba nada de alemán. - Si existe la posibilidad de que Fraülein Basel lograra transmitir su consciencia y crear en el proceso una nueva persona - señaló explícitamente a Serena, lo cual Kassius quiso identificar como algo favorable - yo tampoco quiero dejar pasar la oportunidad de refrendarlo.

Dutschenfeld esperó unos instantes para intervenir, como para asegurarse de que nadie le atropellaba de nuevo. En su juventud había sido alabado por su inventiva al crear el primer telescopio de espejo multifacetado ajustable mediante un complejo sistema hidráulico que dejó obsoletas las técnicas de fabricación de reflectores de una única pieza, superando las limitaciones físicas a las que éstos se enfrentaban. Pero eso había sido mucho tiempo atrás. Después de ganarse el título de Sternfänger, poco había hecho digno de mención, y ahora vivía a base de su reputación, que era todo lo que le quedaba. No podía permitir por tanto que ésta fuera puesta en duda. Kassius opinaba de hecho que su costumbre de usar los títulos del Consejo al hablar con sus pares era una forma de rogarles que reafirmaran su estatus al dirigirse a él de la misma forma. Pero que él supiera, ninguno de los demás caía en la trampa, quizá por ser demasiado evidente. El ingeniero sonrió con un poco de malicia por esto último.

-Lo que vengo a decir, estimada Waldbefreierin, es que debemos tratar este caso con suma precaución. No pretendo por supuesto imponer mi criterio a este noble tribunal - Kassius elevó imperceptiblemente una ceja al escuchar esto - pero no quisiera que nos precipitáramos. - Si Dutschenfeld quería alargar aquello, estaba en su mano levantar la sesión hasta nueva orden, pero hacerlo de manera muy apresurada le pondría en una situación incómoda. Él en cambio contaba con poder forzar la mano y obtener un veredicto favorable allí mismo, en la primera sesión. Miró fugazmente a Mademoiselle Santeil y ésta captó su intención.

-Lo entendemos, Perseus, descuida. - Plantó su mano derecha en el hombro de éste con suma delicadeza; el tono en cambio hizo que el gesto le sentara, muy visiblemente, como una elegante bofetada. - Por eso, para poder tener una opinión informada, propongo que cada uno mantenga una breve audiencia personal, no con este caballero, sino con su protegida. Podemos usar el vestíbulo del salón reservado, si a los demás les parece bien. - Señaló la historiada puerta cerrada en un lateral de la sala. Kassius nunca la había atravesado, pero sabía por el profesor que daba a una pequeña estancia, desde la que se accedía a una habitación con sillones en torno a una gran chimenea.

Dutschenfeld fue nuevamente a replicar, y otra vez le interrumpió una voz femenina, en este caso la de la doctora Ireen S. Alsmun, que se había mantenido en silencio hasta entonces.

-Me parece una propuesta excelente, Hélène. - Kassius contuvo la respiración. La experta en autómatas había mantenido una bien conocida rivalidad académica con Fräulein Basel durante años. Esta última, más joven, tenía merecida fama de prodigio. La señora Alsmun en cambio había llegado a su actual posición a base de puro esfuerzo, la única vía lícita que le queda a los que no han sido tocados por los dioses. Él se identificaba con ella en ese sentido, y podía incluso entender un cierto encono hacia Serena por rencor hacia la madre de ésta, a la que incluso le habían ofrecido un puesto en el Consejo antes que a ella, el cual por cierto había rechazado o más bien ignorado. - Quiero comprobar por mí misma en qué se traducen los diseños que he podido examinar. - Su mirada hacia la chica era tan intensa como la de Nevrakis, pero mucho más inquietante, pensó él.

-Vamos, Perseus. - Ahora fue el aeronauta quien se dirigió al presidente, con un ademán exagerado muy propio de él. - No vas a negarnos la oportunidad de conocer a la señorita Basel, ¿verdad? - Kassius sonrió con discreción. Definitivamente, podía contar con el voto a favor del griego. - Aunque sólo sea eso, no quiero dejar pasar la ocasión de expresarle mi admiración por su madre, y el dolor por su pérdida.

Dutschenfeld se encontraba rodeado, no sólo físicamente por las dos personas a cada lado, las cuales se habían expresado a favor de la propuesta de Mademoiselle Santeil, sino moralmente también. El puesto vacío no iba a sacarle del aprieto, desde luego, y si quería poder aplazar lo ahora inevitable, necesitaba que la única persona en la alargada mesa que no había abierto la boca aún le respaldara, así que miró desesperadamente a Ujarak Soroush, que estaba al otro lado de Nevrakis y Alsmun, en el extremo meridional de la sala.

El ingeniero persa conocía perfectamente el idioma de su país de adopción, pero resultaba difícil encontrar a alguien que lo pudiera corroborar dado que en muy raras ocasiones lo ponía en práctica. Era en todos los sentidos un misterio, salvo en el técnico, claro está. Nadie sabía qué le había hecho abandonar la corte del Jeque de Hierro de manera apresurada, pero debieron ser desavenencias sumamente graves ya que ni su fama le había salvado del exilio. Soroush era el responsable de hacer accesibles los desiertos de Arabia con su enormes ingenios mecánicos que utilizaban el agua calentada mediante colectores solares para avanzar sobre las dunas, dejando además en ridículo a los europeos que habían pretendido convencer al gobernante de que podían tender vías de tren que cruzaran todos sus dominios, sin caer en la cuenta de que tras la primera tormenta de arena éstas quedarían sepultadas.

-¿Y usted, Wüsteroberer, qué opina? - El presidente dirigió una mirada inquisitiva al hombre de tez morena y cabellos oscuros que con las manos entrelazadas y los pulgares bajo el mentón se limitó a asentir lentamente. En toda la sesión no había perdido aquella media sonrisa que hacía difícil saber qué pensaba realmente, pero Kassius quiso interpretar que al menos sentía curiosidad por Serena, lo cual era un comienzo.

-Sea pues. - Dutschenfeld apretó la boca durante un momento y se puso en pie sin quitar la vista de encima al ocupante del estrado ni un momento. - Se acepta la propuesta de audiencia privada con los miembros de este Consejo Rector. ¿Puede la interesada si es tan amable pasar a la antesala contigua? - Serena se levantó de inmediato como si estuviera obedeciendo una orden, pero él sabía que era puro teatro. - Sin que sirva de precedente, el tribunal le concederá tres minutos por cada asiento presente y se retirará después a deliberar al salón reservado. - El resto de académicos se incorporó también y siguieron al astrónomo a través de la puerta de madera pulida y metales brillantes.

La chica autómata llegó junto a su defensor y sostuvo sus manos por un instante cuando quedaron a solas. Kassius aún estaba nervioso, inseguro del desenlace de aquello, pero intentó que no se notara. Como no sabía qué decir, fue ella la única que habló. 

-Gracias. A partir de aquí me encargo yo. - Y como si le leyera el pensamiento, añadió con una sonrisa. - Confía en mí.

Continuará...

Eric Rohnen

1 comentario:

  1. Me han encantado el juego con los honoríficos de los miembros del consejo!

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