jueves, 19 de mayo de 2016

El valedor de acero - Primera parte "Caso y defensa"

Habían pasado dos semanas ya desde que la había conocido, y algo más de diez días desde que la madre de ésta, la experta en autómatas Serena Basel, había fallecido. Con su consciencia trasladada al cerebro mecánico de su hija, el cuerpo de la científica había decaído rápidamente, como ella misma había predicho, como una máquina que se queda sin corriente ambárica en sus baterías. En todo ese tiempo, Kassius no había llegado a estar ocioso ni un momento, ansioso por arreglar todo lo referente a la que había empezado a considerar su protegida. En parte lo hacía porque así cumplía la última voluntad de la científica, en parte porque había estado con ella en el crucial momento en que había comprendido quién era, y ahora se sentía responsable de acompañarla en su camino, pero también porque habían congeniado rápidamente. La chica, que originalmente era sólo un autómata sirvienta con un diseño innovador en su matriz de platino, había devenido en algo nuevo al recibir gran parte de los recuerdos y una porción de la personalidad de su madre. Al ingeniero le gustaba pensar que había pasado a ser una persona, independiente y viva en todos los sentidos salvo el biológico, y estaba dispuesto a defender esa postura desde su experiencia técnica y el conocimiento adquirido examinando los papeles y diarios de la afamada inventora.

Ahora regresaba de su nueva entrevista con Heinz Liedermann, el abogado de la familia, un hombrecillo calvo, de edad avanzada y con ambos ojos sustituidos por implantes ópticos al haber perdido la visión de manera paulatina pero inexorable. El experto en leyes de mirada inquietante venía a su vez de presentar el caso ante el Tribunal Superior de la República, al que habían escalado rápidamente al tratarse su reclamación de algo prácticamente inaudito: pretendían que Serena fuera reconocida como persona de pleno derecho, en parte porque si no nunca podría ser la heredera legal de su madre, pero también porque ambos sabían en su fuero interno que era lo correcto. Afortunadamente, los miembros de la corte se habían mostrado favorables y sólo habían puesto una condición, había dicho Liedermann. Sólo, pensó Kassius con sorna mientras el automotor conducido por su ayudante autómata Ruriek se detenía ante la casa de la Friedrichstrasse donde vivía la chica. El tribunal se sabía ignorante en materia científica, y había pedido un aval del máximo órgano técnico de la República, es decir, el Instituto de Investigación y Progreso de Dresde. Y más concretamente, de su Consejo Rector. Casi nada. Conseguir su atención sería fácil dada su posición dentro del Instituto, pero que dieran su brazo a torcer era otro tema...

Mientras Ruriek llevaba el vehículo a repostar a la estación de gas de roca junto a la orilla del Elba, Kassius entró a la mansión con la llave que ahora tenía. No esperó a encontrar a Serena para empezar a ponerle al día.


-Ya he hablado con el señor Heinz. Te manda recuerdos. - Dejó el abrigo largo en el brazo que el perchero le acercó. - ¿Serena? - Ante la falta de respuesta, se dirigió a la izquierda por el pasillo de la planta baja, más allá del suelo de mosaico del recibidor y el distribuidor al pie de la gran escalera. Seguro que estaba absorta leyendo en la salita, junto al fuego. Aquel comportamiento le fascinaba, ya que un cuerpo mecánico no necesitaba ni podía sentir el calor, pero ella aseguraba que le reconfortaba, y por supuesto, él no iba a contradecirla. Antes de llegar a la puerta vio el fulgor cambiante de la chimenea reflejado en la pared frente a la entrada y supo que estaba en lo cierto. - Bueno, ¿qué? - Se apoyó en el quicio. - ¿Demasiado ocupada para…? - No acabó la frase y saltó precipitadamente al interior de la estancia.


En su sillón de respaldo ancho, a un lado de la estantería que llegaba hasta el techo, la chica autómata se encontraba inerte, el brazo colgando muerto a un lado, la cabeza echada hacia delante y un libro caído a su lado, en el suelo.

-¡Serena! ¿Me escuchas? - Pasó la mano frente la delicada cara de su amiga, y alarmado ante la falta de respuesta siguió gritando. - ¿Qué te pasa? - Se arrodilló frente a ella para poder verle los ojos, apartando rápidamente los cabellos falsos de color cobrizo. Estaban cerrados, así que la incorporó contra el respaldo. Pensó en forzar la apertura del mecanismo de los párpados, decidiendo en un instante que si lo estropeaba ya lo repararía más adelante, pero para su sorpresa éstos se abrieron sin resistencia. El ojo tras de ellos tampoco daba señales de percatarse de nada, fijo en una postura neutra.

Dio un paso atrás mordiéndose el labio y luego restregándose la barbilla, sin saber qué hacer. No podía quitarle la vista de encima. ¿Había fallado algo en los relés de algún circuito principal? Después de tantos días estaba más que seguro que el proceso de carga de la consciencia de Serena Basel estaba más que asentado en su hija, que para diferenciar habían convenido en llamar Serena Marie al solicitar su registro formal en los archivos de la ciudad. Supo que tenía que ir rápidamente a por las notas de su madre, pero no quería dejarla allí sola. Se quedó bloqueado sólo unos segundos, pero volvió a salir a la carrera, pidiendo en silencio una y otra vez mientras subía la escalera de tres en tres a su amiga que aguantara. Cruzó el pasillo de la planta superior como una exhalación hasta el final, ignorando todos los dormitorios para entrar sin mayor ceremonia al laboratorio. A ciegas, sin encender la luz ya que ahora conocía bien el lugar, abrió el mueble de la derecha y cogió los dos volúmenes con los diseños de la científica a quien había pertenecido la casa. Antes de salir, se acordó en el último instante de coger el mando de diagnóstico y el cable de transmisión. A punto estuvo de tropezar al bajar los escalones de nuevo pero consiguió conservar el equilibrio de forma precaria, prácticamente volando hasta pisar la planta baja de nuevo y llegar a la salita de lectura.

Pero Serena no se había inmutado en lo más mínimo. Arrastró una mesita baja junto al sillón y descargó en ella su cargamento, abriendo un libro por el índice y el otro por el cuarto marcador que sobresalía en su parte superior, el cual él mismo había colocado para ubicar rápidamente el diagrama de los microtensores primarios. El diseño de la señorita Basel era original, intrincado, y endemoniadamente denso, hasta el punto de que había tenido que emplear proyecciones diédricas para reflejar todos los elementos. Le había costado una jornada completa aprender a navegar los planos con soltura, y eso que estaba acostumbrado a la terminología empleada, al menos. En un movimiento casi reflejo le pidió perdón en voz baja por descubrir el zócalo de conexión bajo la barbilla de la chica y conectar allí el cable hasta la consola que había traído del laboratorio. Se sentó en el suelo como pudo con el sillón a un lado y la mesa al otro. Su mirada iba de Serena al libro, y de éste a los accionadores. Empezó a probar las combinaciones básicas para provocar respuestas físicas, pero aunque recibía los códigos esperados, el cuerpo no reaccionaba. Rápidamente empezó a probar las más complejas, asombrado de que se activaran los indicadores de estímulo en el aparato pero no se produjera el más mínimo cambio en su amiga. No tenía sentido, y Kassius no hacía más que desesperarse. Tras media hora de probar todos los patrones imaginables y algunos que no estaban en el libro pero que suponía que podrían funcionar, dejó el mando en el suelo y se limitó a sostener con su propia mano artificial la de Serena.

Era de un modelo avanzado, más que las de Ruriek porque no tenían que ser fuertes y resistentes, sino delicadas y precisas. Estaba plagada de sensores de presión, y el ingeniero la estrechó desesperado, mirando el rostro mecánico ahora inexpresivo mientras él tenía la boca apretada. Tampoco dió resultado, y tras unos instantes, la dejó y se derrumbó contra el lateral del sillón, resoplando. Se restregó los ojos y dejó la frente apoyada en su palma sudorosa y fría, intentando pensar con claridad, aunque le estaba costando. ¿A quién podía recurrir que conociera o pudiera entender los diseños de Fräulein Basel? ¿Se atrevería a probar con la Doctora Alsmun? ¿Podía confiar en ella para ayudar a…?

-¿Kassius? - El joven dio un respingo asustado por la inesperada voz de Serena. - ¿Qué pasa? ¿Por qué tengo conectado esto? - Ella misma tiró del cable que partía de su mandíbula nacarada y cerró la pequeña compuerta. Le miró desde el sillón, visiblemente desconcertada. - Oye, ¿estás bien? 

El ingeniero se levantó con trabajo sin decir una palabra ni quitarle la vista de encima, demasiado aliviado al principio, pero rápidamente se sobrepuso.

-¡Llevo un buen rato tratando de reanimarte! Cuando he llegado de ver a Liedermann estabas desconectada, no sabía que te pasaba, yo… yo… - Ante la mirada divertida de Serena volvió a quedar mudo, sin saber qué decirle.

-Bueno, no pasa nada, estoy bien, cálmate. - La chica se levantó de su asiento con un movimiento airoso y dio una vuelta a la sala, deteniéndose de espaldas al fuego. - Me ha pasado algo muy curioso que no había experimentado antes. - Parecía contenta. - He estado hablando con mi madre, ¿sabes? - Luego ladeó un poco la cabeza. - ¡Y contigo! También he estado volando por encima de las nubes, como un ave. ¡He llegado hasta Praga, creo! - Torció el gesto. - No lo entiendo. Estoy segura de que no he salido de casa en todo el día. Tú estabas fuera. - Apartó la vista. - Y madre ya no está, tú mismo me acompañaste a su funeral. - No lo entiendo. - Repitió, parpadeando rítmicamente y clavando su mirada, inquisitiva, buscando una explicación en él.

Kassius sí que lo entendía, pero su gesto de incredulidad era innegable. Al final respondió, en voz tan baja que era prácticamente sólo para él.

-Estabas soñando. - Soltó una carcajada involuntaria y negó con la cabeza mientras volvía a morderse el labio y sonreía. - En el Consejo no se lo van a creer.

Continuará...

Eric Rohnen

1 comentario:

  1. Me gusta mucho tu exploración de las fronteras entre metal y carne viva y me alegro que es una historia que seguirá.

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