jueves, 7 de abril de 2016

El lobo de Bohemia - Cuarta parte "El monstruo"

Abrió los ojos con dificultad, y sólo apenas, ya que una fuerte luz caía sobre él, cegándole. Meneó la cabeza con brusquedad para rehuirla, pero eso sólo hizo que todo le empezara a dar vueltas. Trató de levantar los brazos para cubrirse la cara, y sólo entonces fue consciente de que no podía moverlos.

            -Está despierto. - La voz áspera le llegó desde la izquierda, o eso creía.

Oyó pasos a su alrededor, pero no se atrevía a mirar de nuevo.

            -Ya era hora. - Sonaba por su otro lado. Repentinamente, sintió a través de los párpados que la iluminación desaparecía. - Espabila. Venga. - Era una mujer, y estaba muy cerca. Estaba seguro de que la reconocía, pero era incapaz de ponerle nombre a esa voz. Una mano le golpeó la mejilla, no muy fuerte, pero sin ser una caricia. El repentino tacto le sorprendió lo suficiente para abrir los ojos. - Bien, progresamos. - El rostro sobre él se giró hacia un lado. - Inclina la camilla, Lev.

El panorama a su alrededor fue cambiando, girando sobre él, acompañado por un ruido rítmico y en cierta forma reconfortante. Tardó un poco en darse cuenta de que era él quien se movía junto con la superficie a la que estaba atado por las muñecas, el pecho y los tobillos. Aún así, ese conocimiento parecía resistirse a permanecer en su cabeza. Le costaba pensar con claridad.



Con esfuerzo, logró enfocar la vista para ubicar por fin a las dos personas que habían hablado. La chica estaba frente a él, de pie. A su espalda, sentado a un escritorio sobre el que tenía estiradas las piernas, fumando una pipa, estaba el hombre que había hablado primero. Sus imágenes le eran familiares, eran los nombres los que no conseguía ubicar. Reparó entonces en los cables que le colgaban del cuerpo. No, no eran cables. Era tubos, pinchados en su piel. No sentía nada, sin embargo, por tenerlos ahí.

            -Ni se te ocurra quitártelos. Si estás vivo es por ellos, y de milagro.

Quiso hablar, responder, preguntar, pero aunque abrió la boca, fue incapaz de vocalizar nada. Sólo pudo emitir un ruido rasposo que hizo que le doliera toda la garganta. Notaba la lengua acartonada, reseca.

            -Con calma. - Escribió algo en un cuaderno que llevaba. - Suponiendo que te recuperes del todo, tardarás un tiempo en conseguirlo. - Suspiró dejando las notas en la mesa tras de ella. - Aún estás de resaca, por llamarlo de alguna forma, pero parece que los síntomas ya remiten. Bien.

La chica se aproximó de nuevo para examinarle de cerca, y luego se perdió a su espalda, pero sin dejar de hablar.

            -No sé ahora mismo cuánto de lo que te diga vas a entender, pero con suerte estar en vertical ayudará a que se te despeje la cabeza. - Reapareció por el otro lado. - Nos costó dos días atraparte, y uno más traerte de vuelta aquí sin llamar la atención. Hizo falta suficiente sedante para tumbar a un rinoceronte, y por eso llevas casi otros dos aquí atado bajo estricta supervisión nuestra.

-Señorita, creo que no le comprende. - El hombre intervino después de soltar una gran nube de humo de tabaco.


            -Claro que si, ¿no ves cómo me sigue con la mirada? - Se volvió de nuevo hacia él, los ojos entornados. - Mira, ha asentido. - Un cierto aire de rencor cubrió sus palabras. - Eres un bastardo con suerte, ¿sabes? No tienes ni idea de lo que te ha pasado, ni de lo que me ha costado mantenerte vivo, Kass.

¿Ése era él? Esa voz llamándole así… ¿Helga? Sí, era el nombre de la chica. Lentamente, empezó a recordar, pero todo lo que le venían eran imágenes de bosques y luces rojas, olores desconocidos pero penetrantes, aullidos en la noche, o más bien gritos… huía de algo, o de alguien, pero no sabía de qué.

            -Su nombre lo recuerda, ¿ves? Ha reaccionado al oírlo. - Retrocedió un poco sin dejar de mirarle y se sentó sobre la mesa. El hombre bajó los pies lentamente sin apartar tampoco la vista de él y tomó un fusil que estaba apoyado contra un mueble, sosteniéndolo con aire despreocupado. - Veamos qué más. ¿Recuerdas la cueva?

Algo irrumpió en su mente con esas palabras. Una pelea, rabia, furia, miedo, gritos. Dispare. Dispare.

   -Perfecto. - La chica resopló. - Como te decía, hace tres días te capturamos y te llevamos de vuelta al pueblo. Siento si la jaula del tanque era demasiado incómoda. Ibas cubierto para no llamar la atención, descuida. Afortunadamente no despertaste hasta estar en el tren, hubiera sido complicado explicar a los lugareños que el monstruo que ellos creían muerto en el fondo del pozo no era el único. En el vagón de carga sólo iba Lev. Te va a quedar señal del dardo que te clavó entonces en el pecho, y apuesto a que desde esa distancia un disparo así tuvo que doler. - Torció el gesto. - Tengo que reconocer que al principio pensamos que estábamos persiguiendo a un hombre lobo de verdad, ¿sabes?. Algo a lo que no le afectaban ni las trampas galvánicas. Que tú y mi abuelo os habíais encontrado con él en la cueva y… Sólo cuando bajé hasta tí para atarte una cuerda y sacarte del pozo me di cuenta que no eras tú el que estaba muerto allá abajo. Joder, me quedé de piedra, Kass. Y todas aquellas cruces, de madera más que podrida, de latón, incluso una de oro… - Rió casi para sí misma. - No entendía nada, pero era evidente quién podría aclararme aquello, así que dejé allí a aquella cosa, porque de humano tenía poca pinta, y fui corriendo al pueblo. Tuve que esperar a que acabara la misa, pero luego poco menos que obligué al cura a abrirme los archivos de la iglesia y a hacerme de traductor. Todo por un buen donativo para la parroquia, por supuesto. - El gesto decía que aunque lo daba por bien empleado, no le hacía demasiada gracia. - Y mereció la pena, ya te digo que sí.

Se levantó de la mesa y empezó a darle vueltas de nuevo. Kassius notaba la cabeza más despejada e intentaba asimilar todo lo que Helga le contaba. Cuando ésta se paró, él la miró suplicante.

            -¿Sabes qué hizo famosa a Kraslice hasta la baja Edad Media? Sus lobos. No los animales, sino sus guerreros. Fue de los últimos lugares de la región en abandonar los ritos paganos y abrazar el cristianismo, lo cual si te paras a pensarlo es normal: ¿qué misionero podía competir con una cueva donde los dioses otorgaban poder a los hombres a cambio del resto de sus vidas? - Levantó un dedo, teatralmente. - Pero con perseverancia, que de eso los hombres santos saben un rato, lo consiguieron. Hicieron tan bien su trabajo que hoy en día ya nadie se acuerda que antaño se arrojaban cruces al pozo en un intento de purificar el lugar, y como advertencia tácita para que nadie pasara más allá.


Un silencio tenso se adueñó de la estancia. Él quería preguntar, pero su cuello seguía sin responderle.

-Hay algo en esa cueva, pero no son los dioses de antes, y me juego lo que quieras a que es algún hongo o algo del estilo, que le hace esto a la gente. - Le señaló, pero Kassius no entendió a qué se refería. - Acelera la respiración y la circulación, aumenta la tolerancia al dolor, puede que incluso mejore la curación de heridas, pero a un alto precio. El cuerpo se consume a sí mismo. - Le señaló. - Esos tubos son básicamente para mantener un flujo constante de nutrientes en tu sangre. Tenía la esperanza de que lo que sea que te afectó, se eliminara o se agotara por sí mismo, si conseguías aguantar tanto, claro. Han durado hasta ahora, por lo visto. Incluso insconciente, todos tus músculos estaban en tensión, tenías que haber visto cómo caminabas cuando te pillamos, como si estuvieras a punto de saltar en cualquier momento. Los retiré esta mañana, pero te he tenido pinchadas las piernas con relajantes de caballo para que se soltaran. El misterio de las descargas quedó claro al ver las botas que llevabas, por cierto.

Aquello empezaba a tener sentido para él, o eso creía, pero planteaba una pregunta que prefería que permaneciera oculta en el fondo de su consciencia. Helga siguió hablando, y con gran alivio, Kassius pudo pensar nuevamente en el presente.

            -Cuando volvimos al pueblo contando que el monstruo había caído en el pozo de la cueva, el cura se me acercó en privado y me dijo que había encontrado un documento más antiguo, donde uno de los primeros párrocos había detallado lo que entonces era conocido por todos. Aunque él no sabía cómo, decía que los hombres entraban cuerdos y salían de la cueva como en un trance, poseídos decía, por el demonio. Muchos no reconocían a sus familias y amigos y atacaban a todos por igual. - Él cerró los ojos e inspiró hondo. Cuando los abrió, Helga tenía la boca del fusil a un palmo de su cara y le miraba fijamente con intenciones bien claras. - Sólo te preguntaré esto una vez: ¿quién mató a mi abuelo, tú, o el otro?

Kassius boqueó una vez, dos veces, perdiendo la mirada, respirando agitadamente. Tartamudeó antes de lograr articular palabra, y sólo a cambio de un dolor lacerante en la garganta.

            -Yo… yo… le pedí… - Intentó tragar saliva, pero le dolía demasiado.

            -¿Qué? - Ella no había apartado el cañón ni un poco. Apretó la boca aún más. - ¿Qué le pediste?

            -Dispare. - Aún creía verle. Su maestro. Su amigo. Qué asustado parecía. - Dispare.

Lev se incorporó de su silla y se colocó al lado de la chica.

            -¿Que disparase a quién, muchacho? - No había comprensión en aquellas palabras del viejo cazador, sólo una determinación tan fría como el arma que le apuntaba. Sintió miedo, pero no a morir, sino a tener que reconocerse a sí mismo lo que había hecho. No quería hacerlo, no quería tener que vivir con algo así. El hombre volvió a insistir, marcando las palabras. - ¿A quién? - Kassius lo vió claro entonces. No tenía por qué soportarlo. Abrió mucho los ojos antes de responder.

            -¡A mí! - Aquello acabó con su capacidad de hablar, pero ya daba igual. Encaró el rifle con determinación, pidiendo silenciosamente que pusiera fin a todo. Dirigió una mirada a Helga, que ésta le devolvió. Asintió a la que había sido su amiga, dándole su permiso para que disparara.

Pero por más que esperó sin pestañear, su castigo y su liberación no llegaron. Contempló atónito e impotente cómo la chica bajaba el arma.


            -No. No fuiste tú. - Le miró con tristeza. - Ojalá hubieras sido tú, al menos tendría de quién vengarme. - Una lágrima rodó por la mejilla de cada uno, rotos ambos por dentro. - Pero tampoco fue el lobo de Bohemia, aunque esa será la verdad que contaremos a todos. - Se volvió, dejando el rifle en la mesa, y llegó hasta la única puerta de la estancia, seguida por el rastreador. Pero desde el umbral, sin dejar de darle la espalda, la cazadora aún añadió algo antes de marcharse y dejarle a solas con el monstruo. - Vas a tener que vivir con ello, lobo de Dresde.

Fin

Eric Rohnen

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