jueves, 24 de marzo de 2016

El lobo de Bohemia - Tercera parte "El rastreador"

Odio la lluvia, pensó nuevamente Lev Kozhemov para sus adentros. Prefería una y mil veces una nevada infernal con el viento gélido de frente, que aquel interminable aguacero que llevaba soportando todo el día. Con ese humor de perros, volvió a asegurar la lona de hule sobre la endeble estructura de varillas para evitar que el agua acumulada la hundiera. Afortunadamente el fusil no iba a dejar de disparar por mojarse, ese problema había pasado a la historia junto con la pólvora, pero lo que quería evitar a toda costa era tener que pasar las horas muertas, esperando a que su presa se mostrara, sentado sobre una roca y completamente empapado. Y menos a su edad, mal que le pesara.



El rastreador ruso había cazado tigres del Amur desde antes de ser un hombre, aprendiendo de los tungúes, acompañándoles en sus partidas e impregnándose de sus técnicas y sus tradiciones, por lo que entendió muy pronto que debía poner toda su alma y todo su coraje para ser un digno oponente de dichos animales. Eso quería decir que aunque acechara a sus presas con trampas, y les disparara desde lejos, consideraba que lo honorable era acabar cuchillo en mano como muestra de respeto. Mientras vendía la piel de uno había conocido a Shao’uan, y siendo hombre de no echarse atrás, nadie había sido capaz de convencerle de que su amor por ella no era posible, ya que era una mujer de origen manchú. Entonces era joven, pero incluso ahora, tantos años después, tampoco hubiera vacilado en estar con ella. Habían tenido a Jishan en una cabaña perdida en el bosque y allí habían sido felices,… durante un tiempo.

Llevaba dos jornadas bajo aquel clima húmedo y desagradable, pateando senderos embarrados, siguiendo un rastro que se desvanecía a cada pocos pasos, y persiguiendo a aquella cosa por un terreno desconocido pero a la vez idéntico en esencia a todos los que había pisado. Él y la señorita von Soltau decidieron sin mediar palabra pasar la noche junto al abuelo de ésta y al pozo donde yacía el ayudante de él, velando los dos cuerpos en silencio, antes de reemprender la caza. Nada podían hacer por ellos ya, y no queriendo perder más tiempo, decidieron dejarles allí hasta que completaran su misión tras una brevísima conversación a la mañana siguiente. Pero a pesar de conocerla desde hacía tan relativamente poco, menos de un año, Lev sabía que el remordimiento por actuar así quemaba a la chica por dentro desde el momento en que habían abandonado la cueva. Por eso, cuando a media tarde había dicho que tenía que volver y hacer las cosas bien con el viejo y el chico, él había mostrado su acuerdo y había asumido la tarea de hostigar a la criatura hasta el regreso de ella, siguiéndole la pista sin abatirla. Ella se había negado, siendo muy explícita: cuando le tuviera a tiro, quería que le volara la cabeza. No dijo nada a aquello, porque la fiereza en sus ojos había vuelto a traicionarle. Helga era la hija que Lev no había tenido, y a la vez también el hijo, por decirlo de alguna forma.

Jishan ya dejaba de ser un niño cuando su madre falleció, en mitad del invierno siberiano, sin que a él le diera tiempo a traer un médico a verla. Se vio obligado a volver a Khabarovsk para que su hijo pudiera estar a cargo de alguien mientras él salía de cacería, y eso había hecho que la relación entre ambos quedara herida de muerte. El chico se acostumbró rápidamente a las comodidades de la gran ciudad, como la llamaba Lev, y gracias a un familiar de su madre aprendió lo necesario para leer y escribir. Pronto se percató de que podía vivir cómodamente aprovechando su herencia mestiza para trabajar como intérprete, y estudió mucho para conseguir un puesto en la administración local, al servicio de un zar que vivía a miles de leguas de distancia y para el que Siberia era sólo el confín de su imperio. En retrospectiva, no debía haber sido tan duro con él por elegir una vida desahogada frente a la ruda existencia de un cazador, pero en aquel momento en que aún tenía la oportunidad de aprender a ser un hombre Lev se había sentido traicionado y se había aislado de todo, volviendo a una vida solitaria en los bosques.

Para cuando se había despedido de la señorita, ya habían vuelto a ubicar el rastro del animal entre los árboles. Tenía que ser endiabladamente resistente si había aguantado no una, sino la descarga de dos trampas galvánicas. Pero eso no era lo único que les desconcertaba, puesto que además habían llegado a la conclusión de que éste ya no sangraba a pesar de la herida que Helga le había hecho en su primer encontronazo. La amplia experiencia de Lev no le servía para saber detrás de qué corría. Había pasado todo ese tiempo, más de un día, explorando el terreno para hacerse al menos una idea de las rutas que podía seguir. No era tan abierto como parecía, ya que cuanto más se alejaban de Kraslice, más abruptas se volvían la quebradas y empezaban a aparecer barrancos que rompían los caminos que la fauna podía emplear. Y luego claro, estaba el agua. Todos los animales tarde o temprano buscan las zonas bajas para encontrar agua fresca. Tras un breve descanso subido a un árbol en las horas antes del alba, ubicó dos arroyos y una presa artificial pero aparentemente olvidada donde dedujo que el monstruo podía ir a beber. Lo que le hizo decantarse por el último punto y plantar su reducido puesto de observación en un lugar elevado con vista directa sobre el mismo fue su instinto.

También estaba apostado esperando a que su presa llegara, al abrigo de un saliente del terreno nevado, detrás de unos arbustos y cubierto con pieles de animal para que su olor no delatara su presencia, cuando su intuición le avisó de que no estaba solo. Un rey de las nieves, como llaman los tungúes a los tigres del Amur de mayor tamaño, había logrado acercarse sin hacer ruido y se encontraba a escasos pasos de Lev, la mirada fija en él, muy quieto. El cazador supo que a esa distancia le daría tiempo a girarse bruscamente y a dispararle de frente una única vez antes de tenerle encima, aunque eso le impediría usar el cuchillo como acostumbraba, pero la vida es lo primero. No queriendo darle la iniciativa a su oponente, ejecutó su ataque sin dudar más, pero la diosa de los cazadores no le acompañaba: su vieja arma no disparó y apenas pudo hacer otra cosa que lanzarla a la cara del tigre que rugía en pleno salto y tratar de zafarse, pero sin éxito. Al instante tenía encima al espíritu vengador de toda una raza, que descargó su zarpa sin piedad sobre su rostro. Pero los reflejos de Lev no habían estado ociosos y éste contaba ya con el largo puñal ceremonial en su mano, por lo que el hombre fue el primero en morder el cuello de su contrincante, asestando un golpe mortal.

Algo atrajo la atención de su ojo restante, un movimiento en el follaje más abajo, cerca del agua embalsada. Sonrió bajo su barba cerrada y se llevó el catalejo sobre el rifle de gas a presión a la cara. Desde un mando colocado bajo el cañón ajustó la distancia a la que enfocaba esa pequeña joya hecha por artesanos de Kiel. No quería cerrar mucho el campo sino tener una visión de conjunto del posible abrevadero. Fijó su atención en el borde del claro, cerca de donde había creído ver moverse las ramas bajas. Tenía desde luego curiosidad por contemplar finalmente al monstruo ya que tenía que ser una criatura formidable y extraña. No sólo era invulnerable a la electricidad, sanaba increíblemente rápido y había desnucado como si nada al abuelo de la señorita, sino que sus huellas eran del todo inusuales. Las pocas pisadas medio borradas por la lluvia que había encontrado no eran de garras ni pezuñas, recordando más a las de una persona que sólo apoyara las punteras, cargando todo su peso en la parte delantera del pie. Para andar así, alguien tendría que llevar las rodillas flexionadas constantemente, y para conservar el equilibrio no podría erguirse por completo. La postura era del todo antinatural para un humano, y eso no hacía otra cosa que reforzar la impresión de estar persiguiendo algo inquietantemente parecido pero a la vez tan diferente… Quizá, después de todo, los hombres lobo sí que existieran.

Lev había llegado a Sajonia también persiguiendo algo, pero en este caso era el fantasma de un rumor. Existían en el lejano occidente, le habían comentado, médicos capaces de restituir el ojo que el rey de las nieves le había arrancado. Cruzó medio mundo, desde la boscosa y nevada Siberia, en una sucesión de dirigibles y trenes, hasta los confines del imperio del zar, para llevarse una decepción tras otra. Resignado, había seguido el último rastro que le indicaron en Moscú, el de un cirujano hijo de emigrantes de la madre Rusia que había logrado fama en tierras extranjeras con sustitutos mecánicos para soldados cegados en la guerra. Así acabó en Dresde, en el viejo edificio del Instituto, hablando con el tal doctor Lavrovich, que resultó ser un hombrecillo que tras examinarle apenas por encima se atrevió a afirmar categóricamente que nunca volvería a ver por ese ojo. Que el nervio era irrecuperable. Toda la rabia del cazador frustrado por no poder nunca más retomar su vida anterior explotó en ese instante, y acabó saliendo del despacho a voz en grito, conteniendo apenas las ganas de emprenderla a golpes con el pobre desgraciado. El pasillo rápidamente se despejó de una docena de supuestos genios buenos para nada que huyeron apresuradamente al verle, pero alguien se quedó y le encaró, atraída por su arrebato de ira. A pesar de no compartir idioma en aquel momento, Helga supo hacerse entender lo suficiente para acabar compartiendo unas más que decentes jarras de cerveza germana. Una semana más tarde, después de varias conversaciones dificultosas, la señorita von Soltau le había ofrecido acompañarla en una expedición de caza en las estribaciones meridionales de los Cárpatos. Al volver de allí ya eran compañeros prácticamente inseparables.

El cazador reconvertido en maestro de expediciones y jefe de cuadrillas de aquella muchacha salvaje con afán de investigadora de todo tipo de fauna desconocida y sus posibles usos, seguía con su ojo pegado a la mirilla cuando oyó a su espalda un movimiento apresurado entre los árboles. Casi de un salto dejó el arma de largo alcance, salió del refugio y desenfundó un par de sus cuchillos, echando una rápida mirada a su espalda para tener bien calculada la distancia al borde del saliente por si tenía que forcejear con el monstruo, fuera lo que fuera, si es que no estaba allá abajo como había creído. Pero no hizo falta, ya que rápidamente apareció la señorita desde la espesura, empapada y embarrada, sosteniendo un rifle también. Sus miradas se cruzaron y una pregunta flotó muda en el ambiente. Lev negó rápidamente justo cuando ella se detenía, recuperando el aliento a duras penas, a su lado.

           -Llego a tiempo. – Jadeaba trabajosamente, pero con visible alivio. Debía haber subido hasta allí a toda carrera siguiendo las indicaciones que había dejado para ella siguiendo el código de costumbre.

           -Exacto. Está allí abajo, bebiendo. – Señaló por encima de su hombro, haciéndose a un lado.

            -Pues dispárale, pero con éste. – Y le puso el arma que traía contra el pecho. Lev bajó la vista y distinguió munición sedante en la cámara de carga.

            -Pero esto… ¿no querías que disparara a la cabeza? - No entendía el repentino cambio de intenciones. - ¿Ya no le quieres muerto o qué? - Helga seguía tratando de recuperarse.

            -No preguntes. - Se enderezó e inspiró hondo. – No tenemos tiempo que perder.

La miró con fijeza, pero no quiso cuestionar de nuevo a la señorita, que solía tener un buen motivo para todo lo que hacía, según le demostraba su experiencia. Rápidamente volvió a apostarse no sin antes echarle la tela impermeable de su refugio a ella por encima, lo cual le agradeció con una sonrisa tenue y triste, pero también apremiante. No había hecho más que ajustar la mira del arma cuando la bestia apareció en su campo de visión. Soltó una maldición entre dientes a la vez que levantaba la vista hacia Helga, buscando confirmación de que aquello que había contemplado acercándose al agua tenía algún sentido. Ella se limitó a asentir. No necesitó más. El catalejo tocó su ojo, el dedo apretó el gatillo, y el dardo se clavó en un costado de aquella cosa de apariencia innegablemente humana que tenía una mano de metal.

Continuará...

Eric Rohnen

1 comentario:

  1. Estoy muy impresionada con tu serie de relatos. Enhora buena!

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