jueves, 10 de marzo de 2016

El lobo de Bohemia - Segunda parte "La cazadora"

Había dejado de oír la respiración de su presa, pesada y entrecortada. Las pisadas, a veces ligeras y a veces arrastradas, habían cesado unos minutos atrás. No tenía muy claro qué era porque apenas la había entrevisto antes de disparar, pero estaba claro que era lo que buscaba ya que por el tamaño no podía ser un animal corriente. Helga se acercaba a la cima de aquel cerro cubierto de árboles mientras los últimos rayos del sol abandonaban el paisaje entre rural y salvaje que la rodeaba. Un poco más allá se divisaba el pueblo donde habían estado por la mañana, y más allá la zona de granjas donde había ido luego con Lev para tratar de encontrar la pista del hombre lobo, o lo que fuera. Realmente le daba igual; una bestia desconocida estaba campando a sus anchas por la región y eso era todo lo que se necesitaba para espolearla, la aventura de perseguirla. Por un momento recordó el orgullo con que su padre decía que aquel rasgo era intrínseco a su familia, pero luego se reprendió a sí misma por haber pensado en eso. Ahora estaría lo que quedaba del día con él en la cabeza, maldijo para sus adentros. Se sacudió con disgusto, tratando de pensar en otra cosa, y se detuvo casi en seco, plantando firmemente las botas de montería en el suelo.

Con el fusil preparado para apuntar y disparar al mínimo movimiento, se giró en redondo para escrutar el camino por el que había venido, apenas una vereda marcada por las patas de los conejos y los tejones. Colina abajo distinguió un movimiento, pero un destello fugaz le indicó que se trataba de Lev, el cual se acercaba a ella rifle al hombro después de haber ido a por la munición sedante que le había pedido. Con una de aquellas balas podría derribar sin matar cualquier cosa más pequeña que un oso, especialmente después de haberle alcanzado ya con una de punta perforadora. Pena que hubiera perdido el reguero de sangre que la bestia iba dejando tras de sí, pero no podía estar muy lejos. Deseó haberse traído un par de perros para seguir el rastro. Kozhemov llegó a su lado y le pasó un paquetito con dardos para el arma de gas comprimido, que guardó en uno de los bolsillos interiores de la casaca de caza tras colocar uno de ellos en la cámara de recarga lateral.

            -Han entrado en la cueva. – Helga asintió a las quedas palabras del ruso. No hacía falta hablar demasiado en mitad de una cacería, sólo lo imprescindible. No convenía advertir a la presa de que una estaba cerca. Hizo un gesto a su acompañante para indicarle la dirección en la que iba a seguir intentando recuperar la pista del animal, pero antes del tercer paso se detuvo en seco y alzó la mano para pedirle a él que dejara de avanzar también. Aguzó el oído y comprobó que no lo había imaginado. Amortiguados por los troncos y los arbustos, oyó otro grito ahogado, y al instante saltó para alcanzar la fuente del sonido, que creyó ubicar a su derecha y algo más arriba. Antes de poder pensarlo, Lev ya la estaba siguiendo con el arma preparada. Una fugaz mancha roja, atisbada sólo por el rabillo del ojo sobre un tronco mientras corría le indicó que estaba yendo en buena dirección. La bestia se había apoyado allí en su huída. Sonrió al sentir la emoción de acercarse de nuevo al enfrentamiento, pero le duró poco. El rastro concluía abruptamente en un discreto claro en un lateral de la pequeña montaña, hasta el cual llegaba un diminuto arroyo de más arriba sólo para desaparecer en un agujero no muy grande en el suelo, al igual que la hilera de goterones rojizos. ¿Había caído por allí? Se asomó un poco, pero descartó la posibilidad de descender, no sin cuerdas y sin saber lo que había abajo, aunque le pareció ver la superficie oscura en movimiento de una poza no muy profunda.

            -¡Dispare! – El grito que salió del sumidero sólo tardó una fracción de segundo en traducirse en un nuevo salto a la acción. Era la voz de Kass.

            -¡Estamos encima de ellos, maldita sea! – Helga gritó sin mirar atrás mientras arrancaba cuesta abajo dando saltos y golpeándose contra los troncos y las ramas. - ¡Esa cosa está en la cueva! – Lev soltó un gruñido antes de reemprender la carrera en pos de ella.

No podían llegar de manera directa porque aquel lado de la montaña estaba cortado casi a pico, así que bajó dando un rodeo, salvando un par de cauces secos por la pura inercia con que corría, sintiendo el tiempo pasar sin poder llegar a su abuelo y Kass, que con suerte sólo tendrían una pistola. En silencio rogó para sus adentros que la herida que le había hecho a su presa le hubiera dejado todo lo debilitada posible. Un brillo rojo atrajo su atención al momento. ¡Una de las balizas! La bestia había salido de la cueva y había activado una de las trampas.

            -¡Lev! – Supuso por el ruido a su espalda que el ruso no se había quedado atrás. - ¡La fiera ha salido, yo voy detrás de ella! Tú baja a la cueva y asegúrate de que los dos están bien.

            -¡Entendido! – No esperó ni un segundo tras oír eso, y desviándose a un lado dejó atrás a su compañero de caza para centrarse únicamente en su presa.

Se detuvo detrás de un árbol ancho y atisbó en dirección a la ubicación de la trampa galvánica, pero sorprendentemente, no fue capaz de ver al animal. Aquel cacharro soltaba una descarga capaz de paralizar las patas de cualquier cosa que la pisara, ¿pero no había podido con el hombre lobo? Empezó a cuestionarse lo de las balas con sedante, pero no tenía tiempo de cambiar ahora. En la oscuridad creciente, no le costó distinguir la ignición de otra luz roja a pesar de la distancia a la que estaba. Ese bastardo corre mucho, escupió en voz baja, pero no podía permitirse el lujo de pararse más.


Reemprendió la carrera por el bosque, ahora en terreno más nivelado. Estuvo a punto de tropezar con un tronco caído pero consiguió saltarlo en el último momento. Empezaba a no ver bien y eso no le gustaba nada. Dentro de poco se encontraría en mitad del monte, sin una linterna y con un animal herido por la zona. Llegó resoplando a la segunda trampa, pero allí tampoco había nada, aunque indudablemente algo la había disparado en su huída, juzgando por el rastro de ramas bajas destruidas y las pisadas sobre las hojas caídas. Se alzó y trató de otear en todas direcciones aprovechando la luz de la trampa, pero fue en vano. Al ritmo al que se movía, Helga sabía que no podría seguirle a pie y sin conocer el terreno.

Apretando los puños y jurándose que volvería a encontrarle, regresó en dirección al campamento siguiendo la primera baliza como faro de guía. Lev no estaba allí, así que se encaminó hacia la cueva después de encender una de las linternas que traía el tanque hexápodo del abuelo. Encontró al rastreador en la boca de la cueva, sentado en una roca. La mirada que le lanzó con su único ojo en el silencio de la noche fue suficiente para hacerla entrar a la carrera, olvidando la persecución fallida. No tardó en detenerse.

En el suelo estaba su abuelo. Lev le había incorporado contra una de las paredes, justo antes de llegar al pozo. Estaba muerto. Helga dejó la linterna junto a la que había allí, e hincó una rodilla para verle de cerca, pero no cabía duda, tenía el cuello roto. Apretó los ojos con fuerza por un momento, reprimiendo la necesidad de hablarle, gritarle, despertarle, tocando brevemente la mejilla de su mentor. Se incorporó resoplando, tratando de recuperar la compostura, a pesar de saber que estaba sola y que en todo caso Lev no iba a juzgarla. Cogió una de las lámparas y se dispuso a cruzar al otro lado del agujero, para localizar a Kass. La casualidad quiso que antes de enfilar la cornisa que lo rodeaba el haz se hundiera en la oscuridad bajo ella e iluminara el cuerpo del chico, su compañero de fatigas en más de una expedición, en el fondo del foso. No se movía, estaba sucio y parcialmente cubierto con rocas que debían habérsele venido encima, y había caído de cabeza.


Dio un paso atrás, casi tropezando con las piernas de su abuelo, se apoyó en una pared irregular y su mirada se perdió bajo los viejos grabados en la piedra, incapaz de pensar en nada. Oyó a su espalda los pasos de Lev en la gravilla de la entrada. No tenía que haberlos traído, fue lo primero que logró articular. No tenía que haberles dejado venir. Murmuraba para sí, los ojos muy abiertos, los puños temblando. Sólo cuando la fuerte mano de su amigo cayó sobre su hombro, Helga se permitió un grito de rabia que resonó en todo el bosque.

Continuará...

Eric Rohnen

No hay comentarios:

Publicar un comentario