jueves, 28 de enero de 2016

La frontera borrosa - Tercera parte "La madre que miró desde la orilla"

-Sosten­la así, Ruriek, no quiero que caiga y se dañe. He prometido que la reactivaría y pienso hacerlo, pero primero tengo que escuchar este cilindro. – Cerró el compartimento y volvió a abrochar la espalda del vestido sobre la fría superficie de metal que protegía gran parte de la delicada maquinaria.

-Sí, amo. – Kassius elevó un momento la vista al techo pero no dijo nada, resignado, al oír de nuevo el rizo vocal de su autómata.

Dirigiendo una breve mirada a la mujer que reposaba inmutable sobre la cama, su cabello negro recogido detrás de la cabeza, llegó hasta el reproductor de sonidos. Colocó la grabación en su lugar y la aguja al inicio de la pieza. Preocupado por lo que pudiera escuchar dirigió una breve inclinación de cabeza a Serena Basel, como pidiendo su consentimiento para inmiscuirse en un asunto absolutamente privado, y activó el aparato. La voz de una mujer, algo temblorosa en ocasiones, pero con una firme determinación a transmitir su mensaje, llenó el dormitorio:


-No tengo mucho tiempo. En los últimos días he tenido nuevos desvanecimientos, y cada vez me cuesta más controlar mis movimientos en general. Soy incapaz de seguir escribiendo a mano la bitácora que he mantenido estos últimos meses así que recurro a una grabación. Afortunadamente he podido refinar el procedimiento antes de que fuera demasiado tarde. – Hizo una pausa de unos segundos antes de continuar. Se oyó claramente cómo respiraba con trabajo después de hablar. – Esta misma noche voy a intentar lo que nadie antes se ha atrevido a probar. Hoy alcanzaré la inmortalidad o pereceré en el intento. – Kassius contuvo el aliento. Se volvió hacia la chica por un momento con ojos asustados, pero la voz de la madre le volvió a atrapar. – Y lo haré de la misma forma que todas las personas, a través de mi hija. Inicialmente pensé que podía estar sufriendo la enfermedad de Alexia Lavrovich, perdiendo mi mente poco a poco, pero ahora estoy segura de que no es así. Es este maldito cuerpo. – Había hablado más alto de lo que se podía permitir, con rencor reprimido en sus palabras, y la voz de la inventora no reapareció hasta pasado casi medio minuto. – Y si es el cuerpo el que falla, entonces mi deber es salvar lo que pueda de mi mente. Llevo años mejorando el cerebro de mi hija, ahora mismo es con diferencia el más complejo que existe. Es lo suficientemente denso, espero, para poder albergar una consciencia humana completa y… - No oyó la siguiente frase, sus piernas le habían llevado como un resorte junto a la muchacha, pero se contuvo en el último momento, cuando intentaba asir la llave con su mano temblorosa, porque oyó su nombre. - … Folkvanger, del Instituto, está trabajando en el soporte mecánico de Frau Lavrovich, pero yo aviso aquí al que encuentre esta grabación: eso no será necesario en mi caso ni tendrá ningún sentido. Con mi actuación de esta noche en el cerebro de mi hija, mi propia consciencia se irá debilitando hasta desaparecer. Mi cuerpo seguirá declinando poco a poco, pero yo ya no estaré en él. Hago esto por propia voluntad. – Una nueva pausa, no muy larga, no tanto como las anteriores. Aprovechó para levantarse y dar un paso atrás. - Lo único que pido a quien encuentre estas palabras es que cuide de ella. Por desgracia esto ha sido precipitado y no puedo tener a nadie aquí conmigo, pero imagino que la transferencia tardará un tiempo en asentarse, idealmente no más de una noche, y en todo caso, no será completa. Desconozco si será suficiente, pero es todo lo que puedo hacer. Por favor, a quien corresponda póngase en contacto con mi abogado, Heinz Liedermann, que confirmará mi deseo de que se considere a mi hija como heredera legal y conoce los precedentes aplicables al respecto. Por favor, no le muestren esto a ella hasta que consideren que está preparada para entender lo que he hecho. Muchas gracias.

La voz se interrumpió, y Kassius se apartó un momento de Serena Basel, la de metal y madera, para apagar la grabación antes de hacer nada. Tenía que pensar aquello cuidadosamente, aunque supusiera mantenerla desconectada unos instantes más. Pero justo antes de llegar al aparato, éste volvió a emitir su sonido mezclado con el rasgueo de la aguja sobre el cilindro.

–¡Marie! Ven a la habitación, por favor. – Folkvanger detuvo la mano mecánica a poca distancia sobre el altavoz, contemplando de nuevo a la persona cuyo genio seguía hablando, ahora con un tono más suave. – Quiero hacerte un ajuste rápido.

-Sí, ama. – La voz de la muchacha sonó desde el cilindro tras un momento de espera, pero resultaba algo distinta a la que le había recibido. Quizá había un matiz ausente en ella, puede que el mismo que la hacía tan inquietante junto a sus gestos.

-No me llames así, Marie, te lo he dicho mil veces. Madre, soy tu madre, no tu dueña. – No tenía que verla para saber que aquellas palabras habían ido acompañadas de una mirada cálida, puede que incluso de una caricia a la autómata. Apretó un poco la comisura de la boca, en una sonrisa discreta. Incluso alguien como Fräulein Basel tenía que lidiar con los mismos problemas que él.

-Sí, madre. Lo siento, madre. – La voz estaba ahí, pero efectivamente, le faltaba algo. Kassius podía entender lo que había supuesto para la autómata el proceso. Le había dado el toque final de humanidad. Tenía que investigar cómo lo había hecho, se dijo, y deseó que hubiera quedado todo bien documentado.

-Así está mejor. Ven, acércate, dame la espalda. Voy a detener un momento el proceso de lucidez, apenas lo notarás. Después quiero que me ayudes a ir al laboratorio y te conectes el actuador principal de la consola en el zócalo de la base de la barbilla como te enseñé, ¿de acuerdo?

-De acuerdo, madre. ¿Qué va a hacer usted esta noche?

-Voy a hacerte un regalo.

-Eso suena muy bien, madre. Se lo agradezco.

-Te quiero, hija mía. No lo olvides nunca. – Se oyó el clic de la llave. – Pase lo que pase, no lo olvides nunca.

Un nuevo sonido indicó que había desconectado el grabador, y Kassius hizo lo mismo. El cilindro se detuvo, y él quedó en silencio también.

Marie, pensó. Esa había sido la autómata sirvienta de Fräulein Basel. Hasta la noche anterior, había sido una máquina, más compleja, más refinada, sí, pero sólo eso, como Ruriek. Ahora, era algo distinto. Como su madre había supuesto, la transferencia debía haber resultado incompleta, puede que fruto de un procedimiento improvisado, o quizá no fuera el caso y no se pudiera ir más allá y preservar todo. Ahora, una nueva personalidad ocupaba el cerebro de platino, Serena, consciente de ser una autómata pero tan distinta de cualquier sirvienta… La contempló desde el lado de la cama, luego a la madre yaciente, y finalmente regresó junto a ella. Sin más dilación, la volvió a conectar tras pedirle a su asistente una vez más que no la dejara caer.

- ¡…me sueltes inmediatamente! – Ruriek soltó sólo una mano, permitiendo que la chica se volviera como un relámpago. - ¿Qué significa esto, señor Folkvanger? – Pero éste ya había hincado una rodilla en el suelo y agachado la cabeza.

-Lamento profundamente mi actuación y le ruego que algún día pueda perdonarme.

No era la reacción que Serena había esperado.

-Levántese, esto no tiene sentido. Un humano no debe pedir disculpas a una máquina. Eso es así. – Hubiera resoplado si respirara. - ¿Qué me ha hecho? – Kassius se levantó lentamente, mirándola con gravedad.

-Verificar mis sospechas. Y mucho más, me temo. Permítame ser el primero en darle mi pésame por la pérdida de su madre.

-¿Cómo puede decir eso tan a la ligera? Si apenas la ha examinado, ¡y hasta sigue respirando! – La señaló con un ademán airado, tan natural, que él tuvo que sonreír con tristeza.

-Verá, señorita Basel. Su madre hizo anoche algo que nadie había intentado antes. – Se mordió el labio inferior, y decidió usar las mismas palabras que había escuchado. - Le hizo un regalo. - ¿Cómo podía explicar aquello sin traicionar el último deseo de la inventora?

-Eso me dijo. – Serena estaba recordando la conversación de la noche anterior. – Pero no sé qué hizo luego con la consola de interacción de su laboratorio. – Se detuvo un momento, sospechando. – Usted lo sabe, ¿verdad?

La miró fijamente, mientras intentaba salir del atolladero. Tenía delante a una persona, no una máquina. Lo que su cabeza le había estado gritando desde que le abrió la puerta, lo que Ruriek había interiorizado de manera tan natural, y lo que la voz de Serena Basel ahora le había confirmado. Y no era ninguna niña, sino una adulta, equivalente a cualquiera de carne y hueso. ¿Con qué derecho podía él tratarla de otra forma? ¿Cuándo iba a estar preparada para conocer la verdad? ¿Acaso estamos alguno preparado para lo que la vida le pone a uno delante?, pensó. La vida es un reto constante, eso él lo sabía bien. Si Serena Basel, la que ahora le contemplaba en silencio, era una persona, entonces tenía que aceptar que estaba viva. Tanto él como ella debían aceptarlo. Sin mediar palabra, con tres amplios pasos se plantó junto al cabecero de la cama y colocó la aguja al inicio del cilindro.

-Sí, y creo que no habrá un mejor momento para que usted también lo conozca, que ahora. – Accionó el aparato, y la voz de su madre, valiente y reconfortante, llenó la estancia.

-No tengo mucho tiempo…

Fin

Eric Rohnen

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