jueves, 14 de enero de 2016

La frontera borrosa - Segunda parte "La hija al límite de la vida"

            -Por favor, acompáñeme, señor Folkvanger. – No parecía prestar atención a la existencia de Ruriek, a pesar de que ambos eran autómatas. – Mi madre está arriba, en su cama. – Notando el breve gesto de incomodidad, la chica se apresuró a añadir. – No se preocupe usted, está aquí a iniciativa mía, no me atrevería a pensar que su presencia en la habitación es inapropiada.

Él asintió rápidamente. Después de todo, venía precisamente del dormitorio de una dama, aunque con toda la maquinaria que rodeaba a Alexia, parecía más un taller o una fábrica. Dejó a un lado sus reparos de caballero y empezó a subir por la amplia escalinata principal de la casa siguiendo a la chica. Serena Basel, quien había escrito la nota, tenía que ser ella.

No se oía un alma en toda la planta baja. El suelo de fino mosaico se perdía por pasillos en ambas direcciones, pero ninguna luz delataba la presencia de nadie del servicio. Una casa tan grande tenía que tener al menos una criada o un ama de llaves, supuso, aunque su dueña viviera sola. Quizá la muchacha se encargaba de esas labores, o era la noche libre de la empleada o el mayordomo.




            -Discúlpeme, señorita… ¿Basel?

            -¿Si? – Apenas se volvió un poco hacia él mientras abría camino. Ese gesto tan natural hizo que algo se removiera en su interior, fruto de la incoherencia que veía. Los autómatas seguían patrones mucho más sencillos y predecibles. La chica en cambio parecía… de verdad. Humana. Tenía que ser algún prototipo de su madre, concluyó.

            -Simplemente me preguntaba cuánto tiempo hace que usted está… bien, ya me entiende,… con Fräulein Basel. – No se atrevía a decir que estaba a su servicio. O que le pertenecía. Era una sensación muy extraña. Estaba todo el tiempo con Ruriek, que les seguía por la escalera sin decir palabra, y trataba a menudo con otros autómatas de muchas clases por su trabajo, pero nunca había sufrido esa confusión que sentía ahora.

Llegaron al primer piso. Allí el suelo de madera estaba alfombrado y las paredes decoradas con retratos y paisajes otoñales, que resaltaban a la luz amarillenta de dos lámparas de gas a media llave. La autómata le miró ausente un momento en silencio, como pensando la respuesta.

            -Años, naturalmente. Es mi madre. – Una nueva pausa. - Estoy con ella desde que tengo memoria. Desde que me construyó. – Bien, pensó, al menos es consciente de ser una autómata. Había visto un caso peculiar en el que uno se negaba a reconocerse como artificial a pesar de mirarse en un espejo y señalársele sus propias manos de madera para que las contemplara, e insistía en que era una persona de verdad contra toda evidencia. No parecía el caso.

Cuando volvió a encabezar la marcha, Folkvanger se permitió un gesto de incredulidad, pero también de curiosidad. Ojalá pudiera hablar con Serena Basel para que le aclarara aquel misterio. Con la de carne y hueso, añadió mentalmente. Hizo un gesto a Ruriek, que se había parado a su lado, para que le siguiera y pasó el umbral bajo el que la chica había desaparecido.

Después de venir de casa de Denis y Alexia y en comparación con la montaña de mecanismos que había allí, aquella habitación le pareció totalmente anodina, si bien mejor amueblada que la de sus amigos. En el centro de la pared opuesta, junto a la ventana insistentemente tapada por varias capas de cortinajes, había una cama estrecha con dosel. En ella yacía, respirando pausadamente, una de las mentes científicas más afamadas de la época. Mujer imparable en su pasión, vehemente en su discurso, y fuerte para llevar la contraria a todo el que se pusiera en su camino, Serena Basel reposaba en un silencio absoluto sobre el colchón, arropada con el cobertor sólo hasta la cintura, con una rebeca de punto sobre el camisón, como si se hubiera tumbado a descansar un momento y ya no hubiera despertado. No había tenido la oportunidad de conocerla en persona, así que se acercó con reverencia, sin decir palabra, hasta situarse junto a la hija de ésta, mirando a su paciente.

            -Anoche la ayudé a llegar aquí desde su taller en la habitación contigua, le costaba mucho moverse, incluso en comparación con otras ocasiones en las que había tenido que servirle de apoyo. Parecía muy repentino. Esta mañana no ha despertado hiciera lo que hiciera. – Un deje de ansiedad apareció en la voz suave y melodiosa de la muchacha. Se notaba que era de un modelo caro y avanzado. – Como habrá podido deducir por mi nota, mi madre temía padecer la misma dolencia que la señora Lavrovich. En los últimos meses estaba teniendo desvanecimientos puntuales, que se han venido haciendo más frecuentes poco a poco. En ocasiones afirmaba que perdía el control de su cuerpo y quedaba como espectadora muda y paralizada. Durante el último mes no me he separado de ella más de lo imprescindible para socorrerla cuando fuera preciso. Y hoy no…

Dejó la frase a medias. Kassius fue extrañamente consciente de que la chica sufría más de lo que su caja vocal permitía transmitir con los tonos e inflexiones que podía producir. ¿Una máquina era capaz de amar de esa forma a un humano? Quizá una tan compleja como la que le acompañaba sí, se dijo. La miró con compasión, pero luego se contuvo. Resultaba irrespetuoso tratar así a una persona adulta. Sacudió la cabeza. De nuevo aquella maldita incongruencia al mirar fijamente a la chica.

            -¿Guarda algún registro de todos esos episodios? – Intentó centrarse yendo al grano. - Sería conveniente comparar con los que el doctor Lavrovich llevaba de su esposa.

            -Sí, por supuesto. Si me permite un momento, iré a buscarlos al taller.

            -Muchas gracias. – Asintió cortésmente, retirándose del lado de la cama, en la que la afamada inventora descansaba imperturbable. En ese momento se fijó en el discreto altavoz para reproducir música. Quizá Fräulein Basel lo empleaba para escuchar algo antes de dormir. Le pareció que era de esos que también permiten grabar sonidos, pero no había ningún cilindro colocado ni a la vista para comprobarlo. Entonces notó la pequeña llave al lado del aparato. Creyó reconocerla, y sosteniéndola en alto la contempló atentamente para confirmar sus sospechas. Se la guardó rápidamente en un bolsillo del chaleco justo cuando Serena Basel, la de metal y madera, regresaba a la estancia con un buen fajo de hojas manuscritas que dejó sobre una cómoda ancha, cubierta con una losa de mármol blanco.

            -Aquí tiene usted. – Le señaló los papeles y aumentó el caudal del gas de uno de los apliques cercanos para que pudiera leerlos adecuadamente.

            -Muchas gracias, señorita Basel, es usted muy amable. – Se inclinó sobre los legajos, pasando distraídamente las hojas mientras seguía hablando. – Y dígame, ¿recuerda usted haber tenido algún desvanecimiento hace poco?

La pregunta pilló a contrapié a la muchacha.

            -¿Perdone? ¿A qué se refiere? – La confusión sí que se transmitía bien en sus palabras. Kassius continuó, dejando de pasar las hojas y aparentando atención en una de ellas en concreto, señalando un punto al azar en el documento.

            -¿Tiene algún vacío en su memoria reciente? ¿Quizá ayer mismo? – Se volvió hacia la chica con mirada interrogante. - No tiene por qué ser como los de su madre, sino simplemente alguna laguna en sus recuerdos. – Comprobó cómo los ojos de la autómata se movían erráticos, parpadeando mucho, y entreabría la boca, el mismo gesto que en una persona delataría duda y sorpresa. Tan humana… Serena Basel era un genio, no cabía la menor duda.

            -¿Cómo lo ha sabido? – Diana, pensó él. – Anoche hubo un momento en el que mi madre me desconectó, juraría que sólo durante unos minutos, no más. Dijo que iba a revisar algo, y luego me volvió a poner en marcha. Al poco fue cuando la tuve que traer aquí.

            -Me lo temía. – Se llevó una mano a la barbilla con gesto preocupado. Tenía que hacer aquello con rapidez. – Es posible que la dolencia de su madre y su repentino desvanecimiento estén relacionados con ese momento. Permítame hacer una prueba, será sólo un momento. – Se volvió hacia su sirviente. – Ruriek, por favor alza las palmas y sostén las manos de la señorita Basel. Si es usted tan amable… Sólo será un rápido examen. - Invitó a la chica a corresponder al gesto del autómata. Éste estaba inusualmente silente. Por la forma en que la encaró, Kassius comprendió que había identificado a su anfitriona como humana, no como una máquina. Tenía que actuar con mayor presteza aún de lo que había imaginado. Se colocó detrás de la muchacha y en la base de su cuello descubrió lo que esperaba encontrar allí, así que dio la orden. – Ruriek, no le sueltes las manos.

            -¿Pero qué hace? – La voz alarmada de Serena Basel saltó mientras trataba de revolverse, pero la presa de los resortes del autómata apenas le daba libertad de movimientos. Mirando a su captor, espetó. – ¡Te ordeno que…!

Pero la mano de Kassius había sido más rápida. La llave ya estaba en el ojo de la cerradura y había girado, dejando la maquinaria de consciencia y movimiento en suspenso, como en todos los modelos de sirvienta doméstica.


            -Lo siento señorita Basel. – Aunque sabía que no podía escucharle, continuó hablando con aquella máquina a la vez que desbotonaba la parte alta de la espalda del vestido de ésta. Al momento vio el compartimento que esperaba encontrar en el suave metal de remaches pulidos. – Era la única forma de encontrar esto. – Lo abrió y sacó un cilindro de grabación. – Ahora en cuanto oiga lo que su madre tenía que decir la vuelvo a conectar.

Continuará...

Eric Rohnen

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