jueves, 17 de diciembre de 2015

La mano mecánica - Quinta parte "La mano perdida"

Cuando despertó todavía estaba dentro de la cueva, pero le habían sacado de alguna forma, probablemente a rastras, de la cavidad que habían descubierto. Tardó un momento en recordar lo sucedido, pero todo regresó a su memoria en cuanto se miró la mano. Las marcas seguían allí, ahora completamente negras. Partían, apareciendo gradualmente, de su antebrazo, haciéndose más gruesas y nítidas hasta acabar en círculos huecos en las yemas de sus dedos, siguiendo recorridos tortuosos pero sin cruzarse nunca. Mientras miraba maravillado y asustado el tatuaje y apreciaba que parecía tener incluso algo de relieve, al tocarlo con la otra mano, una voz le sobresaltó.

            -Eres un necio, chico. - Esa voz tan dulce hacía que incluso un improperio pareciera una caricia, pero una que hacía daño. - ¿Por qué lo hiciste?

Dolido, no supo responder al momento, pero la aristócrata esperó pacientemente su respuesta, sentada más allá en un saliente de la roca. Miró hacia la salida y comprobó que era noche cerrada en el exterior. Luego devolvió su atención a ella y trató de hablar.

            -Era como si esa… cosa me llamara. - ¿Había sido así? No podía estar seguro. Algo en el fondo de su cabeza parecía estar llamándole en ese momento, pero quizá sólo fuera el aturdimiento.

            -Mi padre está más enfadado contigo de lo que puedas imaginar. - Él apretó los ojos y la boca, inquieto porque le hubiera forzado a acordarse del señor. - Han estado inspeccionando el espejo de roca toda la tarde, pero no ha vuelto a hacerle lo mismo a nadie más. - Le miró con un gesto extraño. - No sé qué va a hacerte él a tí, pero… - se puso en pie con gesto altanero - te lo tendrás merecido. - Le dio la espalda y salió de la cueva llevándose una linterna, sin volver la vista atrás.

El chico la miró sorprendido y herido, incapaz de comprender a qué se debía ese repentino desdén. Él no había pretendido… Pero ahora ya daba igual. El noble se desharía de él, le abandonaría en el desierto, o peor aún, quizá incluso le matara presa de un ataque de ira. Por su comportamiento a lo largo del día, casi estaba seguro de que eso es lo que iba a pasarle. Y el comentario de la muchacha no hacía sino reafirmarle en esta suposición.

Le daba igual. Había tenido un momento especial ahí dentro, al tocar esa cosa. ¿Ella lo había llamado espejo? Y si es que mañana iba a ser su último día, no pensaba desaprovechar la noche. Tenía que ver otra vez aquello. Empezó a pensar que realmente le estaba llamando, y trabajosamente porque estaba dolorido por estar tumbado en el suelo de roca durante tanto tiempo, se puso en pie, tomó el otro candil y se adentró en la cueva secreta. Dentro habían dejado instalada una mesa con papeles donde el arqueólogo había estado haciendo bocetos y tratando de copiar el diseño del artefacto. Una luz de aceite iluminaba permanentemente el objeto, y fue entonces cuando comprendió por qué ella lo había denominado espejo. Habían quitado el polvo y bajo él había aparecido una superficie negra y pulida que reflejaba la luz como un espejo. Nunca antes había visto un material semejante.

Se acercó cautelosamente, sintiendo a la vez temor de recibir una nueva descarga y esa atracción indescriptible hacia él. Como si fuera una persona.

            -Me has asustado antes. - Se dirigía al espejo. - Pero ya estoy bien. - Se miró la mano. - Me pregunto qué es esto que has puesto sobre mi piel. - Casi esperaba que le respondiera, pero no fue la piedra oscura quien habló.

            -¿Muchacho? - La voz sonó lejos, como si el señor estuviera entrando a la cueva principal.

            -Él otra vez. Cuando me encuentre me llevará lejos, puede que incluso me mate. Y no te volveré a ver. - Aproximó la mano, dejándola quieta muy cerca pero sin tocar el espejo. - Este mundo es injusto. - Su palma recorrió el centímetro final y entonces nuevamente pasó algo inesperado; pero en lugar de salir despedido, el marco del espejo pareció brillar y él cayó hacia delante al no encontrar apoyo. Antes de darse cuenta estaba de pie en un lugar oscuro como si hubiera atravesado aquella cosa, y se volvió rápidamente para mirar a su espalda. Estaba ante el espejo, pero éste… ¿no era el mismo? Al mirar a través de él vió el rostro airado del señor mirándole desde sólo unos pasos de distancia. Con una lentitud aterradora contempló cómo éste levantaba un revólver e instintivamente levantó la mano desde donde estaba para protegerse. Al hacerlo ésta volvió a atravesar el espejo y todo pasó muy rápido. El tatuaje se tornó brillante otra vez, el marco pareció despedir luz propia y temblar visiblemente, y entonces, sin más aviso, la superficie del espejo se partió en mil pedazos y él salió nuevamente despedido hacia atrás. A diferencia de antes, ahora sí golpeó el suelo con la cabeza y todo se volvió negro. Mientras estaba inconsciente las líneas de su brazo se apagaron, acabadas en un corte limpio donde antes había estado su mano derecha.


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En el tiempo que había durado el relato, el académico se había mantenido en silencio y el sol había subido bastante en el cielo, arrojando su luz ahora sobre el suelo en lugar de contra la pared opuesta al ventanuco. Lo primero que el viejo dijo fue una pregunta.

            -¿Por qué llamas Sahara al Gran Desierto? El sitio que has descrito es innegablemente el Tassili, pero ese otro nombre es uno que sólo utilizan los beduinos.

            -Porque es el nombre que tiene, cualquier atlas se lo dirá. - El chico le miraba desconcertado.

            -No. Y tampoco ha habido ninguna expedición reciente a ese lugar, me habría enterado. Por descontado, el espejo no está ya allí, sino que fue traído hasta Europa hace un tiempo. - Sacudía la cabeza, y suspirando cerró los ojos con fuerza brevemente.

            -¿Entonces no me cree, no?

            -No, sí que te creo.

            -¿En serio? - El chico no entendía nada.

            -Si, lo que pasa es que no eres consciente aún de lo sucedido.

            -Claro que sí. Ese espejo me trajo de ese desierto en África de vuelta a la civilización. Lejos de ese hombre y su hija… A casa.

            -Chico, ésta no es tu casa. Ni siquiera es tu mundo. - Sacó una carpetilla de su abrigo y la abrió con parsimonia mientras el joven abría la boca lentamente, empezando a entender por fin. Tomó un papel y una pluma y se los pasó. - No tengo ya el espejo, así que me gustaría tu colaboración para aprender todo lo posible sobre lo que había al otro lado. Firma esto, es una declaración con la que pienso sacarte de aquí.

No tuvo que pedírselo dos veces.

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El artesano le miró con la misma atención que le había dedicado durante todo el rato que llevaban allí. Apenas había sido consciente de la llegada del cochinillo a la mesa.


            -Ese caballero se convirtió en mi maestro, y pronto me demostró que efectivamente éste no era mi mundo. La historia, los reinos, y por encima de todo, la inventiva de la gente. ¿Autómatas sirvientes? ¿Manos artificiales? ¿Automotores como los que hay aquí? Ni remotamente allá donde yo crecí. - No pudo seguir ignorando la mirada entre suspicaz y divertida del hombre. - ¿Le parece demasiado inverosímil?

            -Me parece una historia razonablemente difícil de creer, pero no entraré a valorar eso en ella.

            -¿Se arrepiente de haberla oído? - Se encogió de hombros.

            -En absoluto. Incluso aunque no sea cierta, que no digo ni que lo sea ni que deje de serlo, ha sido una buena forma de pasar el rato después de un día agotador.

            -¿Sólo eso? - El joven parecía decepcionado.

            -¿Le parece poco? - El artesano sonrió bajo la barba de oso. - Pero supongamos por un momento que le creo, así que respóndame a algo. ¿Para qué quiere volver a tener esas marcas en su nueva mano? Entiendo que ha tratado de copiarlas tal como las recuerda. - Un asentimiento del joven se lo confirmó. - ¿Acaso pretende volver a su mundo?

            -¿Volver? ¡Ni por asomo! - Quizá la cerveza fue la que le hizo decir eso más alto de lo necesario.

            -¿Entonces?

            -Nuestra suposición, la de mi maestro y la mía, es que el espejo permitía viajar entre más de dos mundos y que ese patrón de líneas era el que permitiría volver a mi mundo de origen.

            -¿Pero no me ha dicho que no piensa regresar? ¡Aclárese, hombre! - Definitivamente el alcohol le había afectado un poco - ¿Y además, el espejo no se había roto?

            -Claro que sí, pero supongamos que encuentro otro. Tengo algunas buenas teorías de dónde pudiera haber más como el que perdimos la noche que llegué aquí. Y supongamos que consigo abrir el camino de vuelta gracias a esas marcas. Si ese tipo se ha llevado consigo el espejo de allá como hicieron con el de aquí, es posible que se encuentre cerca.

            -¿Y qué pretende hacer con ese hombre en ese improbable cúmulo de supuestos?


            -Dejarle bien claro lo que pienso de él antes de volver a apagarlo. - Soltó una fuerte risotada y levantó el muñón y aunque no había nada allí, el artesano supo perfectamente por la mirada divertida del chico y la forma de apretar la cara qué gesto estaba haciendo y rompió a reír. Definitivamente iba a construirle esa mano.

Fin

Eric Rohnen

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