jueves, 3 de diciembre de 2015

La mano mecánica - Cuarta parte "La mano tatuada"

Un silencio prolongado cayó en la habitación acolchada.

-¿No le sorprende? - El joven miraba intrigado al anciano. Luego asintió - No, claro que no. Pero lo que no sabe es de dónde vine, ¿verdad?

            -Si fuera usted tan amable…

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            -¿A qué estás esperando, maldito vago? ¡Te pago para que muevas el equipamiento rápidamente, no para que estés holgazaneando por ahí!

El chico salió corriendo de debajo de la tienda de campaña, consistente en cuatro palos bien clavados en la arena y atirantados hacia fuera, sobre los que se extendía una lona gruesa que apantallaba el demoníaco sol del desierto. Cuando se enroló en la expedición no esperaba que la peor parte fuera aquel aristócrata insoportable que no consentía en pisar fuera de la sombra por miedo a ponerse un poco menos pálido. Él llevaba toda la mañana desde que habían llegado en los tres globos descargando cajas y más cajas en el ambiente difícilmente respirable del Sáhara Central, seco y abrasador, y apenas se había parado a descansar un momento a la sombra.

            -No seas tan duro con él, padre. - La dulce voz de la muchacha vibró en el aire en calma. El chico sonrió tontamente, de espaldas a ambos, mientras se aprestaba a retomar el trabajo. Los otros miembros de la misión tampoco eran especialmente corteses con él, pero ella en cambio… - Trabaja lo mejor que puede. - A sus oídos, aquello sonó como un cumplido.

Su maestro en el taller mecánico no pudo entender su repentina marcha rumbo a África, pero claro, él no había mirado bien a esa preciosidad, distante pero grácil, y con esos ojos... El aprendiz abandonó casi sin pensarlo su trabajo original en su ciudad natal cuando ella y su padre habían aparecido para cerrar la compra de la perforadora que habían encargado. Se ofreció voluntario ante el noble para tratar con la maquinaria o cualquier otra cosa que le fuera de utilidad en su viaje, y éste, en parte empujado por un comentario favorable de su hija, había accedido. Esa fue la parte más maravillosa de todo para el chico. Ahora que ya habían llegado a su destino, un macizo rocoso rodeado de arena por todas partes, ella seguía siendo la luz que le empujaba a esforzarse, ansioso por recibir cualquiera de sus comedidas sonrisas.


Ya habían terminado el montaje del campamento cuando el experto en arqueología que les había acompañado terminó su exploración de las cuevas, emergiendo al exterior con una mirada exultante. Había encontrado rápidamente la pared que buscaba, la que según las narraciones ocultaba una parte de la cueva aún sin explorar. Los guías nómadas de la zona aseguraban que el viento aullaba detrás de la piedra, lo cual indicaba que había algo allá, una cavidad secreta. El chico no había empezado a comer aún cuando el hombre menudo, un personaje sin barbilla y de mirada acuosa, poco menos que le sacó a rastras de la sombra para indicarle dónde debía montar el taladro mecánico. El joven se volvió brevemente buscando una frase de la chica que le librara de tener que volver tan pronto al trabajo, pero el gesto sutil que ella le dedicó le hizo olvidarse de su renuencia al momento. Antes de que cayera la tarde la máquina estaba en marcha en el lugar de la cueva que el erudito le indicó, y él la puso en marcha de inmediato apremiado por el mecenas de la expedición.

Al rato obtuvieron su premio, ya que llegaron al otro lado del muro de roca, pero antes de haber logrado abrir un agujero significativo ésta quedó encallada con un gemido prolongado y casi doloroso al oído. Todos los presentes se pusieron a gritar, y el muchacho salió corriendo en dirección a la máquina para lograr detenerla antes de que algo se estropeara en ella sin remedio. Afortunadamente pudo pararla, pero como pudo comprobar, la punta de perforación había sufrido daños y tendría que cambiarla por una de repuesto. Informó a los demás de que esto le llevaría un rato y que por tanto podían abandonar la cueva si querían mientras tanto. Eso le dio la paz que tanto necesitaba y pudo trabajar sin tener la insistencia del arqueólogo o los comentarios despectivos del noble encima constantemente.

En menos de lo que esperaba tuvo el cambio hecho, y animado por la rapidez puso la máquina en marcha sin acordarse de llamar a nadie antes. La perforadora terminó diligentemente su labor y abrió un agujero suficientemente grande como para que una persona adulta pasara al otro lado agachada. Dedujo que el ruido atraería pronto al resto así que decidió darse el gusto de ser el primero en penetrar, como compensación por el mal trato recibido, así que agarró una de las linternas que alumbraban el punto de excavación y pasó al otro lado.

El humo producido por la excavadora se resistía a dispersarse, así que siguió andando con cuidado, alejándose de la apertura e iluminando a ambos lados, barriendo la estancia con el haz amarillento. En uno de estos movimientos, un reflejo tenue captó su atención, así que se encaminó en esa dirección. En unos pocos pasos se encontraba ante un objeto grande y liso, algo que recordaba a un cuadro con un gran marco de piedra labrada, apoyado vertical contra el muro que tenía detrás. La superficie central era lisa, pero estaba cubierta por una capa de polvo bien gruesa…

            -¿Chico? ¿Cómo se te ha ocurrido pasar antes que el señor? - Era la voz del arqueólogo a su espalda.

            -¡Detente donde estás ahora mismo! - El noble habló también, pero él ya estaba moviendo la mano hacia el objeto en un intento de quitar parte de la capa superficial para ver qué ocultaba ésta. Irritado por las maneras del hombre, decidió ignorarle deliberadamente un poco más, como si no existiera y en ese momento y ese lugar sólo estuviera él. Pero en el mismo instante de posar su palma para limpiar la suciedad, algo que pareció una fuerte descarga le hizo salir despedido hacia atrás como si le hubieran empujado.

Cayó hacia atrás golpeándose la espalda y quedando sin aire, pero por suerte no chocó con la cabeza. Su primer gesto al lograr inspirar de nuevo fue examinarse la mano derecha, temiendo verla carbonizada como si se la hubiera quemado o le hubiera atravesado una descarga eléctrica. Lo que vio a la luz de las linternas con que los otros, asustados y asombrados por lo sucedido, le enfocaban en silencio desde donde estaban fue un patrón de líneas surcando ésta como un tatuaje, pero uno que iba suavemente cambiando de color, oscureciéndose gradualmente desde un gris brillante, como un hierro que pasa del blanco al rojo antes de enfriarse definitivamente y volverse negro.


Luego sintió un fuerte mareo y perdió el conocimiento.

Continuará...

Eric Rohnen

2 comentarios:

  1. He de decir que si no fuera porque me lo he leido todo de golpe, con esta cuarta parte me habrías tenido esperando más ansiosa a la siguiente parte que Moffat con el especial de navidad de Doctor Who

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  2. He de decir que si no fuera porque me lo he leido todo de golpe, con esta cuarta parte me habrías tenido esperando más ansiosa a la siguiente parte que Moffat con el especial de navidad de Doctor Who

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