jueves, 31 de diciembre de 2015

La frontera borrosa - Primera parte "La esposa al borde de la muerte"

La lluvia martilleaba contra el amplio paraguas negro bajo el que el autómata le esperaba al salir de la casona que un día había sido el hogar de Alexia y Denis. Ahora él estaba muerto y ella… probablemente también, ¿quién podía afirmar algo así a ciencia cierta? Cabizbajo, revisó que el maletín estuviera bien cerrado y enfiló los escalones exponiéndose por un segundo al chaparrón, pero Ruriek se apresuró a cubrirle.

-¿Nos marchamos, amo? – Su voz mecánica aportaba un contrapunto al repiqueteo de las gotas sobre la lona.

-Sí, estoy cansado. – No tenía ni ánimos para bregar con ese rizo persistente en sus circuitos vocales por el cual se empeñaba en designarle así. Por más que fuera un sirviente, él se resistía a que nadie le llamara de esa forma, ni aunque se tratase de una máquina, pero no había logrado encontrar la manera de modificar lo necesario para lograrlo; siempre que reactivaba a Ruriek tras haber revisado meticulosamente su cerebro de platino y reajustado los relés de los microtensores, la palabra volvía a aparecer al poco. Como si estuviera vivo.

La sola idea le hacía estremecerse, pero luego se recriminaba la estrechez de miras. Al fin y al cabo, la ciencia moderna estaba desdibujando el esquivo concepto de lo que es la vida día tras día. Se miró su mano derecha, reluciente y bien engrasada, y flexionó aleatoriamente los dedos, más estilizados y resistentes que los originales, que el maestro Hoffman le había construido años atrás. ¿Estaba viva su mano? Poco importaba mientras pudiera controlarla con su mente y moverla gracias a su propia sangre, pero era un pensamiento inquietante. Se movía con tanta fluidez… quizá la esencia de lo que era la vida había penetrado en ella al instalarla en su lugar.

-Una chica ha estado aquí hace treinta y cinco minutos. – La voz de Ruriek le sacó de sus reflexiones ociosas. – Ha dejado una carta para usted y se ha marchado. La he colocado en su asiento para evitar que se mojara. – Se inclinó para abrir la puerta trasera del automotor, ante el que acababan de llegar.

-¿Quién era? ¿La conozco? – Entró al vehículo y tiró de la puerta. Cuando el conductor ocupó su lugar, le respondió.

-No sabría decir. Me ha resultado imposible verle bien la cara, y se ha marchado apresuradamente, justo antes de que empezara a llover. ¿A casa, amo?

-Espera un momento, por favor. - Cogió el pequeño sobre y lo abrió junto a la ventana para leer bajo la luz de la farola de gas. Tuvo que apretar los ojos para conseguirlo, ya que la escritura era limpia pero tenue, de trazo muy fino, como hecha sin inclinar la pluma.

A la atención de Herr K. Folkvanger, Dr. Ing.

Le ruego tenga la bondad de venir a la mayor brevedad posible a nuestra residencia, mi madre está gravemente enferma y necesita que alguien con experiencia la ayude. Sé que usted conoce bien el trabajo del recientemente fallecido doctor Lavrovich. Por favor, no se demore, es una cuestión de vida o muerte.

Serena Basel.

Abrió mucho los ojos al leer el nombre. ¿Serena Basel, la pionera de los cerebros artificiales? Luego otro detalle ocupó su mente al instante. ¿Cómo que su madre? Estaba más que seguro que ésta había fallecido tres o cuatro años antes, la noticia de la muerte de la soprano lírica había conmocionado a todos los círculos musicales de Centroeuropa. ¿Eso significaba que la nota la había escrito otra persona que se llamaba casualmente igual? ¿O una hija? Pero Fräulein Basel no se había casado nunca, devota como pocas personas a su campo. Quizá había sido madre igualmente, o pudiera ser que fuera adoptiva. Comprobó la dirección en el membrete al pie de la cuartilla. ¿En la Friedrichstrasse? Tenía que ser esa Serena Basel, no cabía duda.

-Ruriek, tengo que ir a ver a nuestra misteriosa remitente. - Le indicó las señas y se echó contra el respaldo, resoplando y llevándose la mano a la frente momentáneamente.

Él no era médico, nada más lejos, pero la carta hacía referencia directa al trabajo de Denis, así que la paciente, fuera quien fuera, tenía que estar pasando por lo mismo que había sufrido Alexia. Si ese era el caso, por más que le pesara reconocerlo, había acudido a la persona adecuada, lo cual no era mucho decir. Aunque conocía de arriba a abajo los diarios y diagramas donde su fallecido amigo relataba sus investigaciones sobre la extraña dolencia de su mujer, ni éste ni mucho menos él tenían una idea clara de cómo se la podía salvar, si es que esto era factible.

Alexia había empezado sintiéndose débil de forma ocasional a principios de año, luego de manera más habitual, y para mayo había quedado postrada en cama y le costaba mucho hablar. Pero la cosa no había quedado ahí, por desgracia. Progresivamente, su actividad había decaído hasta entrar en una especie de coma, para desesperación de Denis, que había probado todo para evitar llegar a ese punto. Pero sus esfuerzos habían sido en vano. La enfermedad no parecía estar en ningún lugar concreto de su cuerpo, en órgano, hueso o fluido alguno, sino en todas partes a la vez, como una fuerza misteriosa que drenaba la energía de su esposa. Sin embargo, a pesar de su inmovilidad y su aparente falta de respuesta a todo estímulo imaginable, él seguía empeñado en creer que su función mental no se había visto afectada. Bendito amor, que en última instancia había llevado a su amigo a aislarse del mundo y recluirse en casa para cuidar día y noche de ella, buscando desesperadamente una cura… y transgrediendo toda barrera física y moral por el camino. Cuando una mañana a finales de julio encontraron su cuerpo defenestrado frente a la casa y la familia de ella llegó hasta Alexia, no podían creer que tras aquel espectáculo dantesco de máquinas, tubos y válvulas se encontrara una persona viva. Y él también se resistía a creerlo.


Acababa de regresar de Krakensport una semana antes tras meses de trabajo frenético y no era consciente de lo rápido que habían empeorado tanto ella como él, pero ya en el mismo funeral de Denis una hermana de Alexia se le había acercado, conocedora de su relación con el médico, para pedirle consejo. Le habían cedido todas las bitácoras de éste, y tras la conmoción inicial al entender todas las cosas que había llevado a cabo en su progresiva locura, había accedido a supervisar la maquinaria, que por lo demás era totalmente autónoma, en tanto que la familia tomaba una decisión. Era una situación muy delicada y no les envidiaba en absoluto. Ahora, tres semanas después del suicidio de Denis, que en su última anotación indicaba que era lo que la voz de ella le pedía constantemente para así reunirse de nuevo, parecían estar convencidos de que era mejor dejarla ir. Si Serena Basel realmente iba a sufrir el mismo destino que Alexia, él no iba a aconsejar replicar las acciones del doctor.

            -Hemos llegado, amo. - Ruriek detuvo el automotor en la puerta de una mansión de aspecto señorial, la dirección exacta que le había indicado.



            -Acompáñame con el maletín, por favor. - Abrió la puerta él mismo, y comprobando que había dejado de llover se acercó al porche cubierto de la casa. Ansioso por salir de dudas pero lleno de aprensión por la perspectiva a la que podía tener que enfrentarse, presionó el botón del timbre.

Como si hubiera estado esperando detrás de la entrada, una muchacha de mirada seria la abrió de inmediato.

            -Señor Folkvanger, muchas gracias por responder a mi petición. - Atónito, su mente tardó unos momentos en encajar las piezas. - Por favor, pase rápido, mi madre necesita su ayuda.


La chica era, para su sorpresa, una autómata.

Continuará...

Eric Rohnen

2 comentarios:

  1. Hay una Alusión a Krakensport, el relato empiza bien, quiero saber que es lo proximo. El ayudante mecanico, podria tener mas matices no solo una voz mecanica, si no que tipo de viz de mecanica... y algunos ademanes expresivos mas, piensa en como se mueve, como es una reverencia o un apreton de manos hecho por un automata.

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  2. Me encanta! Se me hacen cortos estos capitulillos ><

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