jueves, 19 de noviembre de 2015

La mano mecánica - Tercera parte "La mano del demente"

Mientras el autómata tomaba sitio algo más allá, cerca de la chimenea pero sin quitarles ojo de encima, su dueño tomó un primer trago de la jarra de cerveza. Su acompañante hizo lo mismo, aunque el suyo no fue tan largo.

            -La verdad es que no sé por dónde empezar. Supongo que por el principio, que es lo habitual, pero eso hará que tarde mucho en llegar a la parte interesante. - Se mordió el labio inferior por un momento, luego continuó, inspirando hondo. - Vale. ¿Qué me diría si le cuento que hace año y medio estaba internado en un sanatorio para enfermos mentales.

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Por algún motivo, aquella mañana no sentía la cabeza tan embotada como de costumbre. Cuando despertó en el camastro entre aquellas cuatro paredes acolchadas que ahora conocía como la palma de su mano, la luz del sol entraba con fuerza por los altos ventanucos por los que sólo veía, ocasionalmente, el cielo, ya que a menudo los cerraban desde la consola del celador del pasillo por indicación del doctor. Según éste, demasiada luz podía excitar a los internos y volverlos más agresivos. Pero él no estaba allí por haber hecho daño a nadie.


Decían que estaba loco, y que gracias a eso se había librado de ir a la cárcel por haber irrumpido en el sótano del Instituto de Investigación y Progreso y destruido material raro y valiosísimo. Pero en los momentos en los que las drogas que le administraban constantemente dejaban de hacer efecto, como en aquél en concreto, el chico era plenamente consciente de que lo único que estaba desquiciando su cordura era estar allí encerrado.

Su caso se había convertido en objeto de todas las conversaciones en el Instituto, tanto entre los estudiantes como entre el profesorado. También había atraído naturalmente la atención de docenas de psiquiatras, que habían venido de otras ciudades para examinar a tan peculiar paciente

Primero, nadie había conseguido explicar cómo había burlado las cerraduras de resorte presurizado del almacén. Algunos lo consideraban un genio del delito por ello. Segundo, nadie entendía cómo alguien que había conseguido introducirse en tan protegido espacio había podido luego ser a la vez tan torpe como para hacer estallar en mil pedazos una reliquia de cristal que hizo un ruido tan espantoso que atrajo a todos los guardias nocturnos de la institución y a varios de los serenos de la zona. Algunos le tildaban de perturbado con ánimos de destrucción. Finalmente, estaba aquella extraña mutilación que presentaba, pues su brazo derecho acababa abrupta y limpiamente en un muñón cauterizado, en el cual desembocaban unos peculiares tatuajes. A esto no había gente que supiera darle explicación.

Había sido llevado inconsciente ante la guardia de la ciudad para ser juzgado más adelante, pero sus desvaríos llegaron mucho antes de iniciarse el proceso. Afirmaba no saber cómo había llegado al sótano. Se mostraba espantado por la ausencia de su propia mano, a pesar de que a todas luces era una herida en absoluto reciente. En confidencias al médico que le examinaba, relató que antes de ser encontrado se hallaba en unas ruinas perdidas en el norte de África, bien adentro del Gran Desierto, al que él denominaba Sahara, un nombre sólo usado por los nativos, como confirmó amablemente un profesor de etnografía comparada de la Escuela Independiente de Alta Enseñanza. Aquello fue suficiente para que el especialista determinara que el mejor cauce de acción era internarlo para que no supusiera un daño para sí mismo o para otras personas, y así se hizo. Una vez en el centro sus declaraciones dejaron de importar, y cuando su insistencia se intuyó que empezaba a tornarse agresiva, se le empezó a medicar para paliar este hecho. El resultado después de unos pocos meses era un joven demacrado, apático y al que sólo de vez en cuando se le afeitaba, por lo que sus ojos perdidos por los narcóticos y su aspecto le daban un aire de auténtico orate.

Así se encontraba, aunque parcialmente despejado y más coherente, cuando la puerta se abrió y bajo el marco apareció uno de aquellos celadores enormes y forzudos. Sin mediar palabra pasó con una silla de madera, que colocó a un lado de la entrada. Tras él accedió a la habitación una persona desconocida para el recluso, un hombre de edad avanzada. No particularmente alto pero sí elegantemente vestido, abrigo largo, bufanda negra, alto sombrero de copa, gafas de cristales ajustables y una barba acabada en doble punta. Su mirada era severa, como si se encontrara ante un nieto travieso que había cometido una fechoría grave. Sólo hizo un asentimiento al encargado y éste salió, dejando la puerta cerrada al hacerlo. El preso tenía la cabeza lo suficientemente lúcida para reconocer la temeridad de esa acción; aunque él no iba a hacer daño al visitante, ¿cómo podía éste estar tranquilo en compañía de un demente? El viejo se sentó sin quitarle ojo de encima.

            -¿Por qué rompió usted el Espejo del Tassili? - Su voz le sorprendió menos que la pregunta formulada.

            -¿Qué? - El espejo… - ¿De qué está hablando? ¿Se refiere a…?

            -Grande. Antiguo. Con un marco de piedra lleno de inscripciones indescifrables. Costó mucho traerlo hasta aquí, y aún más encontrarlo. - Aquello era un asunto personal, parecía querer decir. Entornó los ojos y apretó los dientes al seguir hablando. - ¿Cómo llegó usted ante él, y para qué?

Ahora ya sabía de qué estaba hablando, y la única reacción que le salió de dentro fue echarse a reír a carcajadas. Eso sobresaltó al anciano, pero al instante su enfado volvió.

            -¿Qué es lo gracioso de lo que hizo? ¡Exijo una respuesta! He conseguido que le dejen de sedar para obtener una respuesta, y no pienso irme sin ella. - Sus ojos ahora muy abiertos le miraban airados. ¿Quién era el que iba a agredir a quién allí?, pensó el joven. - Pasé meses esperando hasta que la maldita burocracia me permitió acceder a él, y va usted y lo destruye la noche antes de poder examinarlo. - Le señaló con un dedo acusador. - ¿Con qué derecho?

El chico se serenó después de la risa y consiguió centrarse de nuevo en su interlocutor.

            -Con ninguno. - El loco levantó el muñón y se lo miró con atención unos segundos, durante los cuales su acusador no volvió a abrir la boca. - No tenía derecho a romper ese artefacto, lo reconozco, y de hecho no fue intencionado, pero puedo explicarle cómo llegué a donde me encontraron.

            -Espero ansioso. - El hombre temblaba, aunque el muchacho ya no estaba seguro si era de rabia o de simple excitación. Entonces cayó en la cuenta.


            -Usted ya lo sospecha y quiere que yo se lo confirme. - Bajo lo que apenas podía llamarse barba dada su juventud, sonrió amargamente. - Pues bien, por si no lo ha leído en los informes médicos, se lo diré. Vine a través de él.

Continuará...

Eric Rohnen

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