jueves, 5 de noviembre de 2015

La mano mecánica - Segunda parte "La mano de madera"

El primero en salir a la calle fue el joven, seguido al momento por el artesano. Era noche cerrada pero en el centro de la ciudad las luces de gas de las farolas y las linternas de aceite de los numerosos carruajes y ocasionales automotores que pasaban por la calzada convertían la escena en una continua danza de sombras que saltaban y se movían sin parar. El hombre mayor vio como el otro levantaba el mutilado brazo derecho mientras miraba más allá de la esquina de la manzana, en dirección al río. No pasó mucho tiempo hasta que uno de aquellos engendros a vapor se paró ante ellos y el conductor se bajó para saludarles. Con el muchacho sólo intercambió un breve asentimiento con la cabeza y a continuación se volvió hacia el dueño del taller. Éste no alcanzaba a distinguir bien su rostro al estar de espaldas a las farolas, pero al ver la mano que le tendía y oír su voz supo que estaba ante un autómata.

            -Buenas noches, señor. Por favor, permítame ser su cochero. - La voz articulada desde una caja de música sonaba natural si se obviaban las ínfimas pero constantes pausas entre sus palabras. Tendió con un movimiento suave una mano de cuero y madera bajo cuyo aspecto se adivinaba una fuerza superior a la de cualquier persona. Devolverle el gesto le supuso un instante de pánico de pensar que algún resorte fallara y aquella máquina de apariencia humana le machacara sin piedad ni remordimiento, pero nada de esto ocurrió; el autómata respondió con una suave presión y una inclinación del torso en señal de respeto.

            -Encantado. Se nota que es de alta calidad. - Se vió obligado a reconocer, mirando de reojo al dueño. - Juraría que es uno de esos que hacen en los Alpes Franceses, ¿y lo utiliza sólo de chofer?


            -En absoluto, en absoluto. Es mi asistente personal, y tiene razón en lo que ha dicho, se nota que es usted un conocedor del mercado. Su anterior dueño, mi maestro, lo tenía como mayordomo. Yo en cambio he ampliado su utilidad original, previa solicitud a la fábrica original de unas manos más sofisticadas y sensibles, claro. Las recibí por correo aéreo el mes pasado.

            -Mis manos pertenecen al nuevo modelo V-M830a. - El ente mecánico intervino por propia voluntad en la conversación, algo bastante poco común en las máquinas de su género, que solían ser mayormente reactivas salvo casos muy concretos, pensó el artesano. - Han sido diseñadas con una finalidad multi-propósito que…

            -Es suficiente, gracias. - El joven sonrió y colocó su mano sobre el hombro del cochero. - Vamos a ir a cenar al sitio de siempre, ¿nos llevas?

            -Por supuesto. - Se volvió y abrió la puerta de atrás para que pasaran al interior, y tras esperar pacientemente se volvió a sentar al volante.

Se pusieron en marcha con un zumbido bajo procedente de la caldera de gas de roca comprimido, de la cual sacaba su potencia el automotor. En la noche fresca, el vehículo dejaba tras de sí un rastro de humo blanquecino que se confundía rápidamente con la neblina que surgía del río cada día al anochecer. Pasaron el trayecto en silencio, el artesano pendiente de la conducción a cargo de un autómata, que no le inspiraba demasiada confianza, y su futuro socio perdido en sus propios pensamientos. En cualquier caso, no pasó mucho antes de que se detuviera de nuevo y el conductor se bajara para abrirles la puerta del lado de la acera. Estaban ante un local bien iluminado con un chaval de uniforme en la puerta que se apresuró hasta el coche.

            -No hace falta que lo aparque, ya se encarga nuestro chófer. - El joven con una mano le hizo un gesto vago. - Avisa a la jefa de que vamos a querer cerveza bien fría y un cochinillo bien tierno. En un apartado al fondo, con chimenea propia, gracias. Mi asistente nos acompañará - Miró a su acompañante para comprobar que estaba conforme con la elección, luego al autómata para cerciorarse de que le había oído bien y pasaron sin más al interior.

No pasó mucho antes de que apareciera la dueña del establecimiento, una mujer de mediana edad con un vestido impecable que saludó cortésmente a ambos y dedicó una sonrisa con guiño al joven. Marcó varios botones en un panel lateral de caoba y nácar y les pidió a ambos que la acompañaran hasta un apartado al fondo del edificio. Cerró la puerta al marcharse tras asegurarse de que la estancia estaba a su gusto. Se sentaron a una mesa ancha de madera de roble que aún no tenía nada encima.

            -Joven - intervino el artesano - hay algo que no le he pedido antes en el taller pero que debería examinar antes de empezar ningún trabajo.

            -La herida, ¿no? - No esperó a la respuesta para empezar a desabrocharse la manga derecha.

            -En efecto. Aunque en la fabricación de las piezas intervienen varios de mis empleados, entre ellos mis hijos, la operación quirúrgica la realizaremos mi hija y yo, que somos los cirujanos.

            -Me parece bien. Pero déjeme avisarle - levantó la mirada por un momento para fijarla en él, a la vez que retiraba la almohadilla y la dejaba a un lado en la mesa - se trata de algo inusual.

Y tanto que lo era. Nuevamente aquel muchacho le sorprendía en un campo donde se había creído experto. Se acercó con cuidado al final del brazo que su cliente le ofrecía, pero no se atrevió a tocarlo. Nunca antes había visto una herida como aquella. El corte era limpio y lo que había quedado atrás estaba perfectamente cauterizado, como si se hubiera realizado con una herramienta al rojo vivo de un único tajo. Notó un escalofrío recorrerle la espalda de pensar lo que debía haber supuesto para él. Y por si aquello no fuera suficiente…

            -Sí, las marcas. - Una red de líneas negras quebradas, como si estuvieran tatuadas sobre el brazo pero con relieve, acababan abruptamente en el muñón. Habían continuado hasta la mano, indudablemente. - Si revisa los diseños creo que ahora entenderá mejor parte de las indicaciones para el anclaje.

            -¿Pero cómo se ha hecho eso? Parecen… implantadas bajo la piel. - No sabía si esa impresión era cierta, sin embargo.


            -Es una historia larga… - En ese momento se abrió la puerta y entró el autómata llevando un par de grandes jarras de cerveza. El joven cogió una de ellas en cuanto éste las depositó con cuidado sobre la mesa - así que creo que lo mejor sería ir empezando.

Continuará...

Eric Rohnen

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